Mostrando entradas con la etiqueta angustia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta angustia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de marzo de 2014

Clin clin clin


Qué mal me está sentando la primavera.

Hace casi tres semanas decidí darle la bienvenida anticipadamente, celebrando el cambio de estación y el tan ansiado calorcito del que pudimos disfrutar por unos días, de la mejor manera que se me ocurre: con cañitas terraceras, y para rematar, - y haciendo caso a las hormonas que con el sol empezaron a alterarse - un revolcón inconsciente. Pero lejos de tener un encuentro erótico-festivo (que también, pero no recuerdo bien esa parte por eso de los efluvios del alcohol), aquello se convirtió en una experiencia bastante trágica.

Aquella tarde se abrió la caja de Pandora, y al abrirla se liberó una realidad hasta entonces desconocida por mí. Al descubrir las mentiras que me habían colado durante tanto tiempo, tuve que enfrentarme al reconocimiento de que aquella persona en quien había depositado tantas cosas en los últimos años, entre otras mi confianza, era en realidad un perfecto desconocido. Y me sentí profundamente traicionada.

Que te toqueteen el ego, pica, escuece y genera inseguridad; con el desamor falta el aire, se hace un nudo en la garganta, duele el pecho y aparece el desaliento. La traición es todo eso y mucho más: te coge las tripas y te las retuerce, y en un perfecto cóctel Molotov, las náuseas se mezclan con el dolor, la furia, la rabia, la triste desazón, la incertidumbre de saber qué parte fue real de todo lo vivido, y la sensación de haber sido ridiculizado, tomado por tonto o utilizado. Es terrible el desgarro que se siente al experimentar el desprendimiento de la confianza depositada en alguien a quien quieres y ver cómo se rompe el equilibrio.

Peor que todas esas emociones, es el hecho de que cuando te traicionan, uno se cuestiona si podrá volver a confiar no sólo en la persona que ha mentido, sino en el resto del mundo. Se esfuman las expectativas, y se pierde la sensación de control y seguridad.

Además de las emociones y de la propia conducta, con la traición también se ven afectados los pensamientos. Es inevitable pasarse el tiempo rumiando sobre todo lo ocurrido, atando cabos y redibujando la historia con la nueva información. Es horrible la sensación de no ser dueño de tus pensamientos, de tener el cerebro en constante funcionamiento, dándole vueltas una y otra vez a lo mismo, y que todos esos pensamientos se conviertan en una obsesión afectando al funcionamiento normal de tu vida. Cuánto deseé ser Clementine en "Eternal Sunshine of the Spotless Mind" y que alguien viniera a resetear mi mente.



Cuando caí del guindo, me pareció escuchar un “clin clin clin” de piezas que se hacían añicos, y no sabría decir qué hizo más ruido al romperse ni qué causó más dolor al resquebrajarse: si la confianza, el respeto, o el amor hacia esa persona.

Durante unos días me olvidé de sonreír, de reír, de dormir, de socializar, de escribir por aquí o leer otros blogs, de comer bien, de cuidarme. Me pesaba la cabeza de tanto pensar, y jamás había somatizado tanto una tristeza y un dolor “subjetivo”. De estar tan cabizbaja, me salió una contractura en el cuello; caminaba mirando al suelo, y obligada por la posición de mi cabeza, me dediqué a mirarme el ombligo y a bucear en lo que estaba sintiendo. Ya tengo aprendido lo necesario que es que las emociones fluyan para que el dolor se vaya debilitando.

Sentí mucha rabia. Las consecuencias de no decir toda la verdad, pueden ser equiparables a las de falsear con premeditación y alevosía, por mucho que uno se excuse en estar protegiendo a otra persona al contar verdades a medias. ¡Y cómo duele! De hecho sé que en la mayoría de las ocasiones en las que se fragua una traición por una mentira (o por toda una doble vida), no hay una intención intrínseca de hacer daño; generalmente hay ignorancia, egocentrismo o torpeza, o todo a la vez. Pero duele igual. Y las mentiras más dañinas para la salud emocional de uno, son aquellas que se dicen para evitar responsabilizarse de las consecuencias de unas decisiones o unas conductas, en las que el otro nos perjudica en la búsqueda de su propio beneficio.

