Mostrando entradas con la etiqueta dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dios. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de diciembre de 2013

Verdades como lechugas


Mentir está en contra de los cánones morales de la mayoría y está específicamente prohibido y descrito como pecado en muchas religiones según dice Wikipedia. Y a pesar de que nos eduquen para defender la verdad por encima de todas las cosas, hemos mamado la mentira desde pequeños y a todos nos las metieron dobladas en nuestra infancia: que si los Reyes Magos, que si el Ratoncito Pérez, que si cuando seas padre comerás dos huevos, que si siempre estaré a tu lado, que si no te va a doler… Incluso nosotros mismos nos auto engañábamos: que si mi padre es un superhéroe, que si mi madre la más guapa del mundo, que si mi hermana se tira pedos de colores (como la mía perjuraba que hacía), que si de mayor voy a ser artista…

Al crecer descubrimos la vida real y todo ese mundo de magia, fantasía y pedos de colores se desvanece. Y entonces queda sólo el pedo. ¡Puf! La mentira, siempre vilipendiada y maltratada, se nos revela entonces como la verdadera piedra angular de la convivencia humana para darle unas notas de color a nuestra existencia, una vez hemos comprobado que al ponerla en práctica, a uno no le crece la nariz.


Llevar faja, maquillaje, lentillas de colores o peluquín para ocultar una verdad que no queremos mostrar, es mentir. Exagerar los detalles, tomar viagra, la poesía, la publicidad o una película, son también mentir, porque no son la realidad estricta. Incluso callar sentimientos para no herir y proteger al otro, es mentir. Todos practicamos y consumimos con cierta tolerancia estas falacias, pero ojo, que no tienen nada que ver con el engaño, el cual por el contrario se castiga y no se perdona, porque ni el propósito ni el fin es el mismo.

Creemos que queremos la verdad y que de mayores iremos con ella siempre por delante, pero nuestro paladar no está hecho a ella, no nos enseñaron bien a digerirla de pequeños, y puede caer realmente mal en el estómago. Es que la verdad es como la lechuga: es cruda, y uno no se la come a bocados, sin aliños ni sin lavarla antes.

Se calcula que las personas mentimos tres veces por cada diez minutos de conversación. Párate a pensar por ejemplo cuántas veces has respondido a la pregunta “¿cómo estás?” con un falso “bien”. La mentira es algo que forma parte de la sociedad actual, y ya sean políticos, famosos o tu vecina la del cuarto, todos mienten diariamente. Se puede mentir por omisión, por comisión, por acción, por compasión, por activa, por pasiva, por abajo y por arriba.  De hecho existe una lista interminable de mentiras universales que a todos les sonarán: “la última copa y nos vamos”, “tu sigue chupando que yo te aviso”, “el lunes me pongo a dieta”, “es que el profesor me tenía manía”, “ay, hola, es que no te había visto”, “he leído y acepto las condiciones del servicio”, “esto no es lo que parece”, “sólo la puntita”, “es que no tengo qué ponerme” y así un largo etcétera.

Vamos en pro de la verdad pero somos unos hipócritas, porque la verdad verdadera es que ni nos gusta tanto, ni la practicamos siempre. No estamos preparados para recibir según qué informaciones sin limpiarla de ciertos detalles, ni sin la vaselina de unas buenas palabras. Resulta además que nos ofuscamos cuando alguien es sincero y directo y nos muestra la verdad tal cual es; nos cuesta tanto asimilarla, que muchas veces creemos que esa sinceridad viene acompañada de un sentimiento de envidia: “Me dices que no me queda muy bien este pantalón por joder, porque sabes que estoy más buena que tú, ¿eh?”.

Desde luego que la autenticidad es un valor a respetar para poder mantener relaciones efectivas, pero en ocasiones ser auténtico puede implicar no ser amoroso con el otro, ser cruel o generar la destrucción de algo o de alguien. Y para ser sincero se necesita tener valor y mucho tacto, para que la otra persona vea que la verdad viene con buenas intenciones y sin ánimo de ofender.

Tengo un compañero de trabajo al que le canta el ala poderosamente, día sí, día también, y como nadie se atreve a decirle que se lave un poco, ir a la oficina es como entrar en la cámara de gas. Este año hemos decidido que el amigo invisible le traiga un desodorante; en plan indirecta, pero invisible, porque ya no es que nadie tenga el valor de sincerarse con él, sino que cualquiera se anima a tener un tête à tête con él para explicarle las bondades de la ducha diaria.

A ver quién es la lista que le dice a su amiga, esa que ha cogido unos kilos de más y que de hecho ya iba pasadita, que como siga a ese ritmo, le cobrarán doble cuando viaje o acabará sentada al lado de todos cuando vaya al cine. Si nos pide opinión, le diremos que “debería cuidarse un poquito más”, cuando lo que de verdad pensamos es que nuestra amiga cada día se parece más a una foca, aunque la queramos muchísimo, así en toda su inmensidad.

