“Pues cuando vuelva en
septiembre, estaré más delgada, más morena, con el pelo más rubio y mucho más
mona”. Eso es lo que les prometí a mis amigas aquel verano que daba paso al
comienzo 7º de E.G.B. En un colegio tan pijo y elitista como el mío, en el que eras
más cuanto más tenías o más conquistas acumulabas y si no te hacían la vida
imposible, una no podía regresar a clase sin deslumbrar ni poder presumir del
destino soleado en el que había pasado el verano con pruebas fehacientes. Así
que dos días antes de empezar las clases me hice con una crema auto-bronceadora
que guardaba mi madre, me apliqué aquel invento que servía para decolorar el
bigote sobre las cejas y el flequillo para parecer más rubia, y asumí que con
mis lorzas no había mucho más que hacer en tan poco tiempo, aparte de meter
tripa.
Tengo que decir volver al cole con la piel de color Cheetos y encima a
ronchas, con las cejas transparentes que traté de disimular con un rotulador
que se corría cuando sudaba, y con más kilos de más, desde luego
que no fue la mejor de mis ideas. Epic fail.
Nunca pude competir en ese sentido, y el
comienzo del nuevo curso para mí siempre suponía un previo de miedo, de ansiedad,
de pereza máxima y ganas nulas de enfrentarme a la vuelta. Y por supuesto un
post de frustración. ¡Con lo bien que estaba de vacaciones!
No, nunca me gustó septiembre y
aún hoy lo veo como un mes cargado del miedo que supone enfrentarse a emprender
cosas nuevas y retomar las riendas, con lo fácil que resulta dejar al caballo
desbocado. Y tantas cosas que enmendar que me producen ansiedad… y ésta me paraliza
hasta un punto en el que me posee la vagancia y no hay quien me exorcice, con toda
una lista de cosas por hacer para las que voy como siempre tarde.
| Sólo en verano la pereza alcanza la dignidad, después... to another thing, butterfly! |
Entre otras cosas me he propuesto escribir de manera más constante, hacer cambios por aquí, inventarme rutinas, acostarme y levantarme pronto para aprovechar más los días, retocar la que debería ser mi carta de presentación -profesional y personal- tanto en el contenido como en el continente, aprovechar el cambio de ropa de temporada para renovarme. Quiero dejar de fumar, llevar una vida más sana, vaciar unos cuantos armarios para dejar hueco a lo que está por venir y deshacerme de las cosas que no interesan, literal y metafóricamente hablando.
Y me encuentro divagando para variar de madrugada, con los trastos de un armario ocupando el sofá del salón en plan exposición desde hace unos días, porque me entró el síndrome del cambio de armario pero me duró sólo media hora, y desde entonces, siempre que he querido retomarlo, había alguien que llamaba por teléfono o surgía cualquier cosa que me hacía posponerlo. Supongo que mantener este desorden es ser coherente con lo revuelto de mi mundo y mis sentimientos en estos momentos.
Aquí estoy en una esquina del sofá habiendo cenado pizza, fumando muchísimo como siempre que escribo, y analizando los errores que sigo cometiendo. Igual uno de ellos es haber inaugurado el colchón con una reposición y días más tarde con un pequeño tráiler, muy pequeño, pequeñíiito. O no, yo qué sé.
Aquí estoy en una esquina del sofá habiendo cenado pizza, fumando muchísimo como siempre que escribo, y analizando los errores que sigo cometiendo. Igual uno de ellos es haber inaugurado el colchón con una reposición y días más tarde con un pequeño tráiler, muy pequeño, pequeñíiito. O no, yo qué sé.
No sé cómo hace la gente para mirar este mes y los cambios que implica con ilusión, si a mí me da fatiga porque suena al anuncio de la estación de los dramas, de la bufanda y del paraguas, y a lo tonto, a lo tonto, pensando en lo que quiero hacer casi me he plantado en octubre.
¡Oh espíritu de la pereza, abandona este cuerpo voluntarioso y constante y vete a poseer a otro ya!
