Las opiniones son como los culos:
cada uno tiene el suyo. Cuando le pregunté a mis amigas lo que opinaban sobre
el destino, acabé con la cabeza como un bombo, porque cada una tenía su teoría,
a cual más dispar.
Estoicismo, epicureísmo,
determinismo, existencialismo… Hay explicaciones filosóficas al respecto para
dar y tomar.
¿Y quién tiene la verdad absoluta
sobre si la libertad metafísica existe?
Toda alternativa puede ser genuina, pero creo que lo
verdaderamente importante, es la coherencia de las historias que el cerebro y
la imaginación de cada cual logren construir.
Mi teoría al respecto del destino
es un poco de andar por casa.
Siempre he pensado que la vida es
algo así como los libros de “Elige tu propia aventura”. En aquellos libros el
lector tenía que decidir en determinados puntos sobre los trayectos de lectura,
eligiendo qué alternativas tomar para el desarrollo de la historia. A pesar de que
las alternativas se podían escoger libremente, todas habían sido pensadas y
escritas previamente por un autor.
Sobre lo ya escrito, las
posibilidades que se le presentaban al lector eran múltiples: algunas
elecciones eran sencillas, otras sensatas, unas temerarias y algunas
peligrosas… No había opciones acertadas o erróneas, sino que uno podía leer el
libro muchas veces, obteniendo resultados y finales diferentes. No obstante, en
aquellos libros solía premiarse la prudencia, la inteligencia o la bondad, que
llevaban a desenlaces más felices y al éxito del protagonista. ¡Ay de ti si
decidías ser violento, cotillear más de la cuenta, o no ayudar al cervatillo herido
que pasaba por ahí y que aparentemente no pintaba nada en tu historia, porque
entonces seguramente estabas abocado a un destino de lo más cruel!
Ocasionalmente el lector podía
encontrarse atascado en un círculo vicioso en el que siempre acababa en la
misma página como resultado de alguna elección particular, y la única opción
posible era volver a comenzar el libro.
Además, recuerdo un libro, acerca
de la búsqueda de un paraíso que nadie podía alcanzar, cuyo final únicamente se
hallaba si el lector ignoraba las reglas y buscaba en el libro aleatoriamente.
Pues para mí la vida es bastante
parecida a todo lo anterior. Creo que el destino de cada uno es un libreto, un
guión que está escrito pero cuyas letras no son del todo indelebles, y en
nuestras manos está aceptar o no el papel que nos han dado, determinado
fundamentalmente por el cómo, el dónde y el cuándo hemos nacido. Desde luego no
se puede negar que la constitución genética de una persona, constituye una
condición causal suficiente para el carácter moral o las acciones que esa
persona realice, por lo tanto al menos hay un boceto escrito para cada uno de
nosotros. Sería una especie de laberinto ya diseñado. Eso sí, aún creyendo en
un destino marcado, con sus distintas ramificaciones sobre las que podemos
elegir libremente como en los libros, y que a su vez ya están más o menos
determinadas, no tengo ni idea de quién es el responsable supremo que ha
pensado en todo aquello que nos puede pasar, no sé quién ha escrito el guión.
Aquí supongo que se tambalea un poco la coherencia de mi teoría. Y es una auténtica
putada no tener a quién enviarle una reclamación.
Una de las diferencias que
encuentro con los libros, es que lamentablemente uno no puede volver al día en
que nació (al principio del libro), o a un determinado punto que se desee
revivir y rehacer porque le ha salido mal (como cuando poníamos el dedito en la
página por si acaso la elección que habíamos tomado nos saliera mal, para
volver al punto del libro en el que nos equivocamos) Pero de alguna manera sí
que podemos resetearnos y hacer un giro en el camino, ya sea eligiendo la buena
vida tras un paseo por el lado oscuro, o colgando el hábito para dedicarnos a
la mala vida. Podemos intentar enmendar la plana cuando la hemos cagado, aunque
no siempre es fácil. Y si nos empeñamos, también podemos entrar en bucles sin
fin con determinadas historias, ¿o soy la única que ha tropezado 20 veces con
la misma piedra?