Me he sentido idiota porque no esperaba nada de esto, pero no guardo rencor. Ahora sólo tengo una sensación de estar constantemente comiéndome un helado de sardinas caducadas, y un vacío inmenso. Me pregunto cuánto se tarda en regenerar las buenas sensaciones y sentimientos, todo aquello que se ha dado y se ha perdido.

El “clin clin clin” aún estuvo un tiempo resonando. Clin… se lee igual que clean, limpiar en inglés. Deduje que la solución pasaba por limpiarme de todo. Y como cuando uno hace el cambio de la ropa de temporada, que lo saca todo, limpia el armario, desecha la ropa que no le interesa, y vuelve a llenar el armario con otra ropa distinta, intenté sacar todo afuera, decir todo lo que me quedaba pendiente, dejar que se escaparan todos los recuerdos bonitos para darle la suficiente enjundia al proceso como para que se me grabara ese sufrimiento, que es verdad que me he visto en otras peores, pero necesitaba que esos buenos recuerdos no volvieran a confundirme. Dice el dicho: “Hay muchas penas que el tiempo hace olvidar, pero hay huellas, que ni un siglo ha de borrar”. Pues eso. Seguir manteniendo el hilo esperando una explosión mágica de arrepentimiento, o deseando escuchar cosas bonitas que compensen el ego herido, sería igual que tener sed y beber agua salada, así que he decidido cortar el hilo.

Además de limpiar mi cabeza, decidí limpiar mi cuerpo por dentro, y estuve 10 días con la nazi-cura del sirope de savia de arce. Lo cierto es que tengo que decir, que las dos veces que la he hecho, he sentido más vitalidad y buen rollo que nunca; es como si tu cuerpo estuviera aplaudiendo por dentro agradeciendo que le estés librando por unos días de tanta mierda, que todos sabemos que liberar las ansiedades en dietas hiper-calóricas y tener el hígado a tope procesando todas las grasas, no es muy bueno para la salud. Y luego está la parte de deshincharte y perder unos kilillos, que teniendo en cuenta que ahogar las penas en la comida tiene también como consecuencia el encontrarse con unos kilos de más, pues la verdad es que no viene mal.

Y una vez todo limpio y vacío, ya sólo queda volver a llenar, y ojalá vengan por fin las cosas buenas. Tendría que pensar dónde buscar esas cosas buenas, pero es difícil cuando la ilusión mental se esfuma. Y ahora que había decidido volcar todas mis energías en el trabajo, resulta que estamos de huelga. Me río por no llorar.

Hasta ayer pensaba todo eso, pero hoy ya no. Intento creerme todas las cosas que he predicado por aquí, ver el vaso medio lleno, creer que la felicidad está al alcance de nuestras manos si se quiere. O no. No sé, sólo lo creo a ratos. Y a veces estoy bien, y otras estoy mal. En ocasiones sonrío y en otras salgo a la calle con cara de asco. Unos ratos siento pena, otros rabia, tristeza o lo niego todo. Toda una noria emocional y náuseas. Cualquiera diría que es otra cosa. Eso sí que sería una gran ironía de la vida.

