jueves, 1 de diciembre de 2016

Bragada criminal



Todo está destinado a mutar y evolucionar, incluso los detalles efímeros que marcan la vida cotidiana. Pero la última revolución en cuanto a los hábitos de profilaxis ligados a la regla de la que varios medios se han hecho eco recientemente, me tiene trastornada. Se trata de unas bragas que, además de un bonito diseño, absorben tanto menstruación como flujo vaginal, son cómodas, no huelen y no manchan ni dejan que los líquidos traspasen su tejido. O eso dicen. Y yo me pregunto: Si de verdad funcionan, qué hacemos ahora con las bragas de la regla, eh? ¿Cómo afrontar el adiós a una prenda que probablemente lleve con nosotras toda una vida?
Las bragas de regla son un fondo de armario que los gurús de la moda olvidan mencionar cuando detallan las prendas básicas que toda mujer ha de tener. De hecho, lo ideal sería poder contar con más de una, lo cual no es tarea fácil porque una braga de la regla no nace, se hace. Se trata de una braga aparentemente de segunda división, avergonzada de haber pasado de moda, cuyo papel fundamental es salvar a las braguitas más monas del holocausto menstrual. Es sometida durante años a rigurosos entrenamientos a base de estiramientos hasta conseguir que ceda y se adapte a nuestras dimensiones necesidades, que ha sufrido lavados a 70ºC, que probablemente tiene algún descosido, ha perdido el color, el elástico y cualquier atisbo de glamour, pero ¡joder, le tienes cariño! Tantos años juntas… Es tan reconfortante poder contar con ellas en “esos días”, que serían el equivalente a la mantita de Linus en Charlie Brown. Además son bragas indecentes que aunque jamás te pondrías para salir a ligar, suelen tener el efecto mágico de atraer polvos inesperados. Pero no te atrevas a enseñárselas a tu madre, porque no dudará en dar mejor vida a esa reliquia y convertirla en trapo para limpiar el polvo. ¿De aquellos polvos, vienen esos lodos?
Lo de la vida útil de las bragas es todo un tema. Y luego está esa conducta de acaparadoras enfermizas que muchas desarrollamos confundiendo variedad con barbaridad, porque que levante la mano la que no tenga un equipamiento de ropa interior escandaloso, que fluctúa entre los 20 y 2 años de antigüedad, y que nos permitiría sobrevivir tranquilamente dos meses sin necesidad de lavar nada. A las bragas de la regla tenemos que sumar las de batalla o del día a día, las de echar un polvo, las de por si acaso echo un polvo, las de ir al médico, las de las bodas y eventos con efecto moldeador, las que no se marcan, las color carne, las rojas para fin de año, las de la suerte, las que te regaló algún novio optimista y guardas al fondo del cajón por si algún día consigues caber en ellas…
Las bragas de las mujeres me supusieron una terrible decepción en cuanto empecé a cohabitar con ellas. La verdad, nunca me he recuperado del pasmo que me supuso descubrir que las mujeres son como son, que hacen lo que hacen y que luego pasa lo que pasa: se reservan las mejores prendas para esas noches en que saben que van a dormir en compañía. Cuando vives con una mujer, esas prendas indefinibles, esos trozos de tela desvaída, encogida, habitualmente comprados en las rebajas de Marks & Spenser aparecen de pronto colgados por todos los radiadores de la casa, y tus lascivos sueños de adolescente, tu idea de que la edad madura iba a ser un tiempo en el que estarías rodeado de lencería exótica para siempre jamás…, todos esos sueños se desmoronan y se hacen polvo.” Estracto de “Alta Fidelidad” de Nick Hornby.
Sí, las bragas nos definen y hablan de nosotras y de nuestro estado de ánimo o de nuestras intenciones. Cuando abres el cajón de la ropa íntima de alguien, debería sonar una voz en off que te diera la bienvenida a su mundo interior.
Así que con tanto donde elegir y tanta ocasión inesperada en la que es necesario llevar la braga adecuada, ¿qué criterio escoger para desprenderse de ellas?
Si has oído un “crack” al estirarlas, si están tan sobadas que ya no son suaves sino que parecen papel de fumar, si te están tan bailongas que se te caen, no te engañes; lo tuyo no son bragas vintage, sino piezas vetustas y vergonzantes. Lo sabrás si te has tenido que enfrentar a los aspavientos de algún compañero de piso que las ha visto colgadas en el tenderete y que te ha implorado que las quemes. Todas hemos escuchado y seguimos a rajatabla las advertencias de nuestras abuelas sobre llevar siempre la ropa interior limpia “no sea que tengas un accidente”, pero se olvidaron mencionar que pillarte con unas bragas viejas en según qué ocasión, puede ser mucho más humillante.
La cuestión es que no es tarea fácil comprar bragas y acertar. Hay que tener en cuenta un montón de factores como el cuerpo de una, el precio, la ocasión en la que te las pondrás, la ropa que usarás o que sean susceptibles de combinar con alguno de tus sujetadores. Si a estas dificultades añadimos el hecho de que por cuestiones de higiene no se pueden probar previamente ni cambiar, comprar bragas pasa a ser un constante aprendizaje a base de ensayo y error. Para más inri, parece que los fabricantes ignoren información básica sobre nuestra anatomía y desconozcan dónde cae el mismísimo, siendo habitual encontrar en estas prendas errores fundamentales de diseño que las hacen incómodas (cuando no molestan las costuras se te clava un encaje ingrato o presentan un recoger impreciso) o con una funcionalidad limitada. Este post explica a la perfección el problema al que me refiero: el chochero (tela superpuesta en el interior de la braga cuya función es asegurar y reforzar el área de recepción de ciertos fluidos) habitualmente es colocado en tierra de nadie y le faltan centímetros por delante para cumplir el propósito por el que se ideó. Y por supuesto la sublimidad de una braga suele ser inversamente proporcional a su comodidad, y si no que me expliquen por qué la composición textil de finas puntillas y encajes monísimos, parece ser el esparto.
Incluso aunque consigas encontrar lo que buscas, tendrás que asumir que con el paso del tiempo y los lavados, toda braga va perdiendo su identidad original y tiende a tanguizarse, metiéndosete por el culo a cada paso y obligándote a hacer el “movimiento Rafa Nadal” para recolocarlas cuando crees que nadie te ve. Aún así, si consigues que la violación textil no pase a la zona frontal, date por satisfecha con tu compra.
Ante semejante complicación, y aunque mujeres como Marta Chávarri o Paris Hilton y cada vez más celebrities se decanten por la frescura púbica, yo siempre he tenido presente aquel sabio consejo publicitario de “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, comercial ficticio ideado por Carmen Maura convertida a publicista en la película. Decía: "Hagas lo que hagas, PONTE bragas".
Por eso es casi imposible no padecer un Síndrome de Diógenes bragueril, o a ver quién es la lista que se atreve a deshacerse de esas bragas que compró pensando que le sentarían divinamente y que tanto le costaron (en términos económicos y/o de esfuerzo) aunque hayan resultado ser un instrumento de tortura que no haya Dios que se ponga. Veamos quién es la valiente que es capaz de desprenderse de toda una superviviente que sabes que cumple su papel, o que guardas por si acaso jamás le encuentras un sustituto digno. Y puestas a echarle ovarios y tirarlas, ¿van al cubo de lo orgánico o es un envase?





