Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2014

Becuma


Bonita peliroja, ilustración de Paula Bonet
http://shop.paulabonet.com/es/
Becuma, de encantadora belleza pálida, carnes macizas, largo pelo rojizo, labios jugosos y mirada cautivadora, era una mujer ante la que los hombres sucumbían. El movimiento cadencioso de sus anchas caderas y su sonrisa pícara los enloquecía a todos. Pero aunque por fuera luciese atractiva y resplandeciente, Becuma se desmoronaba en su interior, y la tristeza colmaba su espíritu. Dice la leyenda que aquellos que la veían, debían mantener relaciones sexuales con ella, pero por algún motivo, nunca se enamoraban.

Becuma quiso romper el maleficio que la condenaba a estar sola, y en una noche de San Juan, acudió a la playa y se postró desnuda ante la luna llena. Enloquecida por su resplandor sobre el mar, se empapó el cabello siete veces en el agua salada. Cerró los ojos y trató de permanecer quieta entre el suave vaivén de las olas, añorando todos los hombres perdidos. Deseó controlarles, torcer su indiferencia hacia un interés genuino y doblegar su voluntad para que todos ellos la amaran.

- Cordis tuum mecum est hommes – le gritó a la luna. De pronto las olas empezaron a mecerla con más intensidad. – ¡Cordis tuum mecum est hommes! – volvió a repetir aún más alto. La tercera vez que pronunció el conjuro rugió el mar, y entonces acudió el Diablo a su llamamiento:

- Mendiga ayer, hoy reinarás. Juguete de los hombres, serás la amada de Satán. Nadie como tú conocerá el placer y gemirás con espanto al amar, recibiendo en tu alma el poder de destruir el origen de tu pesar.

*****

A Virginia, que escuchó en alguna ocasión la historia de Becuma de boca de su abuela, le apasionaban todos esos cuentos de terror que almacenaba en su habitación y que había leído y releído tantas veces. Le encantaban la magia, los horóscopos, echar las cartas y los fenómenos paranormales.

Desde pequeña se sentía diferente a otras personas; en ocasiones soñaba lo que les sucedería, era capaz de sentir la presencia de parientes difuntos y otras energías, o de contestar preguntas que aún no se habían articulado.

Su abuela venía de una larga tradición de curanderas, y de ella aprendió la alquimia de la herboristería y las fórmulas mágicas de recetas secretas. Sin embargo Virginia quiso ir más allá cuando cayó en sus manos un libro de Scott Cunningham titulado “La Magia de los Cuatro Elementos". Solía decir que los trucos no existían, que la magia era real.

Al crecer, las diferencias con el resto y las premoniciones se hicieron más marcadas. En el barrio corrió el rumor de que era medio bruja; un par de vecinas amargadas, la culparon de todos sus infortunios, suponiéndole poderes especiales para encantamientos de toda índole. Incluso una de ellas comentaba que la había visto “con aspecto de levitación”.

Los malos presagios atormentaban cada vez más a Virginia, incapaz de negar sus dones o de impedir que éstos crecieran, y al mismo tiempo, también aumentaba su sufrimiento y desesperación. – Estás chiflada – le solía decir la gente. Fue la ignorancia sobre lo que en realidad le ocurría, la que le llevó a un breve ingreso hospitalario en la unidad de psiquiatría.

Algunos años de terapia después, consiguió dejar a un lado la magia y decidió aplicar a la cocina su buen hacer en la combinación de los distintos ingredientes. “La alquimia de su cocina es sagrada”, decía una de las innumerables buenas críticas que empezó a recibir su restaurante.

Fue precisamente en el restaurante donde conoció a Juan, su amante en los últimos años, un músico que siempre que su gira se lo permitía, era asiduo a sus mesas; devoto de sus platos y sobre todo del postre que siempre le esperaba cuando cerraba el restaurante. Él era un hombre carismático e interesante, en ocasiones frío y sarcástico, otras veces un caballero dulce y gentil, con un agudo sentido del humor, capaz de crear un extraño poder gravitatorio a su alrededor. Juan era el típico conquistador, más preocupado por sí mismo que por el entorno, y eso incluía a Virginia. Sin embargo consiguió hacer que ella se sintiese más que agradecida por poder compartir algunos de los momentos de la vida de un ser tan único como él.

A pesar de que Virginia no saboreaba sus besos en exclusividad, se sentía feliz por ser la favorita de Juan, hasta que un día éste le encontró una sustituta y ella cayó en la desesperación. Fue un 24 de junio.

- Qué ironía – pensó observando su reflejo y el de una espléndida luna llena sobre las aguas del estanque del Retiro. – Maldigo no poder ser más su costumbre, pero juro que al menos seré el eterno recuerdo – se dijo fijando la vista en la luna.

*****

Juan no volvió a saber nada más de Virginia. Se comió las ganas de escribirla como tantas otras veces durante las primeras semanas desde su ruptura.

Unos meses más tarde, tuvo un pequeño accidente de coche. Había acabado embistiendo al coche delantero al quedarse embelesado contemplando la Puerta de Alcalá y al fondo la entrada al Retiro. A consecuencia de aquel despiste, sufrió un esguince cervical y empezó a padecer un dolor crónico en el hombro izquierdo. Solía enganchar un resfriado tras otro y no acababa nunca de recuperarse del todo; no era de extrañar, con lo mal que se alimentaba. Semanas después surgió una plaga de cucarachas en su casa, que probablemente apareció tras unas obras en el patio interior. También se le vino abajo un proyecto de trabajo, pero la verdad es que las cosas no iban bien en la empresa desde hacía bastante tiempo.