martes, 26 de febrero de 2013

Oráculos varios y amigas



Como atea, admito que en los momentos de angustia he podido sentir envidia por aquellos que profesan una fe religiosa -sea la que sea-  ya fuera para poder recurrir a la deidad en cuestión a reclamarle lo que no tengo o lo que me sobra; para poder responsabilizarle de mi desdicha; o para poder agarrarme al resquicio de esperanza del plan que la deidad me tiene preparado, que si es una divinidad supongo que no tendrá maldad, y por lo tanto después de la cal de la angustia, habrá de tener preparada para mí una de arena reconfortante.
Pero como soy más de andar por casa, mis oráculos son los horóscopos. Confieso que los leo sobre todo ante situaciones de desasosiego o en determinadas ocasiones en las que he requerido de grandes dosis de suerte para lograr mi objetivo, en las que he seguido sus absurdas recomendaciones sobre cuestiones como el color o el número de la suerte que tenía que tener en cuenta ese día. Por si acaso. Es como el que recurre a ciertos remedios homeopáticos o de herbolarios para sanar sus males: a veces no está claro que vayan a ayudarte, pero desde luego, mal no van a hacerte.
Reconozco también que he echado mano varias veces de las cartas del tarot para tratar de digerir lo duro de la vida,  sabiendo que a pesar de que te puedan revelar alguna maldad, siempre vas a obtener una lectura feliz que te augura una vida más blandita y apacible, haciendo que eso te sirva de empuje para no rendirte. Y es que cuando uno va a que le echen las cartas, en realidad está buscando felicidad: no espera a que le lean la verdad, que para leer las malas noticias ya tenemos el periódico.
Incluso diré que tengo varios libros de autoayuda (como “Mujeres Malqueridas” de Mariela Michelena que me ha inspirado esta entrada y con el que me siento tremendamente identificada). Muchos de los denominados libros de autoayuda no son más que patrañas que te prometen desde sus portadas un mundo feliz y fácilmente conseguible, pero ante situaciones que creemos que no somos capaces de resolver, tienen en la vida del sufridor el mismo efecto que cualquier oráculo o remedio de herboristería: no van a dañarte y quizá te alivien. El refranero español no puede dar más en el clavo con eso de “mal de muchos, consuelo de tontos”, porque cuando uno está jodido por algo, siempre tranquiliza el hecho de saber que hay gente que está igual o peor que tú, que ha pasado por eso, y que incluso ha conseguido ponerle solución gracias al libro… aunque sea mentira.
Con según qué tragedias, lo mejor es pedirle ayuda a un terapeuta. El terapeuta ejerce de amigo eficiente sin invadir tu terreno; hace de consejero infalible pero acierta más que los horóscopos y que las cartas del tarot, y resulta una medicación tranquilizadora mucho más efectiva que la lectura de los libros de autoayuda. Sí, como Woody Allen tengo un terapeuta, y recomiendo que probéis también a poner uno en vuestra vida. Como todos los demás remedios, el único dolor que puede causarte, es el de tu cartera.
Y en un nivel intermedio de todos estos métodos en los que confío cuando algo me atormenta, se encuentran mis amigas: esos hombros en los que llorar por cada piedra en el camino (y mira que soy experta en encariñarme con determinadas piedras); esas orejas perpetuas dispuestas siempre a escuchar todas mis quejas; y en definitiva, esa fuente de energía a la que recurro para obtener aliento ante desgracias, desencuentros, pérdidas irreparables (incluso aquellas que luego no lo son tanto), y ansiedades varias. En medio de la jungla de la vida, llena de peligros y de obstáculos, mis amigas son mi remanso.
En los malos momentos, las amigas son esparadrapos para vendar las heridas, agujas que tras cada batalla zurcen con amor los pedacitos de ti que se habrán preocupado de recoger cuidadosamente, manos firmes que te acompañan, corazones tiernos que te prometen un futuro mejor (ese que según ellas te mereces), amortiguadores de tus caídas, marcos de referencia, asesoras que ante las adversidades inmediatamente se constituyen en “Comando Antiangustias” o “Amigas sin Fronteras”…
Independientemente del grado de implicación que tenga con mis amigas, o a sabiendas de que no puedo esperar lo mismo de todas ellas (pues cada una tiene su “utilidad”), ellas asisten a la retransmisión de los acontecimientos de mi vida, se ilusionan y sufren conmigo, y están siempre ahí sea cual sea la climatología emocional que esté viviendo: borrascas, sol radiante, marejada, nubosidad variable o tsunamis.
Decía Jose Narosky: “Al amigo no le busques perfecto, búscale amigo”. Y yo me escudo en esta cita para justificar mi imperfección y disculparme por los rabotazos que más de una habéis sufrido, y os dedico esta entrada ñoña para recordaros simplemente que os quiero. A las maris, a las nenicas, a la vecina y a mis amigos gayers. Virtuosas todas ellas.