FUENTES:


viernes, 11 de noviembre de 2016

Cuarentañera


Mi padre se murió con 42 años. - ¡Era un chico tan joven! – se lamentaba la gente.  - ¿Chico? ¿Joven? - Vale que no era viejo, pero sí era un señor “con una edad” que además había logrado todo lo que cabe esperar en la vida: más de 20 años de matrimonio aparentemente feliz, una hija en la universidad y la otra a punto de entrar, una casa, un buen coche, sus caballos, reconocimiento en el trabajo…. ¡había vivido! – pensaba yo desde mis ojos de 17 años, creyendo que llegar a la edad en la que falleció mi padre aún me quedaba a años luz. 
Calculé que hacia los 25 años habría desparramado ya lo suficiente y tendría la sabiduría necesaria para decidir “sentar cabeza” y comenzar todos esos “planes de adultos” que la sociedad espera que llevemos a cabo. Pero no. La época de los 25 a los 30, probablemente haya sido en la que más he desparramado y menos cabeza he tenido.
Mi madre me advirtió que si a los 30 no me había ido de casa, me echaría. A los 29, in extremis, aproveché unos meses de paro y de dinero ahorrado para mudarme de ciudad, y lo que iban a ser unos meses de prueba fuera del nido materno, se convirtieron en casi 5 años. Y allí tuve que madurar a la fuerza y me hice adulta… más o menos.
- ¡Voy a cumplir 40! – lloraba histérica Sally. - ¿Cuándo? – le contestaba Harry. - ¡Algún día! – Pero eso es dentro de 8 años. - ¡Pero están ahí! ¡Me están acechando! (Escena de “Cuando Harry encontró a Sally” de Rob Reiner, 1989)
Algo así sería el resumen de mis años previos a los 40. Cumplir 40 años lleva implícito entender que estás cerca de la mitad de la vida, por eso supongo que asustan tanto, porque crees que el reloj ha comenzado la cuenta atrás. Joder, ¡¿ya?! Existe además una expectativa impuesta por la sociedad o incluso por nosotros mismos, que nos hace creer que si a los 40 años no tenemos nuestra vida en orden –familia, hijos y un buen trabajo- mal vamos. 
Y yo que estaba convencida de que cuando llegase a la cuarentena, mi vida estaría rodando sola como la de mi padre, y tendría la satisfacción de ser una persona adulta que habría alcanzado sus objetivos vitales. Pero no. 
Aparecía hace unos días un artículo muy interesante en “El País” que planteaba el debate sobre las etapas de la vida, diciendo que tener una edad ya no es lo que era. A los 40 años hace un siglo se era viejo y ahora se es joven. Y menos mal, porque frustra un poco caer en la cuenta de que tus padres te tuvieron con 20 años, tú eras una adolescente cuando ellos tenían 40, y tú a esa edad no te ves lo suficientemente madura como para ser madre. 
- ¡A ver si te haces mayor y aprendes a comer de todo, que ya tienes una edad! – me espetaba mi madre ayer mismo porque dije que no quería comer calamares ya que nunca me han gustado. Que puede que yo tenga algo de síndrome de Peter Pan, no lo voy a negar, pero las búsquedas en Google de joven de 35 años, 36, 37 e incluso 38 demuestran que es un término de uso corriente y aceptado aunque a muchos les suene impropio. CUARENTAAAA. Pero sigo siendo casi joven, oiga. De hecho el artículo explica que las tres transiciones que marcan el fin de la juventud y el inicio de la edad adulta, son la posibilidad de valerse económicamente por sí mismo, dejar la vivienda de los padres y tener pareja e hijos; así que a este paso y sin poder completar las tres transiciones esas, seré según esos términos eternamente joven. Jóvena de cuarenta y. 