Otra de las diferencias, es que seguramente
los logros y éxitos de las personas suelan estar relacionados con las
decisiones más éticas, pero la vida me ha demostrado que también se puede
triunfar tomando decisiones imprudentes o incorrectas. ¿Acaso copiar en los
exámenes y aprobar, saltarse las reglas para ganar o las colas para llegar
antes, o tener la mano un poco larga para hacerse con lo ajeno y que no te
pillen no cuenta? Si no, que se lo digan por ejemplo a la Infanta Cristina. Como
en los libros, hay gente que simplemente nace con una flor en el culo, y no
importa lo que hagan, que siempre van a estar a salvo de un desenlace terrible
y van a seguir tan ricamente porque el autor del guión de su vida tiene un
humor que te cagas y es de lo más benevolente.
¿Será cuestión de nacer con
estrella o estrellado? ¿Es la suerte tan sólo un capricho de la probabilidad o
existe cierta predeterminación?
Hayas nacido o no con una flor en
el culo, no sé si te consolará saber que dicen que los seres humanos tendremos
unas 20.000 pequeñas adversidades a lo largo de nuestra vida que no se pueden
evitar, aunque seas eficiente y responsable, la persona más maja o solícita del
mundo o malo malísimo. ¿Significa eso que a todo cerdo le tiene que llegar en
algún momento de alguna manera su San Martín? ¡Así sea!
Llevando el tema del destino al
terreno del amor por ejemplo, ¿nunca te has obcecado en intentar cambiar al
otro o amarrarle pa ti pa siempre y
en ser una santa, olvidándote de tu dignidad, aunque no te hiciera ni caso el
susodicho, o te tratara malamente?¿Y no te ha pasado que pesar de picardías
–literales o metafóricas-, artimañas o bondades made in Calcuta, poco le
importaban al otro porque parecía seguir unas leyes inmutables del universo de
lo más deterministas y no había manera de cambiarle o amarrarle?
Es que hay cosas que no tienen
que ser, y punto, así que tampoco te empeñes demasiado en intentar burlar al
destino. Es
insensato e inútil tratar de cambiar el plan de esa providencia divina, y si no
mira a los protagonistas de las películas de “Destino Final”. Pero si te has
visto atrapado en algún bucle con alguna persona, tampoco seas tan romántico y
creas que tiene que ver con un destino rosa escrito para los dos; analiza si acaso
tiene más que ver con tu propia cabezonería, disposición o con un cierto
ramalazo psicopatoide.
Hace unos tres años conocí
virtualmente en un portal de encuentros al típico chico malote que me
encanta por entonces me conquistaba. Estuvimos chateando unos días, y justo
cuando estaba dispuesta a quedar con él, me confesó que tenía una relación que
definió como abierta -aunque su parienta no parecía estar al tanto de su
planteamiento- que había comenzado apenas dos semanas antes de conocerme. En
ese momento decidí retirarme del juego, porque no me apetecía ser el segundo
plato de nadie: yo buscaba ser el menú completo. Y le perdí de vista. Pero este
verano reapareció anunciando que aquella relación liberal se convirtió en algo
serio y que había durado hasta hacía bien poco.
- ¿Estás solo ahora y tirando de
churri-agenda o qué? – le escribí.
- Nooo. Me caías muy bien, pero
por las circunstancias que ya sabes, perdimos el contacto. En todo este tiempo
he estado pensando en ti y en las cosas del destino, porque si te hubiera
conocido dos semanas antes, igual tú ahora serías mi novia y a mi ex ni la
habría conocido – me contestó.
Hay que reconocer que el chico
demostró tener arte. Pero para más inri, además me informó de que en dos
semanas se iba de España.
- Creo que te dejé claro por
entonces que no me interesaban los polvos de una noche o los follamigos, así que si entonces te dije
que no me apetecía dejar el lado virtual y conocerte, me temo que mi respuesta
sigue siendo la misma. Te vas, y no tengo ninguna intención de iniciar una
relación a distancia.
