lunes, 3 de junio de 2013

La cosa tiene guassap



Recientemente mi madre se ha apuntado a lo de las nuevas tecnologías, y animada por el partido que le está sacando a su e-book y sobre todo por lo poco que le ha costado aprenderse la función de sus tres únicos botones, ha querido hacerse con un móvil que tenga internet:

- Pero yo quiero uno para tener guasap, poder buscar cosas en internet y consultar mi correo – me dijo.

Que me pregunto yo para qué querrá consultar su correo, si al del trabajo no puede acceder por un tema del servidor. Ni que fuera una ministra. Será para reenviar esas cadenas de mensajes que yo acabo rompiendo, atrayendo así mi mala suerte en el amor; o para petar correos ajenos con chistes sobre política o los típicos bulos de la red del año catapún, porque mucha tecnología, pero mi madre en muchos engaños aún no está actualizada, y a veces la pobre pica. Lo del WhatsApp en cambio ya sabía yo que lo quería para presumir de nietos, y en cuanto supo utilizarlo, empezó a enviarle a todo quisqui las fotos de los niños.

- Mamá, si tienes acceso a internet, podrás hacer todas esas cosas. Un Smartphone viene ya con todo eso – le dije.

- ¿Esmárfon? Hija, ¿pero el tuyo no es Sánsun? Yo quiero uno como el tuyo – me replicó.

- …

Superada la fase de elección del modelo de teléfono, estuve configurándoselo e instalando el ansiado WhatsApp; le puse una foto suya estupenda de perfil, y le expliqué las funciones del programa.

- ¿Que Mari está en la oficina? ¡Pero si hoy es domingo! ¿Y qué me pone Jesús de “felicidades por el triunfo? ¿De qué habla, cuándo me ha escrito eso? -.

Mi madre acababa de descubrir los “estados” de WhatsApp de sus contactos. Tuve que explicarle que el “estado” es algo que la gente utiliza para expresar cuál es su ánimo, para quejarse, anunciar algo, o que pueden ser mensajes cifrados para despistar al personal, pero qué básicamente sirve para demostrar lo ingenioso que es uno.

- Tienes que poner algo. Si dejas el estado que sale por defecto, es como si no estuvieras conectada – la chinché para que escribiera.

Y enseguida modificó el “disponible” por “novata”.

Lo siguiente que hice fue crear un grupo en el que estuviéramos nosotras dos y mi hermana, con el original título de “Madre e hijas”. Y ahí que empezamos a whatsappear. Cuando mi madre aún estaba tecleando su primer “HOLA”, mi hermana y yo ya le sacábamos 30 mensajes de ventaja. Desesperada, mi madre empezó a escribir: “VALE YA CON EL JUEGUECITO QUE ESTOY TRABAJ…”

“MADRE, NO ES UN JUEGUECITO. ¿NO QUERÍAS ESTAR CONECTADA? ESTO ES CHATEAR. DI HOLA WHATSAPP, ADIOS LIBERTAD” – contesté velozmente.

Y es que después de instalarte WhatsApp, automáticamente dejas de ser el propietario exclusivo de la fracción de tu vida que allí compartas, porque todas las conversaciones y archivos que intercambies pasan a ser propiedad de WhatsApp Inc. Cualquiera puede ser Scarlett Johanson, ¿qué no?

WhatsApp ha sido toda una bendición para nuestros bolsillos, pero precisamente por ser gratis, hay gente que abusa y que se lanza a compartir contigo en cualquier momento -aparte de fotos de gatitos o perritos-, todo tipo de banalidades; es como si el no ver la cara del otro, les facilitase sumergirse en reflexiones tan intensas y espontáneas como “en pijama la vida es más sabrosa”. ¿Ola k ase? ¿ola k dise?

Da igual que silencies el teléfono; el móvil seguirá iluminándose o vibrando con cada nuevo mensaje y chupando batería a todas horas, estés donde estés. Y si no es el tuyo el que suena, sino el del que se sienta al fondo del restaurante, le echarás igualmente un vistazo “por si acaso”, estableciendo así con tu móvil una relación de dependencia enfermiza y entrando en pánico cada vez que estés en un sitio sin cobertura 3G o Wifi, poniéndolo boca arriba, boca abajo y de todas las posturas posibles para ver si así consigues conectarte; no sea que el tipo al que amas y que en realidad pasa de tu culo, decida proponerte un plan estupendo justo en ese momento.