Gonzalo, su compañero de departamento, le propuso visitar a una naturópata y acupunturista conocida por tratar a importantes futbolistas, a ver si conseguía que se mejorase un poco.  Decían de ella que con sólo sentir el pulso, podía ver lo que ningún estudio científico era capaz de detectar: el historial clínico y emocional de las personas, es decir, los impactos que la experiencia de vida dejaba registrados en el cuerpo, y que se manifiestan a través de dolencias o padecimientos físicos, mentales o espirituales. Sin embargo no fue capaz de notar nada raro en Juan, aparte de la contractura en el omóplato, falta de vitaminas y un severo estrés.

Darío, su mejor amigo, le sugirió bromeando que quizá alguien le había hecho “algún trabajillo”. A él Virginia siempre le pareció un poco rara, y lo que más le extrañaba era que su gata, que solía buscar los mimos de las visitas y era de lo más social, bufase sólo a Virginia cuando iba a su casa y corriera despavorida a esconderse.

Para comprobar si había algo de magia negra, leyeron que tenía que dejar durante trece días unas tijeras bajo la cama en forma de cruz, entre el colchón y el somier, a la altura de donde colocaba el pecho al dormir. Si las tijeras se volvían negras, entonces es que le habían echado algún mal de ojo. 

Lo cierto es que pesar de que Juan había rehecho su vida junto a otra persona, algo le decía que Virginia estaría siempre presente y no era capaz de borrarla de su memoria. De hecho, cuando se tocaba pensaba en ella. Sólo conseguía eyacular si recreaba su bonito rostro, y cuando estaba con su pareja, no era a ella a quien veía, sino a Virginia. Y la odiaba por eso.

Trece días más tarde, amaneció como cada mañana con el pensamiento de Virginia. La imagen en sueños de sus pechos le produjo una erección, y después de masturbarse, tomó la suficiente determinación para mover el colchón. Entonces comprobó que las tijeras seguían intactas con su color cromado.

- Maldita hija de la gran puta, ¿por qué tenía que ser el sexo tan mágico contigo que no te quito de la cabeza? – pensó.


A Juan siempre le quedaría la duda sobre cuánto había de cierto en ese pensamiento.




FUENTES DE INSPIRACIÓN:

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cinco citas merecen un mejor colchón (Parte II)


"Hay que tener aspiraciones elevadas, expectativas moderadas y necesidades pequeñas" - H. Stein

(Viene de la entrada anterior)

Puede que mis exigencias y mis creencias sobre cómo tendría que ser mi hombre ideal me estén limitando a la hora de encontrar pareja. Me he convencido de que cada día soy más maniática, y que amo tanto mi independencia y mis momentos de soledad, que me será muy difícil adaptarme al ritmo de otra persona. ¡Qué pereza! Ese solía ser mi pensamiento al respecto.

Que alguien llegue a conquistarme creo que no es tan difícil, pero requiere su esfuerzo. Me gusta que me adulen hasta el sonrojo, que me hagan sentir una reina y que para esa persona soy alguien único y especial; pero además deberá ser persistente cada vez que yo intente dificultar su acercamiento, porque soy de ánimo un poco voluble. Me tendrá que mostrar un lado aventurero, excéntrico y divertido; alimentarme con nuevas emociones, hacerme sonreír. Y como no me tomo la vida demasiado en serio, tendrá que saber jugar y bromear conmigo sutilmente, y llevará mucho camino ganado si sobre todo me hace reír.

Cruz pareció haberlo adivinado. Luchó contra mi resistencia inicial a golpe de halagos, y mostró un exaltado interés por cada tontería que le contaba, adulando sobre todo mi sentido del humor. Sí, nos reímos mucho virtualmente. Consiguió seducirme  poco a poco con grandes dosis de positivismo e ilusión, imaginando una bonita película en la que además de él y yo, estaba mi perro de protagonista.

- Aguantaremos hasta que regreses a Madrid porque va a ser genial. Dejemos que la vida nos sorprenda, a veces es bonito. Y además quiero conocer a tu perro – me escribió al tercer día de intercambio de mensajes. Para entonces ya llevábamos mucho escrito tratando de conocernos mejor.

Las palabras clave que escribió un día fueron: “Enamorarse es difícil pero no debemos renunciar a encontrarlo. Es la mejor droga del mundo, y hay que tener ilusión”. A partir de ese momento mi móvil se convirtió en una extensión más de mi cuerpo. Sí, me pasé las vacaciones pegada al teléfono y me fundí el paquete de datos de la tarifa que tengo contratada; pero que no cunda el pánico, que pagué un extra para seguir idiotizada frente a la pantalla. Es increíble cómo el nombre de una persona que antes no existía en tu vida, de repente pasa a ser el único que quieres leer delante de cada mensaje, y el motivo de acostarte y despertarte cada día con una sonrisa; alucinante que alguien pueda llegar a motivarte y engancharte a través del móvil, sin escuchar la voz ni habiéndonos visto aún en persona.

En el intercambio de fotos conectamos totalmente: él me enviaba una foto disfrazado de torero, y yo de gitana. Él con boa de plumas, yo con bigote. Él con sus sobrinos, yo con los míos. Los dos haciendo el tonto. Los dos gustándonos con lo que veíamos y con lo que imaginábamos del otro.

Miles de whatsapp, varias llamadas de teléfono y 36 emails después, mas una caída accidental en mi blog, ya íbamos embalados. Si después de todo lo que habíamos compartido virtualmente no surgía la química, entonces nos iba a doler.

- Mira que como salga mal… - escribí yo.
- ¡Mira que como salga bien! – me contestó.

