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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Rawro rawro


Soy la procastinadora inquieta. Porque he pretendido hacer muchas cosas antes de marcharme a trabajar, pero al final he ganduleado básicamente. Amanecí con un punto optimista, eso sí, y me dio por intentar alimentar a las mariposas del estómago charlando con los matches actuales del Tinder. Como no me salía, porque sospecho que no me queda nada dentro y que ya no me creo a nadie, me puse a alimentar el estómago, pero me he dado cuenta de que así tampoco crecen las dichosas mariposas, que lo que está creciendo es otra cosa.

En los apartamentos en los que últimamente echo demasiadas horas de trabajo, viví un momento “Lost In Translation” al tener que entenderme con una china que hablaba en inglés de aquella manera: “Ai jaf a fifa, ai jaf a fifa” – decía ella. “You have a FIFA? What is what you are asking for?” – no me podía creer que la china me estuviera preguntando por algo de fútbol mientras yo le enseñaba en el mapa dónde estábamos. “A fifa jir, nou nid for shogüin me enizing”. Supongo que quería decir que tiene una amiga que le dará indicaciones de la ciudad. Por curiosidad acabo de consultarlo, y según el traductor de Google, una fifa en chino es Guójì zú lián, así que vaya usted a saber lo que ha venido la china a hacer en Madrid y con quién.

Con eso de que hoy empezaba el otoño, anoche saqué unas lentejas que tenía guardadas en el congelador desde el invierno pasado. Y de momento no me he muerto, ni por haberme tomado unas lentejas probablemente pochas, ni por el hecho de que después de ochocientosmil días diluviando y haciendo frío, me pareciera buena idea estrenar el otoño así, con una comida altamente calórica, pero hoy habrá hecho unos 30º de temperatura y sol radiante. El veranillo de San Miguel siempre ha tenido mucha guasa.

Llevé a mi perro al veterinario, a vacunar y a cortarle el pelo. El peluquero perruno me miró mucho y me trató diferente, como si no me conociera; con demasiada delicadeza, no sé. Luego he caído en la cuenta de que a pesar de que no suelo arreglarme a no ser que salga más allá del perímetro de mi barrio, hoy iba con el ojo pintado y perfectamente aseada, y así me he presentado en el veterinario. He llegado a la conclusión de que creo que no me ha reconocido y que se ha pensado que yo era la hermana mona de la dueña de Indo, esa que seguro que es amiga de la loca que alimenta a las palomas y de la otra que vive con 40 gatos. Así que he decidido que mañana la que va a la peluquería soy yo, que esto no puede ser.
El resultado de la consulta con el veterinario, es que mi perro pesa 400 gramos más que antes de las vacaciones, que teniendo en cuenta su peso, es como si hubiese engordado 4 kilos este veranito. ¡Anda, como yo! Si es que cada día se parece más a mí.
Y mirando las fotos del antes y del después, lo cierto es que luego siempre me arrepiento de cortarle el pelo, porque le dejan como muy perro de postín, y me gusta más despeluchado y asilvestrado (¿como yo?), por lo que espero no salir llorando de la peluquería mañana cuando me peinen de PePera, como siempre.

Por la tarde me ha llamado por teléfono una de mis blogueras favoritas, que vive fuera de España y ha venido a pasar unos días por Madrid, así que con eso de que hemos intercambiado unos emails, hemos decidido pasar al plano real y vamos a conocernos. La verdad es que me hace mucha ilusión desvirtualizar de nuevo a alguien, como hace muchos años, cuando escribía en un foro de música del que salieron muchos de mis mejores amigos que aún conservo. Igual de este encuentro sale un viaje a Marruecos, y me encanta.

Ya en casa por fin he atacado uno de los armarios, y me he encontrado un montón de tesoros que no sabía que tenía: una vajilla de porcelana fina y ribete de plata monísima, el juego del “Quién es Quién”, o un collage precioso que hice en la época en la que vivía en Barcelona que igual vuelvo a colgar en algún rincón de la casa. También encontré unos auriculares estupendos sin estrenar que me regaló mi abuelo hace tropecientos años por Reyes, el tren eléctrico que tenía mi padre cuando era pequeño  y cochecitos antiguos. En esa misma caja, había otras pequeñitas de “Phosphorrenal Inyectable” en las que pone que “es un poderoso reconstituyente necesario en la anemia, neurastenia, afecciones del pecho y en general en todas las enfermedades en que un organismo debilitado necesita un reconstituyente muy activo”, y pensé que igual me venía bien ese reconstituyente para ponerme las pilas, pero al final dentro de la caja había soldaditos de plomo; y bueno, que en las cajitas de pastillas también ponía que caducaban 1964. 