La amistad es un contrato tácito que realizan dos personas sensibles y virtuosas. Los perversos sólo tienen cómplices; los voluptuosos, compañeros de disolución; los comerciantes, asociados; la generalidad de los hombres ociosos, relaciones superficiales; los príncipes, cortesanos. Sólo los hombres virtuosos tienen amigos.
(Voltaire, definiendo la amistad en su diccionario filosófico)
 

NOTAS DE LA QUE SUSCRIBE:
- Los textos en cursiva y color verde son transcripciones (no siempre literales) del libro de Michelena “Mujeres malqueridas”.
- Gayers, ya sabéis, ellas son mayoría, pero entráis en el saco.
- Esta entrada está especialmente dedicada a Eva por su cumpleaños.
- He escogido la imagen de “El Principito” porque lo considero uno de los grandes tratados de la amistad y de otros principios imprescindibles para lograr ser feliz. :-)

jueves, 17 de enero de 2013

Ante todo mucha calma

Hace tiempo conocí a un tipo por internet. Su ímpetu y sus ganas de conocerme tras apenas haber compartido una charla vía chat, una foto y descubrir muchos intereses comunes, me abrumó bastante, pero decidí darle una oportunidad para no quedarme con el “y si fuera él”.  Después de la primera cita, la cual por cierto fue muy bien, él me hizo una propuesta al despedirnos: “Vamos a vernos sin presiones y con la calma”. Y me pareció buena idea.
Pero cuando la calma de uno se convierte en el desasosiego del otro, entonces supongo que tendría que llamarse de otra forma.
calma.
(Del lat. cauma, y este del gr. καῦμα, bochorno).
1. f. Estado de la atmósfera cuando no hay viento.
2. f. sofoco (‖ sensación de calor acompañada de sudor).
3. f. Cesación o suspensión de algo.
4. f. Paz, tranquilidad.
5. f. coloq. Cachaza, pachorra.
6. f. desus. Angustia, pena.

(Obviemos de momento las definiciones 1 y 2).
Si nos ceñimos a la definición de calma como la cesación o la suspensión de algo, estaréis de acuerdo conmigo en que todo esto suena al tan odiado “ya te llamaremos” de las entrevistas. Espérese usted sentado, que quizá cuando las ranas críen pelo, decidamos contar con usted.
Lo de acogernos a la paz y tranquilidad, casi que consuela aún menos. Esa será la que tuviera el susodicho que pronunció tal enunciado, porque aquí la que suscribe, se exprimió el cerebro tratando de dilucidar dónde estaba el límite de la calma de cada cual, ese límite que precede al abismo de caer en el olvido, y estuve durante días bailando con su calma, conteniéndome a la vez para morderme la lengua, para dejar las manitas quietas, y no perder los papeles buscando respuestas aún a sabiendas de que seguramente nunca llegarían.
Cachaza, pachorra… sin lugar a dudas la que uno tiene cuando después de prometerle a alguien la luna, decide desaparecer del mapa y no dar señales de vida durante los siguientes diez días. Sí, he dicho diez días, aún a riesgo de sonar esquizoide, pero no me diréis que en la era de la tecnología, superado ya lo de las señales de humo y las cartas escritas a mano que pierde el cartero, no le chirríe a cualquiera un silencio total y absoluto durante ese tiempo. Cuando hoy en día, por ejemplo, somos capaces en apenas un minuto de actualizar nuestro perfil de Facebook compartiendo con todo quisqui si cagamos o dejamos de hacerlo, la banda sonora que escuchábamos mientras tanto, inventarnos un hashtag curioso en Twitter que defina el momento, enviarle un whassap al compañero de piso avisando que traiga papel higiénico (a pesar de que seguramente se encuentre a escasos metros de ti y quizá esté tratando de distraerse para no escuchar lo que haces en el baño), y todo esto antes de tirar de la cadena,  casi sin pestañear, y con una sola mano. Me daréis la razón y estaréis conmigo en que diez días sin decir ni mú, es demasiado para la paciencia de cualquiera.
Por todo esto me pregunto yo, señores catedráticos de la RAE, ¿por qué han decidido que la angustia y la pena sean expresiones en desuso que definan la calma?
Evidentemente yo la perdí. Busqué respuestas y a base de tozudez, las obtuve. Claro que el resultado no fue demasiado satisfactorio. Pero eso es otra cosa.
Puse música y encontré de nuevo mi propia calma, precedida por un "¡a tomar por culo!", eso sí, una frase muy recurrente en mi vida. Y no se me ocurrió nada mejor que decantarme en ese momento por Death Cab For Cutie.