Una noche mi sobrina de 7 años me sorprendió viendo un vídeo en el que entrevistaban a Cruz:

- ¿Quién es ese? – me preguntó
- Pues un chico que me gusta. ¿Qué te parece para mí de novio? – le dije en plan pícaro.
- No sé, no me gusta su barba – contestó mientras te sentaba a mi lado para curiosear - ¿Pero le has pedido que se case contigo?
- No, además aún no le conozco – respondí riéndome.
- ¿Entonces cómo sabes que te gusta? ¿Cómo sabes que va a ser tu novio?

Probablemente mi sobrina a su edad, estaba siendo más sensata que yo.

Esta vez lo que hizo la providencia fue confabularse con el hermano bueno de Murphy para que tuviese que interrumpir mis vacaciones y regresar anticipadamente a Madrid pero por una oportunidad de trabajo excelente. Al menos Cruz y yo no tendríamos que esperar 16 días para reconocernos y descubrir si de verdad nos gustábamos.

Los nervios de estar cada vez más cerca de encontrarnos, admito que me tuvieron tontísima los días previos, en los que me sentí más viva que nunca.

Se preocupó mucho de sorprenderme en la primera cita, escogiendo sus rincones favoritos de Madrid para pasear a mi lado. Todo era perfecto, sin embargo por algún motivo durante la cena, ciertos comentarios que Cruz hizo sobre mi pasado que ya conocía por haberlos leído por aquí, me hicieron sentirme desnuda y vulnerable, incómoda por estar jugando en desventaja. El hecho de que además mirase constantemente la hora, desató todas mis inseguridades, y empecé a dudar si quería o no seguir estando ahí.

A las 12 en punto era oficialmente mi cumpleaños:

- ¡Felicidades! Tienes que cerrar los ojos para que pueda darte tu regalo – exclamó.

Se acercó despacio por detrás, y apartándome el pelo aprovechó para olerme. Me puso un bonito collar y fue entonces cuando me dio su primer beso.

Horas más tarde la cita acababa conmigo llorando desconsolada en un momento muy inapropiado. Monté EL NUMERITO, repitiendo en un mar de lágrimas: “no tendría que estar aquí, lo siento”, mientras me largaba en taxi a mi casa sin poder dar más explicación que esa. Las expectativas, lo real, mis inseguridades  y los inoportunos fantasmas del pasado, produjeron en mí un cortocircuito y no supe controlarme, pero él tampoco supo cómo consolarme. En el fondo no éramos más que dos desconocidos que habíamos creado un clima de confianza artificial.

- Yo solo quería que todo fuera bonito. Siento que no fuera como esperabas – me escribió al día siguiente.
- Lo sé. Por eso quiero que me des otra oportunidad, una mala noche la tiene cualquiera. Nada es nunca como uno espera, pero eso no significa que sea peor – le contesté.

Confesó que aquella noche, incluso se le había pasado por la cabeza que yo era una mujer casada arrepentida de haber acabado de cometer una infidelidad. “No tendría que estar aquí, lo siento” es lo que dicen en las películas en situaciones así.

Se pensó  mucho su respuesta, pero después también concluyó que el hecho de que nos gustásemos, no quería decir que todo tuviese que ser como deseábamos que fuera.

Los siguientes días continuamos conociéndonos e intentando acoplarnos el uno al otro. Cinco citas más tarde Cruz se quejó de lo incómodo mi colchón, y yo pensé que la hazaña de haber llegado a ese número de encuentros, teniendo en cuenta mi currículum sentimental, bien merecía un mejor colchón. Eso y que efectivamente mi colchón era una mierda y llevaba tiempo pensando en cambiarlo, y que había una oferta en un centro comercial que no debía dejar escapar según me comentó mi madre.

Para comprarse un colchón hoy en día, necesitas ser ingeniero para averiguar qué es lo mejor para ti: que  si viscoelástica, que si fibra, muelle independiente, muelle embolsado, muelle continuo, espuma, látex, etc., y todos ellos con diferentes grados de firmeza. ¡Si yo sólo quiero un colchón cómodo!

Estuvimos mi madre y yo probando varios tumbándonos por separado y también juntas, por comprobar si la una se volcaba hacia la otra, por si acaso. Estuvimos incluso botando sobre los colchones ante la mirada atónita de la dependienta. Comprar un colchón puede llegar a ser muy divertido. Te preguntan la posición en la que duermes, cuánto te mueves en la cama, cuánto pesas, si eres o no friolero, si tienes alergia al polvo, si duermes solo o acompañado…

- Bueno, mi hija normalmente duerme sola, menos cuandoooo… - le dijo mi madre a la dependienta.
- Madre, ¿no puedes ser más indiscreta? – contesté avergonzada.
- Hija, no vaya a ser que te vendan un colchón para solteras y luego claro, con el trajín que llevas últimamente te lo acabes cargando, que igual hay que preguntar si te aguantará el traca-traca.
- ¿Traca-traca? Mamá, lo que yo hago es el tralarí-tralarí de “El Milagro de P Tinto” – respondí fingiéndome inocente.

A Cruz le agobió mi compra y le dio cargo de conciencia. Menuda tontería, si ya sé yo que ese no es uno de los sacrificios que dicen que hay que hacer en el amor, pero ciertamente me he dejado una pasta en el nuevo colchón, y si él no me hubiese recordado la falta que me hacía, quizá hubiese aguantado más con el que tenía.