¿En qué momento crecí tanto que me convertí en una CUARENTONA? Y ¿qué he hecho todo este tiempo, dormir?
Claro que si los tiempos han cambiado, tendríamos que modificar también nuestro lenguaje y prescindir del sufijo –ON/ONA y sustituirlo por –ERO/ERA. Cuarentañera, que no estamos aún para estar en cuarentena y suena mucho más amable.
Lo cierto es que aún cuarentañera, una empieza a ser consciente de que es mayor; me siento como una joven atrapada en un cuerpo que no me corresponde y que además es incapaz de abatir la ley de la gravedad, que ha pasado a ser un principio que ya no tiene fin. Y me encuentro en un limbo extraño en el que soy mayor para comprar en Bershka o Stradivarius o en la sección joven de cualquier otra tienda, para tener el abono joven, para hacer un Erasmus o viajar de mochilera, para vivir con mis padres, para planear formar una familia, para cambiar de profesión y empezar de cero, para que me cedan el asiento…Pero sin embargo soy joven para comprar en la sección de señora, para disfrutar de descuentos por razón de edad, para viajar con el IMSERSO, para haber terminado de pagar una hipoteca, para jubilarme, para poder ayudar en mudanzas o cargar la compra, para dejar de teñirme las canas, pero sobre todo, joven para tener el carné de gorda menopáusica.
Te has hecho mayor porque ya no soplas velas individuales, sino velas con número. Ya no te dicen “qué guapa eres”, sino “qué guapa estás”, y se dirigen a ti como SEÑORA, y no me refiero al “Señora” que se dice por educación. ¡Coño, que soy una CHICA! En lugar de reírte de los anuncios de Activia o de Vaginesil, te preguntas, ¿funcionarán? No te hace falta beber alcohol para sentir una constante resaca, y si decides salir, lo haces un viernes para tener todo el fin de semana para recuperarte de ese mal cuerpo que se te queda tras tomarte tres copas, que es la muerte en vida. Las 7 de la mañana ya no es la hora a la que te acuestas, sino a la que te levantas. Tu presupuesto de salir de fiesta lo destinas ahora a cremas caras. Los conciertos los ves mucho mejor sentada. Tienes más citas con el médico - porque a casa vieja todo son goteras -, que citas con el sexo opuesto, y en la sala de espera ya no te decantas por el Cosmopolitan, sino por la revista Clara. La velocidad de tu metabolismo se vuelve inversamente proporcional a la aparición de nuevas arrugas y centímetros en tu cintura, las canas ya no sólo pueblan tu cabeza, y al verte una abajo, piensas, ¿se me estará marchitando? Has cambiado el glamour por la comodidad, aunque salir a la calle sin maquillaje, es toda una temeridad. Eres toda una abuela cebolleta que utiliza refranes para hablar o expresiones en desuso de tu época como “¿De qué vas, Bitter Kas?”, “Alucina, vecina”, “Hasta luego, Lucas” o “Para adentro, Romerales”. Y todo lo que crees que pasó hace poco, en realidad ocurrió hace 15 o 20 años.
Pero a partir de los 40 suele aparecer también un sentimiento inmenso y notable: la aceptación de uno mismo. Te conoces más que nadie, sabes quién eres y cuáles son tus limitaciones, aprendes a reírte de ti misma y ya no te da la gana disimular ciertos defectos: son lentejas. Se gana en madurez y serenidad, se aprende a tener mano izquierda pero se pierden los pelos en la lengua, porque sabes que lo que se guarda y no se expulsa, detona en el cuerpo en forma de enfermedades. Aparece esa gloriosa e impune sensación de poder decirle a la gente lo primero que se te viene a la cabeza y quedarte más a gusto que un arbusto, porque te sientes auténtica. 