La gente además no es consciente de que cuando formas parte de un grupo de WhatsApp, incrementan peligrosamente tus probabilidades de sufrir un infarto, porque puedes despistarte tan sólo unos minutos y al volver encontrarte con 437 mensajes nuevos, y creer que ha habido un incendio o que ha pasado algo aún más terrible. Después descubres con alivio que la gente simplemente estaba divagando sobre si el cirujano de Carmen Lomana es bueno o malo, y de ahí enlazaron con tal receta de butifarra al vino, a colación de los labios de morcilla que tiene Fulanita que por cierto se parece a la Lomana que el otro día la vio no sé quién en Zara comprando unos trapillos y así.

Leí hace poco un artículo sobre los grupos múltiples de WhatsApp, y para sobrevivir a ellos, sugerían hacerse con un becario que pudiera responder por ti a todos los mensajes, o una aplicación que escribiera de forma automática “jajaja” cada cierto tiempo, para que los otros crean que les sigues el hilo. Y no me parece mala idea.

Luego están esos dos terribles enemigos para la salud mental de uno, que convierten a personas cuerdas en ogros desconfiados y controladores: el doble check y la última conexión. Son herramientas del diablo que se inventaron para crear malos entendidos con todo aquel que hace X horas miró el WhatsApp por última vez (porque el double check es Dios), pero no respondió tu mensaje: mensaje enviado-mensaje entregado-mensaje leído-mensaje ignorado; así de cruel. Las mujeres somos expertas en eso de imaginar por qué la otra persona aún no nos ha contestado: ¿Has tenido un accidente y estás tetrapléjico y por eso aún no sé nada de ti, porque no puedes escribir, verdad? También generan broncas producto del delirio adictivo al móvil, revelando por ejemplo que el tío con el que tienes un rollo estuvo conectado a las 5:12 de la madrugada de un día de diario y no hablaba precisamente contigo… ¡¿Con quién, eh, con quién?!

Mi madre ha descubierto hace poco que los emoticonos pueden ayudarte a darle sentido a lo que escribes. En realidad hasta que se ha fijado en que hay un desplegable con más opciones, remataba cada frase siempre con el mismo: ;-P Y daba igual que lo que contase fuese algo muy serio, que mi madre nos acababa sacando la lengua a mi hermana y a mí.

Recordando este video, no podía parar de reír imaginándomela sentenciando todo con un guiño, la sonrisa socarrona y su lengua de medio lado.

VALE YA, QUE DE TANTO TOCAR EL BOTONCITO ME ENTRAN UNOS CALORES ;-P – me escribe.

A SABER QUÉ BOTONCITO ESTÁS TOCANDO Y DE DÓNDE TE VIENEN LOS CALORES O_o – contesto.


Si es que la cosa tiene guassap



6 comentarios:

  1. Ja,ja, me ha encantado. A mi me permite ahorrar dinero en mis mensajes a la confederación Helvética, pero si no fuera por qué de otro modo me arruinaría, lo borraría ahora mismo. Realmente lo odio, lo único que quiero es dejar de estar conectado en mi tiempo libre, ya me paso muchas horas compartiendo mi cada vez más escasa materia gris a través de todos estos medios cibernéticos.Pero con esta aplicación, ay señores, esto parece materia imposible. Vive Dios.

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    1. Ese "Vive Dios" te delata, amigo anónimo ;-)
      Es inevitable que tengamos una relación de amor-odio con el WhatsApp, pero desde luego que sea tan fácil invadir la intimidad de uno, es contraproducente.
      Ahora te escribo y seguimos.. ;-P

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  2. El simple hecho de introducir a tu madre en la tecnología tiene merito, yo lo he intentado y siempre ha sido desesperante.
    Eso si, dejala bien claro lo de los botones.

    Besos.

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    1. Yo no la he introducido, lo ha hecho ella solita. Siempre he tenido una madre de lo más moderna :-)
      Besos!

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  3. Tengo que reconocer que no tengo whatsapp. Seguramente me estoy perdiendo cosas, pero miro a mis amigos y sé que sigo conservando alguna otra. El día que por fin pique... a ver qué digo :D

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    1. WhatsApp es el demonio, ya te lo digo yo. ¡No piques!

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