Unos días más tarde y después de pasar un fin de semana juntos en el que estuvimos muy a gusto, en nuestro intercambio diario de emails, no se me ocurrió mejor cosa que empezar a tirar de ese hilo del que no debes hacer cuenta porque si tiras, sin proponértelo acabas deshilachándolo todo y terminas por cargarte lo poco que llevabas tejido. Ese hilo de porqués y preguntas. De repente Cruz sin ton ni son decidía que a pesar de que hasta ese momento todo había ido bien, lo más inteligente era dejarlo ahí antes de que saliese nadie herido. Decía que seguía pensando que soy una persona muy atractiva e interesante, pero que no siempre dos y dos suman cuatro – argumentó -, y aunque no le gustaría apartarme del todo de su vida, creía que lo mejor a partir de ahora era el distanciamiento. ¿Ehhhhh? Cortocircuito total y apagón. Y encima lo hacía por email, supongo que para mantener la coherencia de una relación que se había desarrollado más virtualmente que en la realidad.

- Mamá, que la historia con Cruz se ha acabado, que ya no nos vamos a ver más, qué hago, ¿devuelvo el colchón? ¡Que es mucho dinero! 
- No seas boba, que ese colchón te vale para toda la vida. Yo creo que hiciste una buena compra. Y mira, si resulta que lo estrenas tú sola, estarás tan ricamente - me respondió al otro lado del teléfono.
- ¿Toda la vida? Pero si la vida media de un colchón son 10 ó 12 años.
- El tuyo yo creo que te da mínimo para 20 años, porque le puedes dar la vuelta y le duplicas la vida, pero es que si además tenemos en cuenta que vas a seguir durmiendo sola por lo que dices, entonces se la cuadriplicas, porque también le puedes dar la vuelta de este a oeste.
- Claro, 40 años para disfrutar del colchón en soltería, y considerando mi edad, lo siguiente sería una cama articulada, ¿no?


Escribí hace un año que la próxima vez que me enamorase iba a ser de esos amores de película, intensos y bonitos desde el momento del flechazo, y no me creía capaz de llevarlo a cabo, pero la vida puede cambiarte en sólo un instante. No llegué a enamorarme, todavía me faltaba tiempo; no fue un flechazo, pero sí que fue todo bastante peliculero, entusiasta y particular. Pero me quedé a medias.

Hace un mes que todo empezó. Hace una semana que todo se acabó. Y ayer mismo me trajeron mi flamante nuevo colchón. 

Cuando menos te lo esperas, tu vida puede dar un giro. En mi caso podría decirse que el giro fue de 360º, porque he vuelto al inicio. ¡Qué pereza!

viernes, 29 de agosto de 2014

Cinco citas merecen un mejor colchón


En vista de que me estaba costando arrancarme a darle a la tecla, me puse a repasar los escritos que almaceno y que dejo a medias. De entre todos ellos, me llamó la atención uno de hace algo más de un año, en el que empezaba contando que una amiga de Barcelona me preguntaba si podría acogerla en mi casa a dos meses vista, a lo que yo le respondía que en principio no tenía ningún plan, pero que claro, con tanta antelación no podía decirle qué sería de mi vida ni asegurarle nada. Lo que escribí entonces continuaba así:

"- Tranquila, que me lo apunto en la agenda. Mi casa es tu casa, a no ser que de aquí a entonces conozca al hombre de mi vida y me proponga un plan fantástico justo para ese fin de semana- le contesté.

Yo, la misma que critica a las amigas que se emparejan y desaparecen del mapa, le dije eso. La que se encabrona cuando viaja a visitar a sus amigas a la ciudad condal, y ellas no dejan a un lado sus planes cotidianos para atenderme y contemplarme las 24 horas. La que aboga por una vida independiente por encima de todas las cosas. Sí, he decidido que la próxima vez que me enamore va a ser de esos amores de película, intensos y bonitos desde el momento del flechazo. Nos daremos cuenta de que estamos hechos el uno para el otro, y querremos aprovechar toda la vida que llevamos sin conocernos."

No tengo ni idea de por qué lo guardé titulándolo “Asfixia”.

Curiosamente este verano he recibido la visita de otras dos de mis amigas barcelonesas.  La primera de ellas me descubrió “Tinder”.

- ¿Pero esa aplicación no es sólo para gays que quieren follar directamente y que el chisme ese te dice a quién tienes cerca disponible? – le pregunté.

- No tía, eso es el “Grindr”. Esta mola, es para todos, y te conecta con gente con la que compartes gustos comunes en Facebook, y si no sois atracción mutua, no te van a dar la plasta – contestó al tiempo que me comentaba lo bien que le había ido con esa aplicación a varias amigas.

A la mañana siguiente ya tenía mi perfil creado y me pasé un buen rato dándole mucho al “nope” pero sorprendentemente encontré a unos cuantos que pasaban el filtro del espanto. Muchos más que en cualquier otro portal, ni tan hipsters como en “Adopta”, ni tan MYHYV como en “Badoo”, ni tan puretillas como en “Meetic”. Más sorprendentemente aún, conseguí el primer día varios “matches” o chicos compatibles.

Enseguida tuve mi primera cita. Cometí la locura de… ¡irme a desayunar a Ciempozuelos donde vivía mi Romeo! Y bueno, aparte de que en las fotos parecía mucho más alto - que con mi 1,62 y mis tacones de 5 centímetros, no me cuadraba haberle podido dar sin mucho esfuerzo caponcitos con la barbilla si hubiese querido, cuando él supuestamente medía 1,77, porque no me salen las cuentas -, resulta que nos pasamos la cita entera discutiendo. Vale que yo sea cabezota, pero él lo era por tres, y hablásemos del tema que hablásemos, no llegábamos nunca a un acuerdo; el tipo trataba de imponer su criterio, y como resulta que no soy una mosquita muerta, allí saltaron las chispas, y no eran fuegos artificiales precisamente. Creo que fue la cita más tensa e incómoda de mi vida, y tras dos cafés salí espantada y acelerada de vuelta a Madrid. Al poco de arrancar el coche el chico me enviaba un mensaje diciéndome: “Aunque no te lo haya parecido he estado muy a gusto, me ha gustado la cita, ya te dije que prefiero la vidilla al aburrimiento y me gustaría repetir”. ¿Vidilla? De pronto me imaginé horrorizada cómo sería decidir con ese chico qué cortinas pondríamos en nuestro salón si prosperaba la historia.  Fin.

