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domingo, 14 de diciembre de 2014

Perdón por no olvidar


Según el estudio LoveGeistTM paraMeetic, un 68% de los solteros europeos reconoce investigar en Internet a la otra persona antes de una primera cita. Hasta una hora y dieciséis minutos invertimos de media en buscar información, utilizando para ello al menos dos redes sociales diferentes.

Un nombre y sobre todo una dirección de correo electrónico, son suficientes para acceder a Facebook, Twitter, Instagram, Google+, LinkedIn, Flickr... hasta donde el propietario te permita ver. Y toda su vida (o casi toda), como la tuya está ahí expuesta para saciar nuestra curiosidad; no hace falta ser malintencionado para encontrarla.

Así que cuando dejamos lo digital a un lado y nos decidimos a pasar a la acción en directo, uno no está teniendo una cita a ciegas, sino más bien “a tuertas”. Ahora cuando conoces a alguien en vez de sorprenderte y descubrir poco a poco los pequeños detalles que le conforman, nos saltamos ese largo proceso para entrar de forma exprés en la vida de esa persona a golpe de clic, dejando a un lado el misterio.



Yo misma caí en el error de permitirle a uno de mis candidatos a príncipe azul el acceso a toda esa información, haciéndonos amigos de Facebook, siguiéndonos en Instagram, y hablándole de este blog. Hice lo propio y cotilleé por encima sus tropecientas fotos, tomando nota de los sitios que solía frecuentar, los conciertos a los que había asistido, los lugares a los que había viajado, o fijándome en las caras femeninas repetidas para determinar quién podría ser susceptible de ser su ex. Tener cierta información puede dar la sensación de creer conocer al otro, lo suficiente como para concluir que podría encajar con mi plantilla de hombre ideal, cuando en realidad no sabía quién era esa persona ni si la supuesta ex era en su hermana, por ejemplo. En nuestro primer y único encuentro, se produjo una situación incómoda cuando al comentar algo de mi vida privada para darme a conocer, el otro asintió aportando detalles que ya había leído o visto en fotos. ¡Por Dios, "Romeo", podrías disimular un poco! Supuestamente yo no te he dado toda esa información que pareces haberte estudiado - pensé. Yo también había echado un ojo a “su vida”, sí, pero siendo consciente de lo psicopático del asunto y por lo tanto, lo tremendamente necesario guardármelo para mí con tal de no espantarle. Todo se volvió antinatural, y no hubo manera de sacarlo a flote.

Procuré preservar mi “privacidad” con los siguientes candidatos obviando que escribía en un blog y rechazando invitaciones de amistad por lo menos hasta el primer encuentro, para intentar sorprenderme y emocionarme. Pero mis orígenes de rubia boba hicieron que se me escaparan algunos cabos.  
Solía comunicarme tanto por email como por whatsapp con el precursor de la compra de mi flamante colchón. Una tarde me escribió un mensaje que no acabé de entender diciendo no se qué de que no podía quedar ese día y que aprovecharía para leer mi blog.
- Creo que este mensaje no es para mí – le respondí - ¿Quedar? ¿Leer mi blog? ¡Si yo aún estoy de vacaciones y no vuelvo hasta el sábado! ¿De qué blog me hablas?
- Sí, te dije que hoy había quedado son unos amigos, pero te cuento que lo hemos pospuesto, con lo que hoy tarde de blog. El tuyo – contestó.
- ¿Cómo sabes que tengo un blog y cómo has llegado a él?
- Mujer… está enlazado en Gmail.
- ¡¡Nooooooo!! ¡¡Mierda!!

Evidentemente firmar con un alter ego en el blog no es suficiente medida para conservar mi anonimato si está enlazado con una cuenta de correo que contiene mi nombre y apellido real, pero pasé por alto ese detalle. Gran error.

Me entró la paranoia y me dio por googlear mi nombre y apellido, observando horrorizada todo lo que la red vertía sobre mí, dejando al alcance de todos fotos lamentables de hace años, mi rastro por infinidad de portales de encuentros, o “me gusta” a demasiados guilty pleasures. Dicen que la gente muestra en Internet su mejor cara: pues el señor Google debe tenerme manía, porque en mi caso era todo lo contrario. Incluso uno de los primeros resultados asociados a mi nombre, habla de una ex numeraria del Opus y aparece una señora de sesenta y pico años, sin ser yo nada de eso. La describen como encantadora, eso sí. Tiene gracia que teniendo un nombre y apellido poco común, haya otra yo en la Red que no soy yo. Imagínate que uno de mis candidatos me investiga y se cree que soy ella. Una locura.

Mi nivel de estupidez era tal, que hasta hace poco usaba el mismo nombre de usuario en todas las redes sociales, creyéndome super original por haber inventado un nickname que jamás me supondría un problema escoger. Lo malo es que también lo utilizaba en Tinder, Badoo, Meetic, etc. o en el Apalabrados, y así me pasaba, que me encontraba a menudo coincidiendo en partidas con señores cuyas flechas de Cupido había rechazado previamente en otros lugares, que me atosigaban por el chat del jueguecito: “¿Pero tú no eres “Fulanita”? He visto que buscas pareja en tal portal, qué casualidad. ¿Me das tu teléfono?” era lo típico; o peticiones de amistad de gente a la que no había visto en mi vida. Yo era el denominado “usuario a porta gayola”, es decir, de los que no ocultan sus datos personales y aceptan las condiciones legales de todas las páginas que visita sin leerlas. Está claro que nunca podré formar parte del CNI como el pequeño Nicolás.