Cuando un amante te ha preguntado si la tiene pequeña, ¿has sido capaz de contestar sinceramente y sin florituras que no se la encuentras o que no te has enterado de cuando estaba dentro? Decir “cariño, no te preocupes que el tamaño no importa”, no es ser sincero, porque el tamaño sí importa, pero si no quieres dormir abrazando almohada, es mejor guardarse la verdad.

La reacción de mis amigas ante el desenlace de mi historia con el Dios griego fue de total indignación a pesar de que para mí que el chico fue muy sincero conmigo. Cuando Él ascendió a los cielos e interrumpió toda comunicación conmigo, mi mejor amigo me recomendó que pusiera toda la carne en el asador para conseguir un nuevo encuentro y averiguar el por qué de su desaparición: “a este tío te lo tienes que follar de nuevo, y si no es por las buenas, que sea por las malas”. Y a mí que no me hace falta que me chinchen mucho para sacar el pico y la pala y mi ramalazo acosador, me sobró tiempo para mandarle un mensaje subidito de tono yendo a por todas, con la tranquilidad de estar avalada por la bendición de un buen amigo. Pensé que no recibiría el mensaje (que ya sabemos todos que en el cielo los dioses no tienen cobertura) o que ignoraría a un ser mortal como yo, pasado un mes ya de nuestra tórrida y única experiencia (en todos los sentidos). Pero se ve que han puesto repetidores en el cielo y no sólo recibió el mensaje, sino que lo leyó y me respondió: “Ji ji, ja ja, yo también me lo pasé muy bien y también me encantaría repetir”, me dijo en resumen el verbo hecho de nuevo carne.

- ¡Coño! ¿A qué has estado esperando? Tiene que haber algo que estés ocultando que explique por qué te volatilizaste si soy tan maravillosa – pensé yo – Oye, pues ya estamos tardando, si es que de verdad te apetece quedar - le respondí jugándomelo todo, que yo soy muy de las de from lost to the river.

- Vale, ya te digo algo. Ahora estoy conociendo a una chica, pero yo te aviso. Un besito guapísima.

¿No querías sinceridad, Rita? ¡Pues toma taza y media así, sin vaselina! El chico estaba siendo bien claro y me vino a decir que aunque volvería a echar un polvo conmigo, eso no llegará a pasar, porque a pesar de que el “ya te digo algo” (equivalente al “ya si eso te llamo") queramos interpretarlo como que me llamará si se le tuerce la historia con su María Magdalena y se ve sin otra discípula que le rece, si se alinean los astros de determinada manera en conjunción con Orión o con su santísima madre, o si le pica un día de estos; la verdad es seguramente no me llame jamás.  

“¿Y para qué te dice eso? ¡Pero menudo morro!”, dijeron mis amigas.

En qué quedamos, ¿sinceridad sí o no? Lo que ellas reclamaban en su respuesta son mentiras, pero dichas de verdad, porque entran mejor que la realidad tal cual es. Un sentido “No eres tú, soy yo” o “En estos momentos no estoy preparado para enamorarme ni para tener una relación”, que es lo que he escuchado siempre. Pero qué quieres que te diga, a mí en el fondo me gustó su respuesta y agradecí esa honestidad. Y a otra cosa, mariposa.

Se dice que las navidades son la época de la falsedad por excelencia. Es común el sentimiento navideño de querer parecer mejores personas en estas fechas y conmoverse con las desgracias que se ignoran el resto del año, sonreír más y mostrarse más cercano y amoroso con el entorno, sin ser nada de eso. Y en contra de renegar como hace la mayoría, yo agradezco realmente que existan al menos unos días al año en los que a la gente no le brota ser horrible y deja escondido su hijoputismo, aunque sea por aparentar.

Por todo esto amiguitos y amiguitas, ¡feliz falsedad a todos!


 Soziedad Alkoholika versionando el anuncio de la lotería con su "Feliz Falsedad"



martes, 12 de noviembre de 2013

El placer de lo duro


Mariah Carey escayolada, fiel a la premisa de "antes muerta que sencilla"


A consecuencia del accidente que truncó mi cita con el último aspirante al trono, y que ya conté en la entrada anterior, acabé con la mandíbula medio desencajada (de manera literal) y con una fractura en el 5º metacarpiano que implicaba estar cinco semanas con el brazo derecho escayolado.

Los primeros días en mi nueva condición de lisiada, fueron complicados. Es cierto que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde; que afortunadamente la mandíbula volvió a su ser en dos días y no perdí mi brazo derecho, pero tenerlo inmovilizado era como tener un apéndice que sobra y que molesta, un miembro fantasma que sigue conectado al cuerpo pero que ha perdido toda su funcionalidad. Pero como seguía ahí, resultaba difícil transferirle al cerebro que por un tiempo no podría seguir utilizándolo.