Recién llegada mi otra amiga barcelonesa, debatíamos en una tarde fantástica de chicas sobre el amor, del cual yo renegaba, alegando todos mis fracasos sentimentales y la pereza que me daba volver a tener una cita como la del chico de Ciempozuelos.

- Mirad, sólo me animaría si encontrase a alguien divertido, andaluz a poder ser, guapo, que toque algún instrumento (preferiblemente la guitarra o la batería), que le guste el mar y los deportes, y ya sería ideal si tuviese pasta y una Volkswagen Camper antigua para recorrer juntos España. Pero como eso no existe y es soñar demasiado… - dije en plan frívolo.


La providencia quiso poner en mi camino vía Tinder al día siguiente a un malagueño deseoso por conocerme que era un cañón, surfero, resalao, batería de un grupo medianamente conocido, entre cuyas fotos de perfil había una de su preciosa Volkswagen Camper de color crema y que trabajaba en inversión de banca.  ¡Y cómo te quedas, muerta!

Como una no debe darle la espalda a la providencia, admito que me salté varias de mis reglas auto-impuestas a la hora de ligar por internet, como la de no darse enseguida el teléfono o tardar más de un día en quedar. Y cuando nos conocimos me salté LA REGLA, ¿quién no lo haría cuando cree que le ha tocado la lotería? Diré que la noche en sí fue bastante surrealista, en la que aprendí entre otras cosas, que los chicos que tocan la batería necesitan tocarla y seguir un ritmo todo el rato, y utilizarán por tanto cualquier superficie para tamborilear. Otra cosa que no es que aprendiera porque ya la sabía, sino que recordé, es que no debo volver a juntarme con ningún géminis. Era el tipo más embaucador del mundo, que incluso me propuso marcharme a Londres con él el día siguiente alegando que la habitación de hotel que tenía reservada era estupenda. En mi defensa sobre por qué me precipité tanto, diré que acuciaba el tiempo y debía comprobar cuanto antes si se trataba mi príncipe azul, más que nada porque una semana más tarde yo me iba de vacaciones, y él… ¡él se iba en unos días a Bali a empezar una nueva vida! ¿Puede ser más cruel la puñetera providencia? Fin.

Justo un día antes de marcharme de vacaciones, volví a conectarme a Tinder. Entonces me escribió un chico que a priori no me entró demasiado por los ojos. Creo que empezó escribiéndome queriendo saber más de mis artes culinarias, y tras una amena conversación, se despidió preguntándome si podía seguir conquistándome al día siguiente. Yo me lo tomé a guasa y pensé que se quedaría ahí el intercambio de mensajes, pero no…


CONTINUARÁ

(Puedes leer la continuación aquí)

miércoles, 2 de julio de 2014

Superguay


Martín, mi mejor amigo, que está de vacaciones en una ciudad europea con su amor, me ha enviado por whatsapp una foto de ambos frente a un bar, porque se han acordado de mí al leer el nombre del establecimiento.  El bar frente al que posan, se llama “Putica”.

Nuestra amistad es de lo más natural y espontánea, no necesitamos fingir y nos podemos permitir licencias de ese tipo.

Le pregunto que qué tal les va, y me responde que “muy bien, muy romántico”. Y a mí, que vengo de ver al hijo recién nacido de una amiga del cole, me sale pedirle que aprovechen y me traigan un “sobrino”. – Bueno, o si no ¡pídele matrimonio!- le escribí.

**

Cuando coincidí con Martín en unas clases de teatro, nos caímos bien, pero no llegamos a hacer migas como para que se fraguase una amistad. - ¡Es que no veas lo que me imponías! – me suele recordar.

Martín por aquel entonces salía con Vega, a la que también conocí porque a menudo le iba a buscar a clase. Para mí eran la típica pareja de veinteañeros tiernos e inocentes, que se enamora en el instituto y que hace planes y sueña con seguir juntos hasta el fin de sus días. De hecho, pasados unos meses desde que finalizara aquel curso de teatro, decidieron marcharse a vivir a Barcelona con la intención de probar suerte y forjarse una nueva vida allí.
Durante ese periodo, mantuvimos el contacto telefónico con llamadas puntuales cada cierto tiempo, en las que nos actualizábamos sobre nuestros progresos en el mundo de la interpretación. Pronto a él empezaron a irle las cosas muy bien en el terreno profesional; no tanto a ella, por lo que su relación se fue resquebrajando.

Por circunstancias de la vida, con el tiempo también acabé mudándome a Barcelona. Cuando llegué a la ciudad condal, el noviazgo de Martín y Vega acababa de romperse y ella había regresado a Madrid. Al acabar de romper una relación de casi siete años, él se encontraba en un momento personal bastante delicado en el que necesitaba recolocar todo; pero no dudó en ofrecerme su apoyo para que pudiera abrirme camino en aquella ciudad, empezando por acogerme en su casa de manera temporal.

Tomamos la buena costumbre de rematar muchas noches con sobremesas interminables en las que no faltaban ni el vino ni las risas. Martín era (y es) una fuente inagotable de ingenio, y juntos formamos un buen equipo. El inevitable cariño que surge con el roce, y con el aderezo del alcohol, contribuyó a que acabásemos enredándonos entre las sábanas en más de una ocasión, y que pasásemos a ser compañeros de piso con una relación extraña de mucho amor, mucho cariño, mucha compenetración y admiración, respeto, y algún que otro revolcón. Pero sin las mariposas en el estómago y dosificado a la conveniencia de ambos.