Con esas, cambié mi nombre de usuario en las distintas redes, pero se me pasó modificar la dirección de correo electrónico asociado a éstas, así que seguía en las mismas. Borré manualmente cientos de fotos, vídeos o chorradas varias contenidas en páginas y perfiles del pleistoceno como Myspace o Fotolog, y aunque haya dado de baja esas cuentas, muchas de mis “miserias” siguen estando colgadas en Google para destrozar mi reputación. Cambié también el correo electrónico de las redes sociales en las que sigo participando y sus correspondientes contraseñas, pues mi empeño era intentar borrarlo todo o al menos restringir su acceso. Eliminé además a algunos contactos con los que ciertamente no tengo relación alguna porque no me apetece que sigan al tanto de mi vida. Y tampoco funcionó.

Creía que Facebook estaba cachondeándose de mí y de mi afán por querer olvidarme de ciertas cosas y personas del pasado, porque me he dado cuenta de que últimamente me sugiere como amigos a ligues de una noche, o a personas con las que no pasé de intercambiar más que unos mensajes en algún portal de encuentros. Se ve que si agregas tu número de teléfono en Facebook para poder “mantener la seguridad y autenticidad” de tu cuenta, te asocian con todos los contactos de tu agenda, y aunque hayas borrado alguno, guarda las sincronizaciones previas, así que es normal que al entrar en Facebook te encuentres son esas personas que te saludan con su mejor cara en la foto de perfil, con su nombre y apellido; esos que almacenaste como “Fulanito” de apellido Tinder, Badoo o lo que fuera porque no sabías mucho más. Si te quedó alguna duda de si hiciste bien o mal cuando le diste puerta, Facebook te brinda la oportunidad de pensártelo mejor, con la ventaja de que esta vez sabes su nombre completo, así que puedes buscar información sobre ellos y hacer que la rueda vuelva a girar… si quieres y si te convence lo que averigües. Tiene guasa la cosa, y no soy yo la única a la que le ha pasado. 

He intentado investigar -en Google por supuesto- cómo proteger mi privacidad, y me hablan de conexiones anónimas a través de VPN, DNS y proxies, encriptar no sé qué o un tal Tor, y esas cosas me suenan a papiloma humano y virus malos, a puta en inglés, jeroglíficos y al marido de la Pataky, así que no sé, no entiendo nada. Me doy por vencida en mi batalla contra la tecnología.

La privacidad en Internet no existe, y el único modo de mantenerla sería no usando Internet en absoluto, pero somos una sociedad formada por narcisistas y voyeurs a los que en el fondo nos gusta mostrarnos, ser observados y fisgar a otros. ¿Nunca has deseado que un ex te vea feliz en las fotos de tu nueva vida presumiendo de nuevo chulazo?

Pequé de soberbia, creyendo que no tenía nada que ocultar; de pereza por utilizar el mismo nombre de usuario y contraseña en cada servicio, por no borrar el historial de navegación o no cerrar sesión. Peco de ignorante por no esforzarme en entender los términos de uso de las páginas en las que me registro y que acepto sin conocer; de avariciosa por querer estar conectada a todo. De cotilla. Normal que digan que Internet es el diablo, si todo son tentaciones. Pero entono el mea culpa.


FUENTES:
http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2014-01-03/los-siete-pecados-capitales-que-ponen-en-riesgo-la-privacidad-en-internet_71965/
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/17/actualidad/1363555505_736818.html

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cinco citas merecen un mejor colchón (Parte II)


"Hay que tener aspiraciones elevadas, expectativas moderadas y necesidades pequeñas" - H. Stein

(Viene de la entrada anterior)

Puede que mis exigencias y mis creencias sobre cómo tendría que ser mi hombre ideal me estén limitando a la hora de encontrar pareja. Me he convencido de que cada día soy más maniática, y que amo tanto mi independencia y mis momentos de soledad, que me será muy difícil adaptarme al ritmo de otra persona. ¡Qué pereza! Ese solía ser mi pensamiento al respecto.

Que alguien llegue a conquistarme creo que no es tan difícil, pero requiere su esfuerzo. Me gusta que me adulen hasta el sonrojo, que me hagan sentir una reina y que para esa persona soy alguien único y especial; pero además deberá ser persistente cada vez que yo intente dificultar su acercamiento, porque soy de ánimo un poco voluble. Me tendrá que mostrar un lado aventurero, excéntrico y divertido; alimentarme con nuevas emociones, hacerme sonreír. Y como no me tomo la vida demasiado en serio, tendrá que saber jugar y bromear conmigo sutilmente, y llevará mucho camino ganado si sobre todo me hace reír.

Cruz pareció haberlo adivinado. Luchó contra mi resistencia inicial a golpe de halagos, y mostró un exaltado interés por cada tontería que le contaba, adulando sobre todo mi sentido del humor. Sí, nos reímos mucho virtualmente. Consiguió seducirme  poco a poco con grandes dosis de positivismo e ilusión, imaginando una bonita película en la que además de él y yo, estaba mi perro de protagonista.

- Aguantaremos hasta que regreses a Madrid porque va a ser genial. Dejemos que la vida nos sorprenda, a veces es bonito. Y además quiero conocer a tu perro – me escribió al tercer día de intercambio de mensajes. Para entonces ya llevábamos mucho escrito tratando de conocernos mejor.

Las palabras clave que escribió un día fueron: “Enamorarse es difícil pero no debemos renunciar a encontrarlo. Es la mejor droga del mundo, y hay que tener ilusión”. A partir de ese momento mi móvil se convirtió en una extensión más de mi cuerpo. Sí, me pasé las vacaciones pegada al teléfono y me fundí el paquete de datos de la tarifa que tengo contratada; pero que no cunda el pánico, que pagué un extra para seguir idiotizada frente a la pantalla. Es increíble cómo el nombre de una persona que antes no existía en tu vida, de repente pasa a ser el único que quieres leer delante de cada mensaje, y el motivo de acostarte y despertarte cada día con una sonrisa; alucinante que alguien pueda llegar a motivarte y engancharte a través del móvil, sin escuchar la voz ni habiéndonos visto aún en persona.