- Nooo. Mira. Quedamos a tomar
unas cañas, nos reímos. Seguramente tú te meterías bastante conmigo, nos
gustaríamos (si todo sale bien, que sería cuestión de suerte), nos besaríamos,
tú me invitarías a pasar la noche en tu casa, y por la mañana nos
despediríamos. Luego podemos seguir manteniendo el contacto por aquí, e incluso
volver a vernos más veces, aquí o allí (...) Lo peor que puede pasar si
quedamos, es que me hagas la cobra, y entonces recordaré repentinamente que
tengo que estar en otro lado con muchísima urgencia (…), pero hasta ese momento
embarazoso, lo habremos pasado estupendamente – remató.
- ¿Llevas pensando todo esto casi
tres años? ¿También has pensado qué vas a ponerte? – le respondí anonadada.
- Han sido dos años y ocho meses
para ser exactos. ¿Ponerme? ¡Preservativo por supuesto, qué me voy a poner, a
saber dónde hemos estado! Ah, ¿dices de ropa?
Traté de dejar correr el aire,
pero aunque intentaba evitarle, nos seguíamos encontrando en distintos portales
de ciber-amor, y él volvía a señalar al destino como responsable.
- No se llama destino, se llama
aburrimiento y cuelgue – apuntillé.
Pero confieso que con su humor me
fue ablandando y tras largas conversaciones cibernéticas, decidí quedar con él
a tomar unas cañas, a sabiendas de que lo más probable es que le haría la cobra
porque no me interesaba para nada aquella historia.
De hecho, para asegurarme de que
no pasaría nada entre nosotros, decidí acudir en moto a nuestra cita: así,
evitaba perderme en los efluvios del alcohol y confundirme, que me conozco. Pero
como yo sigo la premisa del si bebes, no conduzcas… Además cogí sólo un casco,
y de esa manera él no podría volver conmigo a casa. (Vale, la variable de que
él o los dos cogiésemos un taxi de vuelta a mi casa, no la manejé, pero aunque mi plan no era perfecto, era bueno a priori)
El caso, que a pesar de que
empezó a llover y de que yo nunca cojo la moto cuando el asfalto está mojado,
me mantuve firme con mi mecanismo de protección a los arrepentimientos (que me
pregunto yo qué pensaría mi psicóloga del tema), y allí que iba.
Y como en la más chusquera de las
películas de “Destino Final”, los elementos se fueron confabulando para que esa
cita jamás tuviese lugar: un asfalto más resbaladizo de lo habitual, un
semáforo en ámbar frente a unas placas de hierro sobre las que si frenas te
puedes matar, y una viejecilla a la que no le gusta la lluvia, que decide que
no se quiere mojar y sale corriendo sin mirar antes de tiempo.
¡¡NOOOOO!! ¡¡CATAPLUMMM!! Y ahí que
me piñé.
En medio del caos no sé cómo tuve
la lucidez de avisar al tipo de que no sólo no iba a poder llegar a tiempo a la
cita, sino que es que no iba a llegar, y le expliqué todo el asunto por
teléfono.
Pero el chico se presentó en el
lugar de los hechos, supongo que porque igual no se creía nada de la historia,
o por seguir tentando al destino. Nos dimos dos besos y me ayudó a levantar la
moto y me consoló en el estado de shock de todo el accidente; todo muy normal. Incluso
se ofreció a acompañarme a urgencias, pero le dije que ni quería hacerle pasar
por una situación así, ni me iba a sentir cómoda con un desconocido en el
hospital. Y desde luego no me iba a apetecer irme a tomar unas cañas cuando
saliera de allí.
Y así, ésta se convirtió en la
cita más breve y desastrosa de la historia de mi vida.
Él se comportó como un caballero
y estuvo pendiente de mí y de mis lesiones durante los siguientes días, y desde
el extranjero, aún pretende seguir manteniendo el contacto conmigo, pero pienso
que todo lo del accidente tuvo que pasar por algo. Destino, ¿eh? Yo me fío de
él, y desde luego las señales que me envía, me dicen que huya de esta persona desde
el principio del libro y que pase de página y escoja otro camino. Allá este chico con su cabezonería. Porque
es que hay cosas que no tienen que ser y punto. Y como no tengo ninguna flor en
el culo, no pienso seguir tocándole las narices a la divinidad suprema que mueve los hilos. Sea quien sea.