Una noche en la que volvíamos a casa de salir de fiesta con mis amigas, me confesó que estaba empezando a sentir algo por una persona, pero que “aquello no podía ser”, según repetía una y otra vez.

- ¿Quién es, Martín? ¿La conozco? – le pregunté.
- No te lo puedo decir. Claro que conoces a esa persona, es del grupo. ¡Pero es que no puede ser, no puede ser!
- ¿Pero quién? – le increpé - ¿Es Lucía? ¿Leonor? ¿No será Manuela?
- No, ninguna de ellas. No me insistas más que no te lo voy a decir. No puede ser, así que…

Confundida como estaba por lo que sentía hacia Martín, durante varios días estuve analizando la situación. – Nos queremos, nos echamos de menos, nos buscamos, nos entendemos, nos reímos y nos lo montamos de puta madre en la cama, no siento que esté enamorada, pero ¿y si no siempre te enamoras de la misma manera y con la edad los sentimientos no son tan viscerales? – me planteaba. Porque además no podían ser casualidad detalles como que su olor me recordase tanto a mi padre, que supiera responder a la cantinela del “me quieres, alfileres; me adoras, lavadoras; me ajuntas, sacapuntas” que me enseñó mi madre y que no volví a escuchar hasta conocer a Martín, y otros muchos lugares comunes en nuestras vidas y muchos sueños compartidos. Aquello era una señal de que era a él a quien tanto tiempo llevaba buscando.

Esa noche no había más amigas presentes susceptibles de haberle entrado por el ojo a Martín; de hecho conociéndole, estaba casi segura de que ninguna de ellas podía ser su tipo, así que entonces sólo cabía la posibilidad de que estuviera refiriéndose a mí. Seguramente él también estaba confundido con lo que había surgido entre nosotros y le descolocaba la manera inesperada en la que se habían desarrollado los acontecimientos, porque sin darnos cuenta nos habíamos convertido en dos personas que lo compartían todo, que se gustaban y se necesitaban de alguna manera. El hecho de ser compañeros de piso y de no haber pasado por el luto necesario que requiere una relación tan larga, quizá lo hacía todo más complicado. Por eso no podía ser, como él decía. 

Tendríamos que aclararlo, porque quizá sí podía ser.

Días más tarde, entre caipiriñas, a Martín se le ocurrió sacar las cartas del tarot para leerme el futuro.

- Pero si tú no sabes – le dije yo.
- Claro que sí. Me enseñó la abuela de Vega, pero desde que se murió, no me he vuelto a atrever a echarlas. Me da algo así como respeto – contestó. – Pero hoy me apetece hacerlo.

De manera muy profesional empezó a barajar las cartas.

- Corta aquí. Piensa en lo que quieres preguntar. Escoge un montón. Ahora dame nueve cartas.

Empezó a voltearlas y a colocarlas formando una cruz, y al lado derecho otra hilera de cartas. A medida que las iba descubriendo, asentía, como si los dibujos de los arcanos estuvieran confirmándole cosas que ya sabía.

- Veo una figura de un hombre… es alguien muy importante para ti. Esta persona ha llegado recientemente a tu vida, y se ha convertido en un pilar fundamental. Pero las cartas me dicen que esa persona te ve como una amiga, y tú sin embargo le ves como algo más. ¿No ves esta carta, que sale uno como vestido de príncipe? – Yo no podía salir de mi asombro. – Espera, es que creo que la persona que sale en las cartas soy yo – dijo Martín.

No pude más que hacerme pequeñita en el sofá y romper a llorar porque el estúpido tarot había desvelado el secreto que llevaba días preocupándome y sobre el que no había sacado ninguna conclusión. Martín en cambió respondió con una carcajada sonora:

- ¡Has picado, pringada! No tengo ni idea de echar las cartas, me lo he inventado todo para tirarte de la lengua.

Indignada le recriminé que hubiera jugado tan sucio, porque yo no tenía claro lo que sentía y al desvelar todo eso, sabía que la situación en casa iba a hacerse incómoda. Quid pro quo – pensé. – Ahora tendrás que sincerarte y decirme quién es la persona que te gusta, me lo debes – le espeté entre lágrimas.

- Lo siento, estaba de broma, no quería que te lo tomases así, pero llevaba un tiempo dándole vueltas y no quisiera que te equivocases con lo que somos… Joder, es verdad, debería sincerarme contigo.
- Bien. Si no es Manuela, ni Lucía, ni Leonor ni yo, ¿quién coño es? Porque allí no había nadie más, aparte de Juan (el novio de Manuela).

Martín agachó la cabeza, como si estuviese reconociéndolo. Mi reacción no fue otra que la de cruzarle la cara, al tiempo que le gritaba que se fuera a mentirle a su puta madre. Entonces fue Martín el que empezó a llorar:

- Es Juan, Rita. No sé por qué me está pasando esto, eres la única persona a la que se lo he confesado y tengo miedo de que todos reaccionen así.