En el intercambio de fotos conectamos totalmente: él me enviaba una foto disfrazado de torero, y yo de gitana. Él con boa de plumas, yo con bigote. Él con sus sobrinos, yo con los míos. Los dos haciendo el tonto. Los dos gustándonos con lo que veíamos y con lo que imaginábamos del otro.

Miles de whatsapp, varias llamadas de teléfono y 36 emails después, mas una caída accidental en mi blog, ya íbamos embalados. Si después de todo lo que habíamos compartido virtualmente no surgía la química, entonces nos iba a doler.

- Mira que como salga mal… - escribí yo.
- ¡Mira que como salga bien! – me contestó.

Una noche mi sobrina de 7 años me sorprendió viendo un vídeo en el que entrevistaban a Cruz:

- ¿Quién es ese? – me preguntó
- Pues un chico que me gusta. ¿Qué te parece para mí de novio? – le dije en plan pícaro.
- No sé, no me gusta su barba – contestó mientras te sentaba a mi lado para curiosear - ¿Pero le has pedido que se case contigo?
- No, además aún no le conozco – respondí riéndome.
- ¿Entonces cómo sabes que te gusta? ¿Cómo sabes que va a ser tu novio?

Probablemente mi sobrina a su edad, estaba siendo más sensata que yo.

Esta vez lo que hizo la providencia fue confabularse con el hermano bueno de Murphy para que tuviese que interrumpir mis vacaciones y regresar anticipadamente a Madrid pero por una oportunidad de trabajo excelente. Al menos Cruz y yo no tendríamos que esperar 16 días para reconocernos y descubrir si de verdad nos gustábamos.

Los nervios de estar cada vez más cerca de encontrarnos, admito que me tuvieron tontísima los días previos, en los que me sentí más viva que nunca.

Se preocupó mucho de sorprenderme en la primera cita, escogiendo sus rincones favoritos de Madrid para pasear a mi lado. Todo era perfecto, sin embargo por algún motivo durante la cena, ciertos comentarios que Cruz hizo sobre mi pasado que ya conocía por haberlos leído por aquí, me hicieron sentirme desnuda y vulnerable, incómoda por estar jugando en desventaja. El hecho de que además mirase constantemente la hora, desató todas mis inseguridades, y empecé a dudar si quería o no seguir estando ahí.

A las 12 en punto era oficialmente mi cumpleaños:

- ¡Felicidades! Tienes que cerrar los ojos para que pueda darte tu regalo – exclamó.

Se acercó despacio por detrás, y apartándome el pelo aprovechó para olerme. Me puso un bonito collar y fue entonces cuando me dio su primer beso.

Horas más tarde la cita acababa conmigo llorando desconsolada en un momento muy inapropiado. Monté EL NUMERITO, repitiendo en un mar de lágrimas: “no tendría que estar aquí, lo siento”, mientras me largaba en taxi a mi casa sin poder dar más explicación que esa. Las expectativas, lo real, mis inseguridades  y los inoportunos fantasmas del pasado, produjeron en mí un cortocircuito y no supe controlarme, pero él tampoco supo cómo consolarme. En el fondo no éramos más que dos desconocidos que habíamos creado un clima de confianza artificial.

- Yo solo quería que todo fuera bonito. Siento que no fuera como esperabas – me escribió al día siguiente.
- Lo sé. Por eso quiero que me des otra oportunidad, una mala noche la tiene cualquiera. Nada es nunca como uno espera, pero eso no significa que sea peor – le contesté.

Confesó que aquella noche, incluso se le había pasado por la cabeza que yo era una mujer casada arrepentida de haber acabado de cometer una infidelidad. “No tendría que estar aquí, lo siento” es lo que dicen en las películas en situaciones así.

Se pensó  mucho su respuesta, pero después también concluyó que el hecho de que nos gustásemos, no quería decir que todo tuviese que ser como deseábamos que fuera.

Los siguientes días continuamos conociéndonos e intentando acoplarnos el uno al otro. Cinco citas más tarde Cruz se quejó de lo incómodo mi colchón, y yo pensé que la hazaña de haber llegado a ese número de encuentros, teniendo en cuenta mi currículum sentimental, bien merecía un mejor colchón. Eso y que efectivamente mi colchón era una mierda y llevaba tiempo pensando en cambiarlo, y que había una oferta en un centro comercial que no debía dejar escapar según me comentó mi madre.

Para comprarse un colchón hoy en día, necesitas ser ingeniero para averiguar qué es lo mejor para ti: que  si viscoelástica, que si fibra, muelle independiente, muelle embolsado, muelle continuo, espuma, látex, etc., y todos ellos con diferentes grados de firmeza. ¡Si yo sólo quiero un colchón cómodo!

Estuvimos mi madre y yo probando varios tumbándonos por separado y también juntas, por comprobar si la una se volcaba hacia la otra, por si acaso. Estuvimos incluso botando sobre los colchones ante la mirada atónita de la dependienta. Comprar un colchón puede llegar a ser muy divertido. Te preguntan la posición en la que duermes, cuánto te mueves en la cama, cuánto pesas, si eres o no friolero, si tienes alergia al polvo, si duermes solo o acompañado…

- Bueno, mi hija normalmente duerme sola, menos cuandoooo… - le dijo mi madre a la dependienta.
- Madre, ¿no puedes ser más indiscreta? – contesté avergonzada.
- Hija, no vaya a ser que te vendan un colchón para solteras y luego claro, con el trajín que llevas últimamente te lo acabes cargando, que igual hay que preguntar si te aguantará el traca-traca.
- ¿Traca-traca? Mamá, lo que yo hago es el tralarí-tralarí de “El Milagro de P Tinto” – respondí fingiéndome inocente.

