Después de seis largos meses compartiendo piso, por fin he recuperado mi reino. Tras marcharse mi inquilino, las tareas de limpieza y reorganización de armarios me han tenido ocupada varios días; pero hoy puedo decir con orgullo de maruja y satisfacción, que mi casa vuelve a oler a chica. Y de nuevo siento paz. Es curioso cómo mi estado de ánimo influye en el orden y limpieza de mi hogar y a la inversa; como si mi casa fuese el reflejo más fiel de lo que soy y siento.
En medio de esta paz y de este momento de reencontrarme con mi soledad, resulta que me ha dado por reflexionar sobre las supuestas bondades de eso que llaman ahora ser “single” o “impar”, como si con estos términos se tratase de eliminar el matiz negativo que implica la palabra soltero (etimológicamente proviene de un vocablo del latín que significa “solitario” o “desamparado”).
Una parte de la sociedad estigmatiza al soltero considerándolo alguien desdichado, fracasado, incompleto, amargado, neurótico e inaguantable, anti el género opuesto o rarito. El solterón de toda la vida, vaya, aquel que parece tener derecho a ser feliz sólo si se dedica a servir a Dios o a ser misionero. Hay otro sector que de esa estigmatización ha pasado a la glorificación, intentando vendernos que ser “single” es un orgullo que disfrutan personas inteligentes, competitivas, con alta auto-estima, que saben lo que quieren, que por encima de todo son libres y que para más inri, resulta que follan más que nunca.
Pues ni un extremo ni otro. Pero por más que se empeñen en convencerme de las delicias de vivir solo y de que los singles somos personas afortunadas que no tenemos por qué privarnos de nada, que tendremos mil planes y podremos quedar con quienes queramos, que vamos a disfrutar de nuestra libertad y de no tener que darle explicaciones a nadie, y que tendremos una vida sexual más activa que la de un bonobo; e independientemente de que haya solteros que de verdad consigan ser ese prototipo de persona contenta por su estado de soltería - ya sea elegido o impuesto, permanente o transitorio -, la realidad suele ser muy distinta a esa imagen de felicidad. En un mundo de pares, ser impar y conseguir ser feliz, supone un gran esfuerzo. Es posible, sí, de acuerdo. Pero no es fácil mantenerlo.
Es una gozada dormir en transversal en la cama, adueñarte del edredón y de todas las almohadas, no tener que sufrir de pies helados ajenos que te despierten en medio de la noche, patadas como si tu partenaire fuera el mismísimo Messi que chuta a gol en tu cama, gases traicioneros o ronquidos. Es genial poder pasearse en pelotas por casa, no tener que depilarse ni arreglarse para otro, no quitarte de encima tu camiseta del viaje de fin de curso o llevar bragas cutres ¡y que no pase nada!, o hacer pis y pos con la puerta del baño abierta. Es estupendo poder comer lo que se te antoje sin miradas incriminatorias o ver en la tele lo que te sale del mismísimo. Y lo más fantástico es que todo tu dinero es tuyo, y jamás tendrás que rendirle cuentas a otro.
Pero echarás en falta no tener a quien echarle la culpa por lo que sea, o alguien con quien pelearte, y con tal de desahogarte tendrás que recurrir como yo a las compañías de suministros. Extrañarás no tener encima a alguien que se preocupa por ti y que te recuerda que estás fumando mucho o que deberías cuidarte más; alguien que te piropee y que te diga lo estupendo que te queda ese vestido aunque lo diga sin levantar la vista del periódico. Tendrás que recurrir a tu perro si en medio de la noche estás desvelado y te apetece contarle a otro las nimiedades de tu día. Y cuando los lametones de tu perro te despierten, echarás de menos los besos de buenos días de tu amado.
Estar solo implica un tiempo de conocimiento personal, de aprender a poner límites, de responsabilizarse de tus decisiones y de mejorar tus relaciones interpersonales, y creo que es posible lograr sacarle el lado positivo. Pero cuando tienes que asumir el manejo solitario de tu propia vida, cuesta conservar tu patrimonio tanto financiero como emocional al no contar con una contra réplica diaria que te permita contrastar tu conducta para poder evolucionar. ¿Nadie se ha parado a pensar en el grado de compromiso, determinación, esfuerzo y fortaleza que en realidad requiere estar solo? Es muy difícil ser autosuficiente o independiente y no morir en el intento, y fundamental para ello poder contar con algún amigo que esté en tus mismas circunstancias para lograr mantenerse sereno. De hecho, la sociedad nos arrastra a los desparejados a emparejarnos con otros de alguna forma:
- Ser soltero no desgrava, y conseguir una hipoteca, un préstamo o alquilar una vivienda, es mucho más complicado que hacerlo en pareja. Además, las aseguradoras suelen huir de ellos por considerarlos más arriesgados. Así que o eres Paris Hilton, o ya puedes buscarte a alguien que pueda avalarte.