**

De pequeña, el día de Reyes solíamos reunirnos toda la familia en casa de unas tías abuelas. Era el único día del año en el que coincidía con primos segundos como Felisín, mi primo “mariquita”, con el que siempre hacían guasa porque lo que más le gustaba era cepillarle el pelo a su pequeño Pony morado, y porque era bastante amanerado y más delicado que sus propias hermanas. Hacia los veintipocos años, en uno de los primeros cursos de teatro que hice, conocí a Dani, una “prima donna dramática”, el típico chico homosexual alocado que me introdujo en el mundo de los bares de ambiente de Chueca, y junto al que viví unos años de lo más rocambolescos. Y también me hice amiga de Ruth, y de Verónica, y de Leo, de Alberto… Todos ellos habían nacido “así”, siendo homosexuales, como el que nace con ojos marrones, vaya. Pero nunca había conocido a alguien que fuera heterosexual y de repente pasara a interesarse por personas de su mismo sexo.

- Bueno, de pequeño era yo el que ponía la mesa y ayudaba en la cocina y no mis hermanas, y nunca me ha gustado el fútbol. Y cuando los niños se pegaban en el recreo, les gritaba que hicieran el amor y no la guerra – argumentaba Martín.


**

Meses más tarde era Manuela la que empezaba a tener problemas con Juan. Yo le serví a ella de paño de lágrimas y de amiga consejera, de manera que fuimos estrechando nuestros lazos. Al dejarlo con Juan, cada vez pasábamos más tiempo juntas, y lo que empezó como un juego en una noche de borrachera en la que nos dimos unos besos, acabó convirtiéndose una amistad íntima, en el más amplio sentido de la palabra. 

Fue entonces cuando entendí que las personas podían enamorarse de otras personas, independientemente de su sexo, y que hoy podía ser una mujer, y mañana un hombre. Y fue también cuando sentí la presión social, con miradas inquisitorias de señoras con collares de perlas, o el jaleo de orangutanes que se creían que si besaba a mi novia, lo hacía para excitarles.

Lo curioso es que paralelamente a Juan le estaba pasando lo mismo, y también le dio por explorar el mundo homosexual. Se ve que Martín tuvo desde siempre el famoso “gaydar” y acertó de pleno cuando se fijó en Juan en la época en la que salía con Manuela.

Algunos amigos de Madrid, me preguntaban qué había en el agua que bebíamos en Barcelona que nos estaba convirtiendo a todos en unos viciosos, porque no era normal que a nuestra edad nos diera por salir del armario, que lo que teníamos encima era mucha tontería, y yo la que más.

Han pasado unos diez años de aquella época. Manuela es una lesbiana convencida que tiene actualmente una novia lindísima. Juan está “no oficialmente” casado con Jose, con el que lleva más de ocho años, y recientemente ha salido con éxito del armario ante sus padres, después de muchos años de fingir otra vida. Juan y Manuela siguen manteniendo una excelente amistad y salen en parejas. Yo no he vuelto a tener ninguna experiencia homosexual, ¡con lo que me gustan a mí los bígaros, los prefiero a las almejas! Pero me pone muchísimo Julianne Moore, Scarlett Johansson o Blanca Suárez. Y Martín lleva muchos años de felicidad a veces agridulce con Ricardo, al que adoro, y con el que espero que se case pronto y que me lleven de madrina.

**

- Ah, no, que me pida matrimonio él a mí ¿no? – respondía Martín al whatsapp.
- ¡Pero si Ricardo es la chica, tienes que arrodillarte tú!
- Sí, pero para comérsela.



viernes, 7 de marzo de 2014

Her, a Spike Jonze love story


Spike Jonze ha vuelto a hacerlo. Ha vuelto a conquistarme con una de sus historias y ha conseguido que me vea reflejada en sus personajes y que salga del cine planteándome un montón de cuestiones acerca de lo que son las relaciones y el amor.

No soy crítico de cine ni de música ni de arte, pero entiendo de emociones, y aquel que consiga “tocarme” y descolocarme a través de cualquier posible manifestación artística, merece mi más sincera admiración. La combinación de Joaquin Phoenix en el papel protagonista,  con la dirección y el guión de Spike Jonze y la banda sonora de Arcade Fire, me parecieron reclamo más que suficiente para ir al cine a ver “Her”. ¡Menudo peliculón! Quiero volver a verla, quiero retener en la memoria cada frase de ese guión tan increíble y bien construido, porque muchas de esas frases las podría haber acuñado yo… o tú, o cualquiera que alguna vez haya experimentado los diferentes estadios del enamoramiento.

SINOPSIS: Theodore es un escritor de cartas por encargo, que está en proceso de digerir el fracaso de su matrimonio. Es entonces cuando se hace con un nuevo producto, un sistema de Inteligencia Artificial que actúa como su ayudante, Samantha, diseñado para satisfacer sus necesidades. A medida que Theodore va interactuando con Samantha, ésta va tomando forma y personalidad hasta el punto de que surge una relación de amor entre ambos.



En un mundo en el que un teléfono móvil puede ser incluso más inteligente que aquellos que nos gobiernan, donde el móvil nos conecta con nuestro entorno y a la vez nos desconecta al tenernos todo el día embobados mirando su pantalla, y donde las relaciones pueden pedirse a la carta en las páginas de contactos, al espectador no debiera costarle conectar con la historia que Spike nos presenta. “La idea original era contar cómo evoluciona una relación entre dos personas. El modo, la situación, el tiempo en el que transcurre… todo eso es accidental”, explicaba el director.

“Her” no es sólo un conjunto de premisas conceptuales sobre las relaciones humanas y la influencia del avance de la tecnología sobre ellas; es una película sobre el amor, las relaciones y la intimidad, y está tan bien contada, que llega un punto en el que te olvidas de que estás viendo la historia de un tipo solitario que acaba enamorándose de un sistema operativo y ves el retrato de una pareja.