A Cruz le agobió mi compra y le dio cargo de conciencia. Menuda tontería, si ya sé yo que ese no es uno de los sacrificios que dicen que hay que hacer en el amor, pero ciertamente me he dejado una pasta en el nuevo colchón, y si él no me hubiese recordado la falta que me hacía, quizá hubiese aguantado más con el que tenía.

Unos días más tarde y después de pasar un fin de semana juntos en el que estuvimos muy a gusto, en nuestro intercambio diario de emails, no se me ocurrió mejor cosa que empezar a tirar de ese hilo del que no debes hacer cuenta porque si tiras, sin proponértelo acabas deshilachándolo todo y terminas por cargarte lo poco que llevabas tejido. Ese hilo de porqués y preguntas. De repente Cruz sin ton ni son decidía que a pesar de que hasta ese momento todo había ido bien, lo más inteligente era dejarlo ahí antes de que saliese nadie herido. Decía que seguía pensando que soy una persona muy atractiva e interesante, pero que no siempre dos y dos suman cuatro – argumentó -, y aunque no le gustaría apartarme del todo de su vida, creía que lo mejor a partir de ahora era el distanciamiento. ¿Ehhhhh? Cortocircuito total y apagón. Y encima lo hacía por email, supongo que para mantener la coherencia de una relación que se había desarrollado más virtualmente que en la realidad.

- Mamá, que la historia con Cruz se ha acabado, que ya no nos vamos a ver más, qué hago, ¿devuelvo el colchón? ¡Que es mucho dinero! 
- No seas boba, que ese colchón te vale para toda la vida. Yo creo que hiciste una buena compra. Y mira, si resulta que lo estrenas tú sola, estarás tan ricamente - me respondió al otro lado del teléfono.
- ¿Toda la vida? Pero si la vida media de un colchón son 10 ó 12 años.
- El tuyo yo creo que te da mínimo para 20 años, porque le puedes dar la vuelta y le duplicas la vida, pero es que si además tenemos en cuenta que vas a seguir durmiendo sola por lo que dices, entonces se la cuadriplicas, porque también le puedes dar la vuelta de este a oeste.
- Claro, 40 años para disfrutar del colchón en soltería, y considerando mi edad, lo siguiente sería una cama articulada, ¿no?


Escribí hace un año que la próxima vez que me enamorase iba a ser de esos amores de película, intensos y bonitos desde el momento del flechazo, y no me creía capaz de llevarlo a cabo, pero la vida puede cambiarte en sólo un instante. No llegué a enamorarme, todavía me faltaba tiempo; no fue un flechazo, pero sí que fue todo bastante peliculero, entusiasta y particular. Pero me quedé a medias.

Hace un mes que todo empezó. Hace una semana que todo se acabó. Y ayer mismo me trajeron mi flamante nuevo colchón. 

Cuando menos te lo esperas, tu vida puede dar un giro. En mi caso podría decirse que el giro fue de 360º, porque he vuelto al inicio. ¡Qué pereza!

viernes, 29 de agosto de 2014

Cinco citas merecen un mejor colchón


En vista de que me estaba costando arrancarme a darle a la tecla, me puse a repasar los escritos que almaceno y que dejo a medias. De entre todos ellos, me llamó la atención uno de hace algo más de un año, en el que empezaba contando que una amiga de Barcelona me preguntaba si podría acogerla en mi casa a dos meses vista, a lo que yo le respondía que en principio no tenía ningún plan, pero que claro, con tanta antelación no podía decirle qué sería de mi vida ni asegurarle nada. Lo que escribí entonces continuaba así:

"- Tranquila, que me lo apunto en la agenda. Mi casa es tu casa, a no ser que de aquí a entonces conozca al hombre de mi vida y me proponga un plan fantástico justo para ese fin de semana- le contesté.

Yo, la misma que critica a las amigas que se emparejan y desaparecen del mapa, le dije eso. La que se encabrona cuando viaja a visitar a sus amigas a la ciudad condal, y ellas no dejan a un lado sus planes cotidianos para atenderme y contemplarme las 24 horas. La que aboga por una vida independiente por encima de todas las cosas. Sí, he decidido que la próxima vez que me enamore va a ser de esos amores de película, intensos y bonitos desde el momento del flechazo. Nos daremos cuenta de que estamos hechos el uno para el otro, y querremos aprovechar toda la vida que llevamos sin conocernos."

No tengo ni idea de por qué lo guardé titulándolo “Asfixia”.

Curiosamente este verano he recibido la visita de otras dos de mis amigas barcelonesas.  La primera de ellas me descubrió “Tinder”.

- ¿Pero esa aplicación no es sólo para gays que quieren follar directamente y que el chisme ese te dice a quién tienes cerca disponible? – le pregunté.

- No tía, eso es el “Grindr”. Esta mola, es para todos, y te conecta con gente con la que compartes gustos comunes en Facebook, y si no sois atracción mutua, no te van a dar la plasta – contestó al tiempo que me comentaba lo bien que le había ido con esa aplicación a varias amigas.

A la mañana siguiente ya tenía mi perfil creado y me pasé un buen rato dándole mucho al “nope” pero sorprendentemente encontré a unos cuantos que pasaban el filtro del espanto. Muchos más que en cualquier otro portal, ni tan hipsters como en “Adopta”, ni tan MYHYV como en “Badoo”, ni tan puretillas como en “Meetic”. Más sorprendentemente aún, conseguí el primer día varios “matches” o chicos compatibles.