El jueves por fin le voy a poner remedio a mis humedades; tengo una cita y ya me han dicho me van a hacer un boquete, así, sin más. En el techo y en el armario, claro, para ver de dónde vienen las humedades y las goteras que han hecho que salga moho en ese armario trastero. 

Y para rematar el día, me he enterado de que partir del lunes parece que se acaba mi suplicio de los apartamentos y que podré dedicarme a lo que de verdad me tengo que dedicar y estoy que no me lo creo, y además resulta que Alberto Ruiz-Gallardón dimite y abandona la política tras la retirada de la reforma de la ley del aborto, y cuando lo he leído casi que tampoco me lo creo.

¡Ay! Ha sido todo muy raro e inesperado. Y si son cortinas de humo, si se queda en promesas incumplidas o en planes que no cuajan, al menos hoy todas estas cosas me han hecho tener un buen día. Cuelgo yo. Buenas noches.


lunes, 22 de septiembre de 2014

Vuelta


“Pues cuando vuelva en septiembre, estaré más delgada, más morena, con el pelo más rubio y mucho más mona”. Eso es lo que les prometí a mis amigas aquel verano que daba paso al comienzo 7º de E.G.B. En un colegio tan pijo y elitista como el mío, en el que eras más cuanto más tenías o más conquistas acumulabas y si no te hacían la vida imposible, una no podía regresar a clase sin deslumbrar ni poder presumir del destino soleado en el que había pasado el verano con pruebas fehacientes. Así que dos días antes de empezar las clases me hice con una crema auto-bronceadora que guardaba mi madre, me apliqué aquel invento que servía para decolorar el bigote sobre las cejas y el flequillo para parecer más rubia, y asumí que con mis lorzas no había mucho más que hacer en tan poco tiempo, aparte de meter tripa. 
Tengo que decir volver al cole con la piel de color Cheetos y encima a ronchas, con las cejas transparentes que traté de disimular con un rotulador que se corría cuando sudaba, y con más kilos de más, desde luego que no fue la mejor de mis ideas. Epic fail.

Nunca pude competir en ese sentido, y el comienzo del nuevo curso para mí siempre suponía un previo de miedo, de ansiedad, de pereza máxima y ganas nulas de enfrentarme a la vuelta. Y por supuesto un post de frustración. ¡Con lo bien que estaba de vacaciones!

No, nunca me gustó septiembre y aún hoy lo veo como un mes cargado del miedo que supone enfrentarse a emprender cosas nuevas y retomar las riendas, con lo fácil que resulta dejar al caballo desbocado. Y tantas cosas que enmendar que me producen ansiedad… y ésta me paraliza hasta un punto en el que me posee la vagancia y no hay quien me exorcice, con toda una lista de cosas por hacer para las que voy como siempre tarde.

Sólo en verano la pereza alcanza la dignidad, 
después... to another thing, butterfly!
Entre otras cosas me he propuesto escribir de manera más constante, hacer cambios por aquí, inventarme rutinas, acostarme y levantarme pronto para aprovechar más los días, retocar la que debería ser mi carta de presentación -profesional y personal- tanto en el contenido como en el continente, aprovechar el cambio de ropa de temporada para renovarme. Quiero dejar de fumar, llevar una vida más sana, vaciar unos cuantos armarios para dejar hueco a lo que está por venir y deshacerme de las cosas que no interesan, literal y metafóricamente hablando.

Y me encuentro divagando para variar de madrugada, con los trastos de un armario ocupando el sofá del salón en plan exposición desde hace unos días, porque me entró el síndrome del cambio de armario pero me duró sólo media hora, y desde entonces, siempre que he querido retomarlo, había alguien que llamaba por teléfono  o surgía cualquier cosa que me hacía posponerlo. Supongo que mantener este desorden es ser coherente con lo revuelto de mi mundo y mis sentimientos en estos momentos. 
Aquí estoy en una esquina del sofá habiendo cenado pizza, fumando muchísimo como siempre que escribo, y analizando los errores que sigo cometiendo. Igual uno de ellos es haber inaugurado el colchón con una reposición y días más tarde con un pequeño tráiler, muy pequeño, pequeñíiito. O no, yo qué sé.

No sé cómo hace la gente para mirar este mes y los cambios que implica con ilusión, si a mí me da fatiga porque suena al anuncio de la estación de los dramas, de la bufanda y del paraguas, y a lo tonto, a lo tonto, pensando en lo que quiero hacer casi me he plantado en octubre.

¡Oh espíritu de la pereza, abandona este cuerpo voluntarioso y constante y vete a poseer a otro ya!