La sensación de invulnerabilidad se ha perdido, sabes que la eternidad es un cuento, haces inventario de lo que realmente es innegociable e imprescindible, y a partir de ese punto de inflexión te das cuenta de que es casi una obligación moral disfrutar cada momento, del respaldo de tu familia y de los amigos que se cuentan con los dedos de una mano. Sigues sin tener idea de qué va la vida, pero ya no hay tiempo para perderlo en tonterías. Comienza la edad de la liberación.

domingo, 13 de marzo de 2016

Nuestra bancada más frívola (y la libido de la política)


En los grupos de Whatsapp entre amigas cabe hablar de todo. En nada podemos pasar de comentar los últimos cotilleos, las tendencias de moda o las bondades de cualquier artilugio que nos recomendamos entre nosotras, a debatir sobre política, y de ahí derivar en los detalles de las fantasías sexuales de cada una.

Una de mis amigas opinaba que encontró a Albert Rivera especialmente guapo en el Debate de Investidura porque decía que le habían tapado muy bien la calva, y a colación de lo mono que estaba, confesaba que le da morbo la hornada de muchachos jovenzuelos de la nueva política.

Eso, y la pregunta de Nora -que siempre está a lo suyo- que se cuestionaba si Pablo Iglesias se habría follado a medio Podemos como se rumorea (“Errejón dijo que en Podemos hay mucho sexo” fue su argumento), fueron los detonantes para que  las demás empezásemos a analizar el nivel de follabilidad de cada miembro. Porque ellas se han acostado con un montón de políticos... en sueños, claro.

Y no sé, yo siempre he sido de fantasear con ídolos musicales, pero jamás me había planteado montármelo con un político. De hecho siempre he dicho que de haber tenido el dinero y un cuerpo que me acompañase, habría sido una groupie para irme de ciudad en ciudad detrás de mi ídolo. ¿Pero políticos? La crisis ha debido disparar alarmantemente nuestros niveles de depravación sexual.

Decía Kissinger, uno de los políticos más influyentes del siglo XX, que “el poder es el mejor afrodisíaco”. Mucho se ha hablado de la erótica del poder, pero lo cierto es que aunque los políticos nunca han destacado por ser un colectivo especialmente agraciado, se me ocurren unos cuantos ejemplos de dirigentes que se lo han montado estupendamente a pesar de no ser unos Adonis, como John F. Kennedy, Silvio Berlusconi, Nicolas Sarkozy o más recientemente François Hollande. Acostumbrados como estábamos a la calva y el barrigón, bien es cierto que la nueva remesa de políticos, “son como un soplo de aire fresco” en palabras de mi amiga Maya. Son los PILFS (Politicians I’d like to fuck), o sea, los “políticos a los que me gustaría follar”.

Largas colas de espera para estar a pocos metros de distancia para poder tocarles, abrazarles  y contárselo después a los nietos o compartirlo en las redes sociales; lágrimas de emoción, pósteres, revistas… ¡Es un debate de Podemos! En el congreso fundacional que se celebró en Vistalegre en octubre de 2014, a Pablo Iglesias hubo que sacarlo prácticamente en volandas. “Soy un militante, no un macho alfa”, decía en respuesta a los que le pedían liderar su grupo. Pero la sexualización de su discurso caló hondo entre las féminas, y una seguidora del Círculo de Esparraguera no pudo evitar agarrarle el culo con deseo a Pablemos en un claro gesto de “por mí y todos mis compañeros”. Allí también había perros que esperaban a ser acariciados por Pablo Superstar, cuya popularidad ya había adquirido tintes de estrella del rock.


De la misma manera que ocurre con futbolistas o actores, que por el mero hecho de ser famosos o de comenzar a tener éxito, disparan sus valores de atractivo, la fama de Pablemos podría estar desbordando nuestra percepción y nuestros sentidos. Porque Pablo Iglesias no tiene pinta de empotrador, no. Él ha aportado su coleta y el desaliño como iconos políticos, pero no es un macho alfa, sino más bien un macho alfalfa. No obstante, muchas le consideran 100% follable. ¿Qué está pasando?

La belleza, factor coadyuvante pero no determinante, representa una potencial ventaja para el éxito social; pero también es verdad que la perfección nos genera desconfianza e incredulidad. Sin ser precisamente un hijo de Apolo, el secreto de Pablo Iglesias está en la erótica de la palabra, su principal arma de seducción, en su comunicación no verbal rotunda, y en resultar improvisadamente sexy pareciendo accesible. La política, igual que el sexo, exige de seducción y conquista; y los políticos con más peso han sido casi siempre grandes seductores, y eso Pablo lo sabe. Pero a mis amigas igual se les ha olvidado que los grandes seductores no son siempre los mejores amantes.