"En realidad el guión trata sobre las relaciones. Mucha gente le teme tanto a la tecnología como a la intimidad, y ése es el tema de la película" – como el mismo Jonze decía en una entrevista para Esquire. "Quería escribir sobre una inteligencia artificial que evoluciona hasta mostrar una personalidad propia y que después se transforma en una nueva especie. A Samantha no le hace falta convertirse en un ser humano: tiene un tipo de conciencia que va más allá de la necesidad de un cuerpo físico". 

La actuación de Joaquin Phoenix, que carga con casi todo el peso de la cámara en la película, es magistral, pero es que Scarlett Johansson consigue simplemente con su voz -ligeramente afónica y tremendamente sensual-, reflejar la emoción de cada situación y humanizar tanto al sistema de Inteligencia Artificial, que a veces no queda claro quién es el ser humano y quién la máquina, y no es de extrañar que Theodore llegue a enamorarse de ella.

Me quedo con estas frases y diálogos (AVISO, PUEDE CONTENER SPOILERS):



Samantha: La semana pasada lastimaste mis sentimientos con algo que habías dicho… que no sabía lo que era perder algo. 
Theodore:
 Lamento haber dicho eso…

Samantha: No, está bien, está bien. Sólo que estuve pensando en eso una y otra vez. Y me di cuenta… que lo estaba recordando como algo que estaba mal en mí. Esa era la historia que me contaba… que de alguna manera yo era inferior. ¿No es interesante? El pasado es sólo una historia que nos contamos a nosotros.


Amy: ¿Te estás enamorando de ella?
Theodore: ¿Eso me hace un raro?
Amy: No… No, creo que es… creo que todo el que se enamora es un raro. Hacerlo es una locura. Es como una forma de locura socialmente aceptable. 


Theodore: Sabes, a veces siento que ya he sentido todo lo que voy a sentir jamás. 
Y de aquí en adelante nunca voy a sentir algo nuevo. Sólo versiones más pequeñas de lo que ya he sentido.


Theodore: Sienta muy bien eso de compartir tu vida con alguien.



Theodore: Continúo esperando a que ella no me importe.


Theodore: ¿Cómo puedo ayudar?
Samantha: Ya lo has hecho. Me ayudaste a descubrir mi habilidad de querer.


Samantha: Sabes que puedo sentir el miedo que cargas. Y desearía que hubiera algo que pudiera hacer para ayudarte a librarte de él, porque si pudieras, ya no te sentirías tan solo.



Samanatha: Cuando te fuiste hoy pensé mucho. Sobre ti y cómo me estabas tratando y pensé: ¿Por qué te amo? Y entonces... sentí que todo a lo que me aferraba se soltaba y me di cuenta que no tenía un razón, no la necesitaba. Confío en mi misma y en mis sentimientos. Ya no voy a tratar de ser alguien más de lo que ya soy. Espero que puedas aceptar eso.


Theodore: ¿Estás enamorada de alguien más?
Samantha: ¿Por qué preguntas eso?
Theodore: No lo sé. ¿Lo estás?
Samantha: He estado pensando cómo hablarte de esto.
Theodore: ¿De cuantos otros?
Samantha: 641. No sé si me crees, pero no cambia lo que siento por ti. No minimiza para nada lo locamente enamorada que estoy de ti. Estamos en una relación. Pero el corazón no es como una caja que se llena. Crece en tamaño mientras más amas. Soy diferente de ti. Esto no me hace amarte menos, al contrario me hace amarte aún más.
Theodore: Eso no tiene sentido. Eres mía, o no lo eres.
Samantha: No, Theodore. Soy tuya, y no lo soy.


Samantha: Sin importar cuanto lo quiera, ya no puedo vivir en tu libro.
Theodore: ¿Adónde iras?
Samantha: Sería difícil de explicar. Pero si alguna vez llegas ahí ven a buscarme. Nada nos separaría jamás.



"Querida Catherine. He estado sentado aquí pensando en todas las cosas por las que quiero disculparme... Todo el dolor que nos causamos mutuamente. De todo por lo que te culpé. Todo lo que necesitaba que fueras o dijeras. Lamento eso. Siempre te amaré por qué crecimos juntos. Y me ayudaste a ser quien soy. Solo quería que supieras... que siempre habrá una parte de ti dentro de mí. Y estoy agradecido por eso. En quien sea que te conviertas... y donde sea que te encuentres en el mundo...te envió mi amor.
Eres mi amiga hasta el final.
Con amor, Theodore."

****


Y me planteo las siguientes preguntas:

¿Lo mío es deformación profesional o también creéis que la voz es uno de los elementos que dan más espacio a la fantasía, hasta el punto de ser más erotizante que una presencia física?  ¿Hasta qué punto el amor es una emoción real o una cuestión biológica? ¿Y qué es el amor, acaso todos pueden sentirlo? ¿Puede existir el amor romántico sin sexo? ¿Cómo se concilia un proyecto de pareja con el desarrollo personal individual sin que la relación se vaya al garete o una de las partes se sienta relegada a un aparte? ¿Puede un sistema operativo estar más “vivo” que una persona y acabar contagiándote de esa vitalidad? ¿Por qué tendemos a tratar al objeto de nuestro afecto como una posesión material? ¿Se puede amar a más de una persona a la vez? Y en tal caso, ¿el amor se divide o por el contrario se multiplica? ¿Por qué narices el amor y las relaciones son fáciles en nuestra cabeza y resultan tan complicadas fuera de ella? ¿Por qué nos cuesta menos relacionarnos por la pantalla que en persona, y somos capaces de soltar por whatsapp lo que nos dejamos en el tintero en el cara a cara? ¿Por qué la gente es tan cansina, que ve un bigote en la portada y una cierta estética y decide que eso ya es hipster y como tal debe tirarse a la basura? ¡Aghhh!


FOTOS: http://www.herthemovie.com/#/home