Enseguida tuve mi primera cita. Cometí la locura de… ¡irme a desayunar a Ciempozuelos donde vivía mi Romeo! Y bueno, aparte de que en las fotos parecía mucho más alto - que con mi 1,62 y mis tacones de 5 centímetros, no me cuadraba haberle podido dar sin mucho esfuerzo caponcitos con la barbilla si hubiese querido, cuando él supuestamente medía 1,77, porque no me salen las cuentas -, resulta que nos pasamos la cita entera discutiendo. Vale que yo sea cabezota, pero él lo era por tres, y hablásemos del tema que hablásemos, no llegábamos nunca a un acuerdo; el tipo trataba de imponer su criterio, y como resulta que no soy una mosquita muerta, allí saltaron las chispas, y no eran fuegos artificiales precisamente. Creo que fue la cita más tensa e incómoda de mi vida, y tras dos cafés salí espantada y acelerada de vuelta a Madrid. Al poco de arrancar el coche el chico me enviaba un mensaje diciéndome: “Aunque no te lo haya parecido he estado muy a gusto, me ha gustado la cita, ya te dije que prefiero la vidilla al aburrimiento y me gustaría repetir”. ¿Vidilla? De pronto me imaginé horrorizada cómo sería decidir con ese chico qué cortinas pondríamos en nuestro salón si prosperaba la historia.  Fin.

Recién llegada mi otra amiga barcelonesa, debatíamos en una tarde fantástica de chicas sobre el amor, del cual yo renegaba, alegando todos mis fracasos sentimentales y la pereza que me daba volver a tener una cita como la del chico de Ciempozuelos.

- Mirad, sólo me animaría si encontrase a alguien divertido, andaluz a poder ser, guapo, que toque algún instrumento (preferiblemente la guitarra o la batería), que le guste el mar y los deportes, y ya sería ideal si tuviese pasta y una Volkswagen Camper antigua para recorrer juntos España. Pero como eso no existe y es soñar demasiado… - dije en plan frívolo.


La providencia quiso poner en mi camino vía Tinder al día siguiente a un malagueño deseoso por conocerme que era un cañón, surfero, resalao, batería de un grupo medianamente conocido, entre cuyas fotos de perfil había una de su preciosa Volkswagen Camper de color crema y que trabajaba en inversión de banca.  ¡Y cómo te quedas, muerta!

Como una no debe darle la espalda a la providencia, admito que me salté varias de mis reglas auto-impuestas a la hora de ligar por internet, como la de no darse enseguida el teléfono o tardar más de un día en quedar. Y cuando nos conocimos me salté LA REGLA, ¿quién no lo haría cuando cree que le ha tocado la lotería? Diré que la noche en sí fue bastante surrealista, en la que aprendí entre otras cosas, que los chicos que tocan la batería necesitan tocarla y seguir un ritmo todo el rato, y utilizarán por tanto cualquier superficie para tamborilear. Otra cosa que no es que aprendiera porque ya la sabía, sino que recordé, es que no debo volver a juntarme con ningún géminis. Era el tipo más embaucador del mundo, que incluso me propuso marcharme a Londres con él el día siguiente alegando que la habitación de hotel que tenía reservada era estupenda. En mi defensa sobre por qué me precipité tanto, diré que acuciaba el tiempo y debía comprobar cuanto antes si se trataba mi príncipe azul, más que nada porque una semana más tarde yo me iba de vacaciones, y él… ¡él se iba en unos días a Bali a empezar una nueva vida! ¿Puede ser más cruel la puñetera providencia? Fin.

Justo un día antes de marcharme de vacaciones, volví a conectarme a Tinder. Entonces me escribió un chico que a priori no me entró demasiado por los ojos. Creo que empezó escribiéndome queriendo saber más de mis artes culinarias, y tras una amena conversación, se despidió preguntándome si podía seguir conquistándome al día siguiente. Yo me lo tomé a guasa y pensé que se quedaría ahí el intercambio de mensajes, pero no…


CONTINUARÁ

(Puedes leer la continuación aquí)

miércoles, 26 de febrero de 2014

Croquetas


Ya llevo cosa de un año comentando que estoy experimentando una extraña sensación de bienestar y de optimismo que nunca antes se había dado en mí. Yo, que siempre había sido una ceniza y una agorera que creía que el mundo se había confabulado en mi contra. Y cada vez le doy más vueltas al hecho de que es demasiada casualidad que este estado comenzara más o menos a raíz de asistir a una Constelación Familiar; que igual el mundo ya no me odia porque me he reconciliado con mi hermano abortado, vaya usted a saber…

El caso es que el día de autos aún continué en mi “bola zen”, lo cual me sorprendió bastante. A lo mejor simplemente resulta que soy como una de esas ratitas que de tanto ir y venir en modo recompensa-castigo, ya se ha aprendido el mecanismo y lo que podría venir después. La cuestión es que no sentí la descarga eléctrica, y además es que ya no habrá un después.

Al día siguiente, a pesar de que seguía sin sentir nada que se pareciera al dolor, hice lo que toca hacer ante un proceso de ruptura: perder la fe en el amor, cagarme en todos hombres y llenar el vacío de la mejor manera posible, con pizza y helado. Todas sabemos que lo único que llenamos es el tercer michelín de la barriga, pero actuar así ante el desamor, es un proceso puramente fisiológico y no mental de lo más habitual. Como también es normal acabar experimentando dolor, pero de estómago, algo previsible teniendo en cuenta el festín que me pegué.

Ya por la noche le di un par de ladridos a mi madre y hermana vía whatsapp, y activé el “alerta ámbar” al ver que empezaba a asomárseme el rabo. Esto ya me parecía más normal y más yo. Empecé a pensar que igual los poderes curativos de las constelaciones caducan al año o así y por eso a lo mejor necesito renovar la licencia de estar en calma volviendo a ver un teatrillo de esos.

El sábado por la tarde fui a un concierto al que asistió la plana mayor de la que había sido mi profesión hasta que la crisis y lo complicado de meter cabeza ahí, me hicieran sustituir el micrófono por las labores de mantenimiento de unos apartamentos….vaya, que soy la puñetera chica de la limpieza, ¡pero a mucha honra! O eso creía, que tenía esa honra, pero cuando mis compañeros me preguntaron dónde me metía que hacía mucho tiempo que no me veían por los estudios, no me apeteció contarles en qué fregados me encontraba, nunca mejor dicho, y empezó a asomar por ahí la frustración.