- Yo en una noche loca y borracha me follaba a Pablemos… ¡y ya no digamos al melenas de Podemos! –escribía Paloma– Es que tiene pinta de follar sucio. Y noche loca…se presta a ello.

- ¡Agh! Yo pienso en follarme a Pablo Iglesias y me muero del asco, pero luego me acuerdo de un amante que tuve tan poco agraciado como él, y tengo que callarme la boca. Las cosas como son – contestaba Maya – Pues yo a Rivera y a Pedro Sánchez me los follaba tan ricamente. Y a Errejón…. Déjate. Ja ja ja ja. En fin. Yo ahora no me follaría a nadie en realidad.

- ¡Ay madreeeeee! – escribí yo adjuntando todos los emoticonos que hay con cara de susto o espanto. – Yo si tuviera que elegir, sólo a Rivera, aunque confieso que he pensado que Iglesias tiene pinta de montárselo bien. Porque le da mucho a la lengua.

-  Ja ja ja, ¡Rita y Rivera!. Pues fíjate que creo que Rivera debe follar fatal, pero aún así yo me lo follaba. Y también pienso que seguro que Iglesias folla de puta madre. Pedro Sánchez estándar –continúa Maya– Y con Errejón seguro que te ríes mucho. [Nota: Para mis amigas soy la “Condesa Roja Podemita”]

- Errejón es un sex freak y lo sabéis – decía Nora.

- Nunca me había planteado lo que decís de Errejón. Es que al pobre le he visto en tantos memes de bebé o con la mochila de Dora Exploradora que le veo asexual, como un angelico – escribí.

- Qué va, tía. Esos son los peores. Errejón es un salido – sentenciaba Nora.

Días más tarde de aquella conversación, aparecía casualmente un artículo en El Mundo que hablaba de los “Errejoners”, un club de fans en Internet del político que crece por minutos. Que tiemblen los “Believers”, “One Directioners” o “Auryners”, porque la nueva política tira abajo las puertas del Congreso para pasar a forrar las carpetas de los adolescentes y protagonizar los muros y time lines de las redes sociales.

Según el artículo, la cosa va más allá de la mera afinidad política –que haberla, hayla-, y los Errejoners idolatran al político como hombre público, pero como hombre ante todo.

"Si tuviera que elegir una cualidad de Íñigo, sería su forma de hablar. Me produce mucho placer oír su vocabulario, tan extenso, y su voz, realmente cautiva. Es capaz de convencer hasta al más incrédulo. La guinda del pastel es que es de lo más mono que hay por internet", dice M. Rafa. Otro de los miembros masculinos del club de fans, asiente: "Es una manera de captar nuestra atención: primero nos fijamos en él porque es atractivo, pero cuando le escuchamos nos terminamos de enamorar". Hay quien confiesa, incluso, que se pone sus discursos de fondo como quien pulsa el random de Spotify.

Está claro que la bancada podemita levanta pasiones.

- Sí, sí. Y además debe haber algo en tirarte al contrario, porque tengo una amiga super roja que siempre decía que los del PP le ponían muchísimo y se los follaría a todos, que le daban tanto asco que le ponía la situación – añadía Maya – Yo tengo ideología política pero mi sexo no. Ninguna.

- Muy fan de esa última frase. ¡Camisetas ya! Mae West no lo hubiera dicho mejor –remataba Nora.

- Sí, Errejón es como muy cuqui y yo no lo descartaba. Me lo he pensado mejor y creo que a Pablo Iglesias no le tocaba ni con un palo WIFI. Si tuviera que hacerlo, elegiría a Rivera – confesaba Paloma.

Albert Rivera obtiene así la mayoría absoluta y es el presidente, al menos de nuestras fantasías sexuales; e Íñigo Errejón tendría la vicepresidencia. Y si miramos más allá de nuestras fronteras, el que se lleva la palma es Yanis Varoufakis, cuyo nombre ha pasado naturalmente a ser “Varufucker”, por ese deseo irrefrenable de que nos empotre contra la pared. Los políticos se han humanizado, no tienen por qué sacarnos 40 años o ser repulsivos: son muy follables.

Claro que sí. Frente a la crisis política y económica, políticos sexys para olvidarnos un rato de la realidad que nos rodea. En una sociedad que consume en términos de mercantilización sexual, es fenomenal que los políticos entren en esa rueda, sobre todo si sirve para darnos alegría Macarena. ¡Que la Fiesta de la Democracia pase a ser Bacanal! De hecho, una encuesta llevada a cabo por una de las cadenas de tiendas eróticas más importantes, revelaba que 2 de cada 5 españoles de entre 18 y 35 años, decidían su voto por lo sexy que les resultaban los políticos. Se ve que en tiempos de incertidumbre, el capital erótico –entendido como un compendio de virtudes físicas, intelectuales y emocionales-, gana fuerza necesariamente: ¿Me lo follaría? ¿Sí? Pues le voto.