- Cada vez proliferan más las empresas de ocio cuyo objetivo es facilitarle la vida al colectivo de los singles, pero la realidad es que las ofertas de ocio que promueven se pagan a precio de oro (¿por qué una habitación individual no cuesta la mitad que una doble?) y las opciones de ahorro suponen pasar por el aro de compartir gastos con extraños o amigos. O sea, que mejor tener a quien engañar para que te acompañe.
- Ir a la compra es frustrante porque observas que todo se vende en paquetes familiares o formatos demasiado grandes para uno solo. Para nosotros hacer la compra implica asumir que nos pesará eternamente en la conciencia aquello que aprendimos en el cole cuando queríamos dejarnos algo de comida en el plato y te venían con lo de “¡ay los pobres niños de África!”. Irremediablemente acabamos tirando a la basura aquella comida que no podemos asumir antes de que llegue su fecha de caducidad. Todos los meses a mí me caducan como mínimo el pan de molde, los huevos y el cartón de leche. Y una vez que has hecho la compra, plantéate cocinar para ti solo y estarás condenándote a comer lo mismo durante los próximos cinco días. Si estás cansado de comerte las sobras, más te vale tener algún amigo al que poder invitar o endosar un tupper.
- Tareas rutinarias del hogar como cambiar la funda del edredón uno solo, doblar sábanas, cargar con la compra, intentar arreglar un enchufe sin electrocutarse, salir de la ducha a tientas con los ojos llenos de jabón a por la toalla que te olvidaste o con el culo al aire en busca del papel higiénico que se te pasó reponer, o colgar un cuadro y que te quede recto consiguiendo además que el taladro no traspase la pared; son retos que en compañía parecerían simples tonterías fáciles de acometer, pero que en soledad deberían considerarse deportes de riesgo.
- Si vas a un restaurante solo y no tienes pinta de ejecutivo, lo más probable es que te miren raro y te destinen a la peor mesa, al fondo del restaurante, como si tu condición fuese algo contagioso. Eres forever alone.
- Tendrás que soportar diariamente las miradas compasivas del resto (a no ser que seas monja o misionero), o el estado de alarma que genera en tus allegados lo de llegar a cierta edad y seguir soltero:
Hija, di que sí, que mejor estar solo que mal acompañado, no tienes que rendirle cuentas a nadie, y ya sabes eso que dicen de que el buey solo, bien se lame. Pero tampoco te duermas en los laureles, que ¡te vas a quedar para vestir santos! ¡Se te va a pasar el arroz! ¿Es que no quieres tener hijos? ¿Quién te va a cuidar en la vejez?
La soltería no es una regla de medición; como todos tengo mis defectos y manías, y aunque todo influye, el ser "single" no tiene nada que ver con ser mejor o peor persona, ni con ser más o menos atractivo (¿os habéis fijado en la cantidad de truños que hay por el mundo emparejados, mientras tú que eres divin@ te comes los mocos?), ni con los kilos de más o el dinero de tu cuenta. Y conseguir arrejuntarse con éxito no depende de merecerlo o no, ni está necesariamente relacionado con una escala de valores defectuosa por exceso o por defecto, ni tampoco viene determinado por un supuesto destino: simplemente unas veces pasa, y otras no.
En más de una ocasión tuve que aclararle a mi abuela que me gustan los hombres, que no soy lesbiana, ni tampoco una feminista que odia al género masculino; y puntualizar que lo mío no es un problema de inmadurez o de incapacidad para formar vínculos o comprometerme. La cuestión es que el mercado está fatal, y la mayoría de los hombres de mi edad o son gay o ya vienen de tener una pareja y huyen del compromiso. De hecho en estos momentos me debato entre crear una petición en change.org para que se tenga un poquito de consideración hacia mujeres estupendas como yo, y así alguien tenga la bondad de cerrar de una puta vez ya las puertas de los armarios; o directamente cambiarme de acera.
He visto una película que me ha hecho pensar sobre una mejor solución a mi situación. Pero si acaso lo cuento en otra entrada.