Lo más terrible no fue hacerme a la idea de que con mis lesiones se me complicaría el arte de ciertas técnicas amatorias como la felación o la masturbación ajena, tal y como apuntó un amigo muy “gracioso”, consciente de que mi vida sexual por entonces venía siendo la misma que la de una ameba. Lo duro fue empeñarme en seguir realizando tareas mundanas con ambos brazos. Porque mi cabezonería derivó en pequeños desastres irrelevantes como destrozarme la “mano buena” intentando cortarme las uñas con los dedillos que me quedaban libres en el brazo escayolado; o accidentes caseros sin importancia como las duchas involuntarias -a altas horas de la noche- con la sopa de cebolla que mi amigo el “gracioso” me había preparado con amor, al tratar de guardar el perolo en la nevera una vez enfriado. O tener que limpiar el desaguisado después, en medio de la desesperación y del bochorno de mi cuerpo serrano bañado en pringue, y todo ello con una sola mano mientras tu perro se reboza también en el litro y medio de sopa que se ha colado por todos los rincones y electrodomésticos de la cocina. Vamos, muy divertido, y sin duda con el mejor aroma que quieras retener.

Lejos de achantarme, estas desventuras me hicieron envalentonarme y plantearme cada día pequeños retos, y creerme toda una paralímpica consiguiendo la medalla de oro cada vez que lograba cepillarme los dientes sin hacerme sangre, peinarme con la coleta tiesa y no de medio lao, o ser capaz de cortar por la mitad una naranja con la izquierda para prepararme un zumo. Mis respetos a todos los paralímpicos ahora más que nunca.

Con el tiempo, llegué a la conclusión de que todo lo del accidente pasó para que aprendiera a ser ambidiestra, y así ser una mujer aún más completa. Alguien tendrá que apreciarlo algún día, digo yo. 

Pero la auténtica tragedia me esperaba fuera, en la calle. Yo que no soy muy amiga de que me aborden extraños ni le suelo seguir la conversación a las marujas que tienen ganas de darle a la sin hueso en el mercado, me vi de repente con un artilugio maligno que atraía las miradas y despertaba la curiosidad de todo el mundo. La escayola estaba ahí, como si fuera un letrero de neón con forma de flecha apuntándote a ti directamente, diciendo: ¡¡Eh, tú, extraño!! ¡¡Sí, aquí, ven a saludarme!! ¿A que te mueres de ganas por saber qué me ha pasado?

Porque los yesos, collarines y demases, despiertan la indiscreción del ajeno.  Y no me refiero a la educación o el interés real del vecino o de aquel que te conoce del barrio, me refiero a la preguntita de: “¿y dónde habrás metido la manita?” que cualquier otro desconocido, de repente se atrevía a lanzarte. “¿Y si resulta que le he metido la manita a tu madre por el culo?”, me daban ganas de responderles algunas veces. La gente te señala, te apunta con el dedo, susurran a tus espaldas, y a mí… a mí me tocaban las narices, qué quieres que te diga. Porque las cicatrices y las lesiones guardan una historia detrás que no siempre el que las lleva, quiere compartir con los demás.

Esta circunstancia convirtió los paseos de 10 minutos a hacer los recados de cada día, en maratones de obstáculos que se prolongaban hasta casi una hora. Minutos de deporte patrocinados por “Yesos quirúrgicos de España”, en los que ejercitaba hasta los músculos de la cara, ya fuera con el modo-sonrisa-fingida on, o conmovida por la preocupación del extraño que se me acercaba para saber qué me había ocurrido. Y la pesadilla no cesó una vez que todo el barrio estaba informado sobre el cómo, el qué y el cuándo, sino que después tocaba actualizarles con mis no-avances: "Pues aquí sigo, escayolada (hasta los mismísimos, ¿es que no lo ves?)". Mágicamente, al quitarme la escayola, he vuelto a ser invisible.

Eso sí, ligué más que nunca. Ni escotes ni minifaldas, señoras, ¡ponga un yeso en su vida! Poco importa tu aspecto desaliñado consecuencia de tu poca habilidad para manejarte con una sola mano; a la gente la escayola extrañamente parece darle rollo. Me acuerdo de Pedriño, de la edición pasada de QQCCMH (pograma del que soy fans), que decía que le daba morbo una escayola, un diente roto o una muleta… vamos, que si entraba en un hospital, el chico debía ponerse a mil. Y he recordado también que este verano, antes del accidente, di con una extraña pareja que me confesó el mismo fetichismo, solo que estos, además decían que procuraban practicarlo y se vendaban a posta el uno al otro para darse placer.