Total, confiamos nuestros votos a unos señores con traje y corbata muy serios que en vez de darnos soluciones, nos han traído miseria y mucha indignación. Dejemos de votar en función de un programa electoral que nunca se cumple, sino en base a desfiles en bañador, traje de noche y regional, y escojamos a unos buenos chulazos a partir de ahora para el gobierno de nuestro feromonazo.

- Yo es que además me imagino cómo deben oler todos. Rivera superbién tipo Hugo Boss. Pedro Sánchez también una colonia molona, pero algo más seco y fresco, no tan dulce; algo como Adolfo Domínguez o Massimo Dutti. Pablo Iglesias a rancio y humedad. Errejón por supuesto a Nenuco. Y Rajoy a Varón Dandy. Os voy a dar un titular: la nueva política me ayudó a recuperar mi libido. Pero basta ya, que entro a trabajar. Me lo he pasado muy bien charlando con vosotras, chicas – añadía Maya a la conversación.

sábado, 7 de marzo de 2015

Trascendental



Creo que fue en noviembre cuando empezó el declive. Los días grises combinados con la nostalgia que desde hace años siento que acompaña a las navidades –que por entonces estaban a la vuelta de la esquina-, no son el mejor cóctel para elevar unos ánimos ya tocados desde la vuelta de las vacaciones de verano.



Hablando con mi madre de los planes para las fiestas, invariables año tras año y de la pereza que éstos me producían, me preguntó qué pediría por Reyes:

- Pues no sé. Nada. Tengo de todo, no hay nada que me haga especial ilusión. Lo que quieran Sus Majestades – le dije.
- ¡A ver si te crees que cuando eres mayor y lo tienes todo te van a regalar cosas que te hagan ilusión! Los Reyes te traerán cosas prácticas – me contestó.
- ¿Eso es lo que pasa cuando te haces mayor, que ya no hay espacio para la ilusión y sólo queda la rutina y cosas prácticas?
- Hija, lo que queda es esa rutina que tampoco está tan mal, y las pequeñas cosas de la vida. Y regalos como calcetines, bragas o colonia, que siempre vienen bien.
Cuánto deseé volver a ser una niña ante una realidad tan poco sugerente.

***

Coincidí con mi primer novio y la que era su pandilla años ha, en una de las típicas reuniones navideñas. Veintidós años después, aquellos chicos de entonces se habían convertido en señores calvos, barrigones, bastante desmejorados y difícilmente reconocibles. El paso del tiempo parecía haber sido en cambio más benevolente con las chicas del grupo:
- Oye Rita, estás estupenda. Pero ¿qué ha sido de tu vida, te has casado, has tenido hijos? – me preguntaron todos.
- Pues no, la verdad es que no he hecho nada de eso. De hecho ni si quiera tengo un trabajo estable y vivo en un piso de alquiler, ahora compartido por cierto – tuve que responder.
- Ahh…

Recuerdo volver a casa aquella noche con cierta sensación de frustración, dándole vueltas a la idea de si lo único relevante que se podía haber hecho a lo largo de tantos años era formar una familia y procrear, tener una hipoteca y un trabajo formal para pagarla. ¿Y qué narices he hecho yo entonces?

***

Cuando era pequeña estaba convencida de que a los 25 años ya habría formado mi propia familia, con hijos adoptados de distintas nacionalidades incluidos. Aunque no tenía ni idea de a qué me dedicaría exactamente, me veía como una persona con éxito, y los primeros millones de pesetas que iba a amasar, soñaba con invertirlos en montar un albergue para animales abandonados. Como a todos, me enseñaron que a la gente buena le pasaban cosas buenas, y que si trabajaba y me esforzaba mucho, lograría mis metas.
Al llegar a la mediana edad a uno se le presupone maduro, con las ideas claras, la vida profesional asentada y la personal encarrilada y con un buen puñado de proyectos satisfechos.
Sin embargo me di cuenta de que tras casi cuatro décadas, a estas alturas mi vida no tenía nada que ver ni con todo eso que se me presuponía por edad, ni con aquello que me había imaginado.
Tras aquel encuentro con la pandilla de mi adolescencia, además de reflexionar sobre lo que había hecho hasta ahora, empecé a cuestionarme si los demás habrían sabido aprovechar mejor la vida que yo.

***

El 31 de diciembre amanecí enfadada no sé si conmigo o con el mundo, pero decidí no llevar a cabo ninguno de los rituales que solía hacer cada fin de año para atraer salud, dinero, amor o buena suerte. Para qué, si nunca habían funcionado realmente.
Al día siguiente mi madre ingresaba en el hospital por una insuficiencia respiratoria, mi perro esperaba desde hacía días fecha de intervención para quitarle un tumor maligno, mi hermana se retorcía del dolor por un herpes que le cubría la cara, y yo me cagaba en la vida desde la cama, enferma primero por faringitis aguda, después por una gripe que vino acompañada de una fiebre que duró una semana, y cuando apenas empezaba a recuperarme, por una gastroenteritis. - ¿Bienvenido, 2015? – me dije.

- ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estoy aquí? ¿De qué sirve estar si no me gusta lo que tengo? – me preguntaba en mis delirios febriles entrando en un bucle sin salida. Mis desvaríos acerca de todas las cosas que había dejado de hacer, se parecían más bien a los remordimientos en los estertores de la muerte.

Aunque las cosas marchaban más o menos bien una vez que los míos y yo superamos nuestros problemas de salud, tenía una sensación de insatisfacción generalizada, de aburrimiento constante, de no entender el propósito de una vida que ni si quiera había pedido, y eso me hacía sentirme profundamente egoísta y desagradecida.

Siendo consciente de mi mortalidad y sabiendo que es imposible volver a atrás en el tiempo, de repente me entraron las prisas y pensé que necesitaba hacer algo más con mi vida, pero no tenía claro el qué. Al caer en la cuenta de que los años habían pasado en un pis pas y que la vida no daba para todo, la sensación era que llegaba ya tarde para muchas cosas, porque el tiempo es limitado pero los deseos pueden ser infinitos. El futuro era ahora, y lo peor es que me encontraba cansada física y psicológicamente hablando, agotada emocionalmente como para hacer algo con él que mereciese realmente la pena

- ¿Por qué no me haces un hijo? Tú sólo tendrías que poner la semilla – le sugerí en un arrebato a un amigo pensando que igual era eso lo que me faltaba. Su gesto de estupefacción lo dijo todo.
- Ole tú y tu coño. Deja de pensar solo en ti misma, ¿no?

Tenía toda la razón del mundo, y la verdad es que empezaba a hartarme de mi ombliguismo y del autoconocimiento en el que llevo centrada tantos años, y seguramente era el momento de mirar más allá. ¿Y si no era el ego lo que me picaba, sino el alma la que me llamaba?

Si no habría hijo en el que volcar la mirada, tendría que pensar en otro objetivo que fuera igual o más relevante, como misión de vida. Se me pasó por la cabeza dejarlo todo y marcharme de cooperante a África; quizá me vendría bien también volver a valorar algo tan simple como tener agua potable saliendo del grifo para poder reírme de mis pequeños problemas del primer mundo y disfrutar de todo lo que me rodeaba. Pero me venía a la mente ese proverbio hindú que dice que “Si no eres feliz con lo que tienes, tampoco lo serás con lo que te falta”. – Mal, así vamos mal, Rita – me repetía. Anhelaba estar de servicio, ponerme en acción para hacer algo diferente, servir para algo, pero no tenía ni la más remota idea sobre lo que podía aportar ni por qué eso sería importante.

El futuro acojonaba y el miedo me paralizaba.

Si el país estaba en crisis, yo también. Lo mío era una especie de fiebre primaveral en pleno invierno, una sensación de letargo, de desequilibrio, y una Señora Depresión creciente. Atrapada en una vida vacía, insípida y aburrida, y agotada por no saber qué meta perseguir para alcanzar la realización personal. Creo que era Cortázar el que decía que “el peor sentimiento es no saber si esperar un poco más o rendirse”. Yo ya no quería tener un final feliz, sino serlo en ese momento, y como no lo era, decidí que era el momento de tirar la toalla. - ¡Me rindo, me he cansado de la vida! – le anuncié a mis amigos.

Lo peor de vivir una tristeza sin fundamentos, es que cuando la compartes, puede que tu entorno no te comprenda e incluso algunos resten valor al dolor juzgándolo de superficial. Tras un gabinete urgente de crisis con los amigos más íntimos, y viéndome que tendría que acabar medicándome si no tomaba cartas en el asunto porque aquello no era normal, seguí su consejo y llamé a la que durante muchos años había sido mi psicóloga.

- No es tan grave: Toc, toc. La crisis existencial de los cuarenta ha llamado a tu puerta – me dijo.

Es cierto que últimamente había notado que me preocupaban más mis arruguitas, mis carnes colganderas y las canas que no sólo empezaban a cubrir mi cabeza, sino otra parte de mi cuerpo y que para mí suponían el horror, el inicio del fin y de la decadencia. A partir de ese momento, parecía que todo sería ir cuesta abajo. Como buena desequilibrada que siempre me he considerado, no me extraña que también me tocase vivir ese bache, una crisis personal y existencial con todas sus letras, pero sonaba tan absurdo... A fin de cuentas todo mi tormento se reducía al típico “nunca he plantado un árbol, no he escrito un libro ni he tenido ningún hijo”; al deseo de trascender antes de morir.