En qué momento me pararía yo a escuchar la letra de una canción que tocaron en el concierto que se titula “Follamigo” y que dice algo así como “perdona por quererte más de lo que te mereces, perdona si mis besos no te fueron suficiente, cariño pasa buena semana que el domingo repetimos (…), el sol está acojonao de tanto amor sin compromiso, cariño, sobreviviré sin tu cariño”, porque algo hizo “¡pop!” e inevitablemente se abrió el grifo y me derrumbé. Justo ahí, en pleno concierto, con toda la gente de mi profesión alrededor, empecé a llorar y no me pude contener. No podía haber sido la noche anterior en casa en pijama tarrina de helado en mano, no, tuvo que ser en ese preciso instante. Tócate los huevos…

Le di un rabotazo a mi mejor amigo que me echó un poco en cara el numerito, como si no tuviera derecho a estar triste, pero el remate fue leer el comentario que dejó un anónimo en la entrada anterior del blog, planteando que igual me había flipado un poco con la historia que viví con el gatito, echándome en cara que seguramente él no la describiría como algo así de estupendo. Anónimo, que sepa usted que no me ofendió, pero que me toqueteó un poco el ego. Que soy consciente de que la mayoría de mis relaciones han pasado más en mi cabeza que en la realidad, que un “estoy confundido” para mí podía ser “la intensa pasión que siento por ti me tiene obnubilado”; y aunque creía que la visión del gatito sería similar a la mía, me quedé con el runrún en la cabeza de si quizá esa persona pudiera tener razón en lo que había escrito.

Afortunadamente después de un día de mierda, la noche acabó estupendamente: volví a casa no con uno, sino con dos maromos que pernoctaron en mi cueva y que a la mañana siguiente me prepararon el desayuno con croissants franceses recién hechos y zumito de naranja y todo, ¡soy una triunfadora! Bueno, vale, admito que eran dos amigos, gays para más señas, y que además me usurparon la cama e incluso el cuarto de invitados y me obligaron a dormir en el sofá con tal de no escuchar sus ronquidos, pero eso es lo de menos.

El domingo mientras le daba al plumero, estuve recapacitando sobre todo. Amos a ver, en el tema laboral, es cierto que he tenido mala suerte, pero también que este último año me acomodé y excusé en la bajada de trabajo para no ponerle más empeño y conseguir tocar más el atril, así que no es muy justo sentirme frustrada por no poder más que cantarle a la fregona y doblar sábanas y toallas en vez de personajes; por lo tanto esta semana me he armado de valor y ya he empezado a sembrar, a ver si crece algo.

Solucionar el come-come de averiguar qué había supuesto para el gatito nuestra historia, sólo pasaba por preguntárselo a él directamente, aún a riesgo de que no me respondiera porque hablar de sentimientos normalmente le producía un cortocircuito. Pero contra todo pronóstico me respondió, lo cual ya me parece un acto de amor; y su respuesta me calmó al reafirmar mi versión de los hechos y confirmar que para él todo había sido igualmente de maravilloso y especial. ¡Siento desmontar tu teoría, anónimo!

Por la noche decidí que ha llegado el momento de volver a divertirme, que en nada está aquí la primavera y estoy deseando ver crecer las flores, pero no las que puedan crecerme ahí abajo en el mismísimo si no tomo cartas en el asunto, así que me conecté un rato a Badoo. Después de visitar más de 300 perfiles y -esta vez no exagero ni una gota- de luxarme el dedo pulgar de tanto pulsar “NO” en la sección de encuentros (que si esos son los peces que dicen que hay en el mar, yo me hago vegetariana y me alimentaré exclusivamente de algas), decidí borrarme, porque el percal con el que me encontré es aún peor del que describiera hace tiempo por aquí. De todos es sabido que una mancha de mora con otra verde se quita, pero las de color caca me parece a mí que no van a servir de mucho.

Me acordé entonces del perfil que abrí hace tiempo en Adoptauntio y que jamás había utilizado, y al ver que el panorama era un pelíiiiin más alentador, decidí actualizarlo.

Después de chatear con 3 ó 4 personas, me he dado cuenta de que entre los hombres, hay una palabra que siempre les provoca y que les hace caer rendidos: “croquetas”. La dices, les cuentas que las tuyas quitan tanto el sentío que hasta tienes una página de fans en Facebook, y ya te están pidiendo una cita. ¿Será porque rima con “tetas”?

Y mira, creo que de momento no voy a tener que volver a constelarme porque sigo contenta, y eso es todo un alivio. Igual esta sí soy yo.



P.D: Esta semana finaliza el plazo para poder votarme en los premios de la blogoteca de 20 minutos y aún estás a tiempo si te gusta lo que lees. ¿O es que quieres que te de con el rabo?

lunes, 27 de mayo de 2013

De luz y de color



Hace tiempo, unos amigos me recomendaron que viera la irónica película de Hal Ashby “Harold y Maude”, argumentando que me gustaría sobre todo por las similitudes que consideraron que hay entre la personalidad del protagonista y la mía. Harold es un niño de buena familia que a pesar de tener cualquier capricho a su alcance, está deprimido. Fascinado por la muerte, se entretiene montando grotescas y fúnebres performances para fingir su propia muerte por suicidio, ante la absoluta indiferencia de su madre.