Con estas, me ha dado por buscar en esa fuente inagotable de conocimientos que es  internet, si habría mucha más gente a la que le fuera este tema, y yo que creía haberlo visto casi todo, me encuentro con que hay infinidad de webs con señoritas, en su mayoría rusas o japonesas, posando ligeritas de ropa pero con alguna parte de su cuerpo inmovilizada por el yeso, para satisfacer los deseos de los amantes de la escayola y de cualquier otro tipo de inmovilización médica. Ellos se hacen llamar “casters”, y lo que les pone es la inmovilidad parcial o total del otro y su vulnerabilidad para así poder abusar de ellos. ¿Cómo te quedas? Yo no sé si me arrepiento de no haber guardado el yeso para poder utilizarlo en caso de necesidad por si mi barbecho es demasiado prolongado, que nunca se sabe.

Afortunadamente en mis días de baja, no todo fueron sinsabores y tuve más de un momento de alegría, gracias sobre todo a aquellos amigos incondicionales que lo mismo te hacían la compra, te cocinaban, te ayudaban a arreglarte o te visitaban y te traían regalitos para hacer más llevadera la convalecencia.

Pero el día del éxtasis, y nunca mejor dicho, fue aquel en el que por fin conocí a JJ. Llevaba chateando con él un par de meses, en conversaciones divertidas pero sin demasiada chicha en las que demostramos tener un relativo interés el uno por el otro, pero por una cosa o por otra, no conseguíamos cuadrar nuestras agendas para quedar. Eso sí, confieso que era ver sus fotos y convertirme en la típica adolescente que saliva por arriba y por abajo admirando las fotos de su ídolo en Superpop. Cuando entraba en su perfil para ilustrar a mis amigos con aquello que me traía entre manos y que me dieran su bendición, automáticamente tenía que colocar el cartel de superficie deslizante, porque es que aquello no era ni humano ni normal.

Nuestra cita surgió de una manera tan improvisada y repentina, que apenas tuve tiempo de acicalarme, así que tuve acudir a la misma con la cara lavada, la misma ropa que como pude me había puesto aquel día al levantarme, los mismos pelos malpeinados, y el brazo en cabestrillo. Y maldije a mi escayola por no  colaborar en momentos de auténtica necesidad. 

Pero JJ no sólo era un bomboncito, sino que además era un tío educado, majete e interesante, que pagó la cena, paseó con maestría a mi perro mientras me sujetaba por el brazo bueno, y que me regaló los oídos con frases como "es que tú eres muy guapa y no te hace falta maquillarte para ser atractiva". No tuve más remedio que llevarme a casa a semejante maravilla de la naturaleza, antes de que la aprovechara otra.

A la mañana siguiente algunos de mis amigos recibieron un whatsapp con una foto del susodicho y el texto: “Señoras mancas que…”. Segundos más tarde, mi teléfono echaba humo, y todos querían conocer los pormenores: ¡Pero tía! ¿Cómo? ¿Queeee? ¡Cabronaaa! ¡Hijísima de la gran puta, qué bien te lo montas! ¡Ole tú! ¿Pero tú no estabas inválida?

Yo sólo sé que mi escayola no supuso impedimento alguno para pasarlo divinamente aquella noche, y que cuando él se marchó de mi casa, estuve una media hora repitiendo en voz alta: ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!...

Ese cuerpo escultural de proporciones perfectas, ese pecho como si hubiera sido cincelado por  el mismísimo Miguel Ángel, ese six-pack-abs para ponerte a fregar los trapitos después de la faena, esos brazos fuertes que me agarraron así y asá, esa carita preciosa enmarcada en una  bonita barba, esos dientes resplandecientes y esos labios que convertían en poesía cualquier majadería que saliera de ellos, esa alegría, esa lozanía, ese brío, ese… ¡ufffff!

Y así JJ pasó a ser conocido entre mis amigos como “el Dios griego”. Porque él era la luz que no debía ser abandonada, él era omnipotente y todopoderoso, digno de adoración y devoción, un ser supremo que me hizo partícipe de sus atributos de poder a través de sus dones, la gracia divina… ¡Amén, hermanos!

Pero como buen dios, también se hizo invisible, y al tercer día de mensajes complacientes después de nuestro encuentro, extrañamente no resucitó ni volvió a mi lecho. Desapareció y creo que habrá ascendido a los cielos, y por eso ya no contesta a mis mensajes, porque me imagino que allí no debe haber mucha cobertura 3G.

¡¡¡Oh dios mío, por qué me has abandonado!!!

O quizá es que JJ era simplemente un caster, y lo que pasa es que le gustaba el placer de lo duro, y ahora que mi mano vuelve a ser la que era, quizá haya perdido para él todos mis encantos... Mierda, ¿alguien sabe dónde podría conseguir una escayola de quita y pon?