Sin llegar a los extremos de Harold, admito que en mí aún hay ciertas reminiscencias de la oscuridad de mi adolescencia que quizá me podrían acercar a ese personaje. Yo confieso que mientras el cuarto de mis amigas estaba decorado con peluches y posters de tíos estupendos, en mi habitación lo que había eran brazos de látex cercenados, máscaras repugnantes, bebés de aliens en formol, y posters de películas gore. ¡Una auténtica monada, jur jur jur! Y fotos de Depeche Mode, por supuesto. Para más señas diré que mi abuela, en cuanto vio la foto de las hijas de Zapatero en la recepción de Barack Obama, me llamó para comentarme lo muchísimo que le habían recordado a mí por aquella época. Porque yo también fui un poco "sierva de la noche". Y aunque gracias a Dios he evolucionado, aún predomina el negro en mi armario, me encantan los fenómenos paranormales, me hace gracia el gore y la escatología, y me sigue emocionando la música que escuchaba entonces.

Reconozco también que me he imaginado infinidad de veces mi funeral, preguntándome quién asistiría y cómo reaccionaría la gente. Incluso he pensado en mis últimas voluntades.

A estas alturas del cuento no voy a desvelar ningún secreto diciendo que la mayoría de los que me conocen, me consideran una persona no precisamente optimista, aunque yo me crea más bien realista: sin ser demasiado agorera, siempre tiendo a ponerme en lo peor, porque así sólo me queda sorprenderme para bien.

Pero desde hace un par de meses, me pasa algo raro: el buen humor se ha apoderado de mi persona y me despierto cada mañana con una sonrisa. Y no es que me incomode este estado, pero he empezado a preocuparme tras recibir un email de mi jefe felicitándome por mi buen trabajo y la calidad de mi atención, en el que me reconoce como la mejor y más amable empleada de mi turno. Mis propios compañeros, que me describen como la "reina de la bordería", se extrañan y piensan que hay tongo. Juro que mis rodillas siguen sin estar peladas, pero es que de repente soy todo buenas palabras y buen rollo. ¿Será grave?

Aquí es cuando creéis que voy a confesar que me he enamorado… ¡ja! Me temo que sigo estando soltera; o single en inglés. Y que a este paso me convertiré en maxi-single, o sea, una solterona en castellano. Siento comunicaros que mis experiencias con el sexo opuesto, siguen siendo igual de desastrosas que siempre.

La cosa es que casual o circunstancialmente, desde que asistí como testigo a unas Constelaciones Familiares, soy otra persona.

Lo cierto es que esta ha sido la primera primavera en mucho tiempo, que he vivido como la mayoría de la humanidad, con sus picores, sus furores y sus alegrías. Para mí la primavera  solía venir de la mano de la astenia y del agobio por la operación bikini a la que siempre llegaba tarde. Y de pronto fschchchch… ¡todo eso se ha esfumado! Y con el mal rollo y los kilos de más, también se me fue la inspiración, motivo por el cual dejé de escribir por aquí. ¡Mi musa me abandonó cual mal desodorante! ¿No dicen que los grandes genios generalmente son mentes atormentadas? Será que resulta más fácil escribir desde el dolor y los sentimientos a flor de piel. Ahí lo dejo.

Con los calentones propios de la temporada, volví a las andadas y retomé lo del ciberligoteo, y lamentablemente el percal sigue siendo tal cual lo recordaba: patético. 

Pero he conocido a dos hombres.

El primero, es el meteorólogo: un tío de toma pan y moja con pinta de malo -como a mí me gustan- pero con buen fondo, amante de la música y de la fotografía. Durante unos dos meses nos hemos estado enviando mensajes en una botella; o sea, él me escribía, yo le respondía enseguida, y él tardaba unos días en contestar. Entonces le volvía a responder corriendo, y cuando ya creía que el chico de nuevo había desaparecido del mapa, recibía un nuevo mensaje. Todo con cuentagotas, vaya. En cada misiva me explicaba que estaba muy ocupado, que tenía mucho trabajo reparando ordenadores, y hablaba de su tema favorito: el tiempo. No, no era meteorólogo; simplemente llevamos dos meses hablando de climatología. Literalmente. Se ve que el chico no da para mucho más. Aunque he de admitir que las incesantes lluvias de marzo y abril nos han dado mucho juego, y así pasamos de alabar el romanticismo de los días grises en nuestros primeros correos, a cagarnos en lo de las aguas mil de abril y de paso en el gobierno, porque después de tantos días pasados por agua, acabamos concluyendo que estos están metidos en el ajo, que con tanto recorte acabarán queriendo quitarnos el sol y lo mejor de la primavera: las terrazas. El caso, que como ahora el tiempo se ha estabilizado, hace mucho que no nos escribimos, y sospecho que ya no hay feeling entre nosotros. Vamos, un disgustoooo…

La siguiente historia es un poco más chunga, bastante de guión de película. Imagínate una pastelosa, con un protagonista cañón, majo, guapo, inteligente, interesante y con pasta, pero con un puntito de canalla… un Keanu Reeves, por ejemplo. Ahora imagina que la historia medio romanticona de los protagonistas se convierte en una versión exprés y descafeinada de “Noviembre Dulce”, solo que yo soy Keanu y él sería Charlize. Un chico al que empezaba a conocer con el que parecía que conectaba, y que ha tirado todo por la borda paralizado por el miedo a que los resultados de unas pruebas que tiene pendientes no sean positivos y le diagnostiquen una enfermedad potencialmente mortal. Y sin más se volatiliza. Todo bastante triste. Ejem...

Alguien me dijo una vez que es cierto lo de que “a perro flaco todo son pulgas”, ya que estar amargado sólo puede traerte cosas negativas, y por lo tanto una actitud positiva es determinante para atraer cosas buenas. 

Ahora que estoy yo tan a gustito y tan positiva, tan divina de la muerte y que no tengo miedo a perder ni a que se repitan las malas experiencias, yo me pregunto: ¿por qué sigo fracasando tan estrepitosamente en el amor? Y si el amor me da la espalda, ¿qué hago, le toco el culo como dicen? 

Mira que si es verdad que no responder a las cadenas de mensajes de whassap trae mala suerte...


Hola, he vuelto :-)


viernes, 25 de enero de 2013

Dicen que Wally está en las medianeras



Ligar por internet sigue estando estigmatizado. Aunque el tema se haya normalizado en los últimos años, mis amigas siguen extrañándose de que lo haga. Que digo yo, que igual que uno puede comprar música, cualquier tipo de ocio o comida en la red, por qué no va a poder comprar alimentos para el corazón o aperitivos para noches en las que no te apetece estar solo.
Pues porque está lleno de frikis y pajilleros – dicen ellas. Y sí, tienen toda la razón del mundo; que aunque esté feo lo de generalizar, así como argumento demoledor funciona, y salvo honrosas excepciones, tengo que decir que en general, el percal echa bastante para atrás.
Pero es que con lo mona y estupenda que tú eres, lo que te mereces es un príncipe o un dentista- argumentan los que me conocen. Claro que sí, pero de la misma manera que estoy yo allí, puede haber un alguien despistado al cual le encaje en todos sus ángulos la plantilla de hombre perfecto que llevo siempre en el bolso.
Chica, lo que tienes que hacer es salir por ahí.  ¿Me lo dices tú, ex-amiga de correrías, que me has abandonado al optar por una vida marital y por tener hijos, y a la que sólo veo una vez al año, ocasión en la que me aturullas con los rollos de la hipoteca, de lo caros que están los pañales, o de lo duro que es dejar a tu hijo en la guardería? Y mi vida qué, ¿hola?
Lo tengo asumido: mi vida social es una mierda y salgo bastante poco. Y como no utilizo bombonas de butano ni suelo pedir comida a domicilio, tengo claro que el príncipe azul no va a llamar a mi puerta. Y como la opción de ligar en El Corte Inglés que me planteaba mi madre me parece un poco descabellada, sólo me queda intentarlo a base de hacer clic-clic.
Como romántica empedernida que soy, creo que la gran revolución de internet no es sólo el hecho de que en un par de horas puedas estar tomando un café con alguien a quien acabas de conocer, sino la recuperación de la palabra escrita como forma de conquista, aunque muchos se carguen la magia de cuajo entrándote con un "K TAL WAPPISSSIMA", que no creo yo que sea por ahorrar en caracteres. Además de optimizar el tiempo, en mi caso, como talibana musical que soy, me atrae la idea de poder filtrar con quién interactúo fijándome en sus gustos, cosa que por ejemplo no puedes hacer en un “cara a cara” así de buenas a primeras: Hola Fulanito, soy Zutanita, qué tal, mua-mua. Oye, antes que nada, ¿no tienes un poster de Bisbal en tu habitación, verdad?
No me parece, no lo veo. Y ojo, sé que esos filtros pueden estar bloqueando a seres maravillosos fanes de Bisbales y Melendis, pero es que hay cosas que como que no. De la misma manera que he comprobado que el que pasen mis filtros no es sinónimo de éxito, porque el feromonazo no se puede oler ni detectar desde el otro lado de la pantalla.
Me he acordado de un diálogo de "Medianeras" que explica muy bien todo esto:

Llegué a la conclusión de que estas citas son como los combos de McDonalds: en las fotos todo se ve más rico, grande y apetitoso que en la realidad. Cada vez que voy a una cita sufro la misma decepción que frente a un Big Mac.
 
Por eso opté por pasar a la vida real más pronto que tarde con los que cumplían mis requisitos, para no hacer engordar las expectativas más de lo estrictamente necesario.

Pero aún me río de la historia de uno de esos candidatos, llamémosle “el trovador belga”. El trovador belga me cantaba canciones por Skype, conectaba su cámara y en videoconferencia bajo una luz tenue me ponía unos morritos de francés cuando me hablaba que decían bésame. Me prometía venir a cantarme bajo la ventana. El caso es que decidí quedar con él, y fue verle y desear que se me estuvieran pegando las lentejas para salir corriendo. Entendí el por qué de la luz tenue, entendí el por qué de un encuadre determinado que se repetía en todas sus fotos y en nuestras videoconferencias, un encuadre que tenía perfectamente estudiado para tapar una serie de defectos que por respeto a esa persona no desvelaré. Y ya no es que el envoltorio me hubiera decepcionado; es que me sentí completamente estafada porque esa hamburguesa no era carne ni ná.
Y volviendo al tema de “Medianeras”. Os recomiendo encarecidamente el corto, mucho mejor que la película. De manera crítica e irónica, habla del mundo virtual, de cómo gracias a internet nunca hemos estado tan conectados, comunicados e informados, pero a la vez tan solos.  Además tiene una fotografía estupenda, es una delicia si te gusta la arquitectura, y hace varias referencias cinematográficas. De hecho es todo un guiño a Woody Allen. Que no todas las películas sobre el amor en la red van a ser ñoñerías.
Sinopsis Martín es un fóbico en vías de recuperación. De a poco va saliendo del encierro en su monoambiente y su adicción al mundo virtual. En el edificio de enfrente de Martín vive Mariana, una chica recién separada, que tiene tan desordenada la cabeza como el departamento en el que se refugia. ¿Cómo se pueden encontrar en una ciudad superpoblada y caótica como Buenos Aires? La respuesta se encuentra en las medianeras, ya que lo mismo que los separa, es lo mismo que los une.



Buscando a Wally es el libro clave de mi vida (…) Han pasado los años y hay una página que no consigo resolver: Wally en la playa. Lo encontré en el aeropuerto, lo encontré en el shopping, pero en la playa no lo encuentro (…) Entonces me pregunto: si aún cuando sé a quién estoy buscando no lo puedo encontrar, ¿cómo voy a encontrar al que estoy buscando si ni si quiera sé cómo es?

En esas estamos.