Los diagnósticos siempre me han tranquilizado, eso sí, así que me puse a investigar sobre el tema. Una crisis existencial es un problema muy corriente que puede aparecer cuando las respuestas a ciertas preguntas sobre el significado y el propósito de la vida y sobre nuestra función en ella, no nos resultan satisfactorias y, por lo tanto, no nos permiten encontrar la paz interior. Son diversos los motivos que pueden generarla, y existen explicaciones científicas, sociales, espirituales y fatalistas al respecto. O te pasa porque sí.
Un estudio científico demuestra que existe la crisis de los 30, la de los 40 y la de cualquier edad que termine en cero, pero se producen antes del temido cumpleaños. De acuerdo con los resultados, la crisis de los 30 se convierte en la de los 29, y la de los 40 es en realidad la de los 39, y cada diez años nos suele dar la neura. La buena noticia es que las crisis existenciales son sinónimo de crecimiento, ya que gracias a ella reflexionamos, evaluamos alternativas, cambiamos conductas y nos planteamos nuevos objetivos en la vida.

Pues bien: para afrontar esta crisis he empezado a hacer lo que dicen los manuales y los expertos. He intentado mentalizarme de que eso de la edad es un estado mental, volviendo a salir de juerga nocturna alevosa para constatar a la mañana siguiente, mientras me tomo ibuprofeno a discreción, que los años pasan factura y que necesito dos días para recuperarme, pero qué bien lo pasemoh. Me he propuesto viajar más y saborear esas pequeñas cosas que me hacen gracia, empezar a hacer sesiones de meditación, decir más “gracias” y “por favor” que son gratis, y "perdón", particularmente a los que siguen a mi lado a pesar de todo. Yo que odiaba tanto las clases de gimnasia que siempre llevaba un justificante de mi madre -real o falsificado- para librarme de esa tortura llamada educación física, que nunca he practicado más deporte que el soffing o la "barra fija", pretendo a mis años transformar mis colgajos en músculo y me he apuntado a un gimnasio. Oficialmente he dejado de fumar, he modificado la decoración de mi dormitorio y me he cortado el pelo. Puede que sólo sean parches y que así contado suene muy superficial, pero de momento está funcionando.

***

En una de mis noches de juerga, conocí a un chico al que le fascinó mi trabajo como actriz de doblaje:
- ¿Te das cuenta de que esas grabaciones con tu voz perdurarán en el tiempo y que están al alcance de millones de personas que ya te habrán escuchado? Tiene que ser guay lo que haces, y poder trascender en la vida por tu trabajo – me dijo.

Quizá mi concepto sobre lo que es la vida estaba equivocado. Lo que tengo y lo que soy tampoco está tan mal, y ahora cuando me pregunto qué he hecho en estos 39 años de existencia tengo otra respuesta: vivir, que no es poco. And I did it my way.



domingo, 14 de diciembre de 2014

Perdón por no olvidar


Según el estudio LoveGeistTM paraMeetic, un 68% de los solteros europeos reconoce investigar en Internet a la otra persona antes de una primera cita. Hasta una hora y dieciséis minutos invertimos de media en buscar información, utilizando para ello al menos dos redes sociales diferentes.

Un nombre y sobre todo una dirección de correo electrónico, son suficientes para acceder a Facebook, Twitter, Instagram, Google+, LinkedIn, Flickr... hasta donde el propietario te permita ver. Y toda su vida (o casi toda), como la tuya está ahí expuesta para saciar nuestra curiosidad; no hace falta ser malintencionado para encontrarla.

Así que cuando dejamos lo digital a un lado y nos decidimos a pasar a la acción en directo, uno no está teniendo una cita a ciegas, sino más bien “a tuertas”. Ahora cuando conoces a alguien en vez de sorprenderte y descubrir poco a poco los pequeños detalles que le conforman, nos saltamos ese largo proceso para entrar de forma exprés en la vida de esa persona a golpe de clic, dejando a un lado el misterio.



Yo misma caí en el error de permitirle a uno de mis candidatos a príncipe azul el acceso a toda esa información, haciéndonos amigos de Facebook, siguiéndonos en Instagram, y hablándole de este blog. Hice lo propio y cotilleé por encima sus tropecientas fotos, tomando nota de los sitios que solía frecuentar, los conciertos a los que había asistido, los lugares a los que había viajado, o fijándome en las caras femeninas repetidas para determinar quién podría ser susceptible de ser su ex. Tener cierta información puede dar la sensación de creer conocer al otro, lo suficiente como para concluir que podría encajar con mi plantilla de hombre ideal, cuando en realidad no sabía quién era esa persona ni si la supuesta ex era en su hermana, por ejemplo. En nuestro primer y único encuentro, se produjo una situación incómoda cuando al comentar algo de mi vida privada para darme a conocer, el otro asintió aportando detalles que ya había leído o visto en fotos. ¡Por Dios, "Romeo", podrías disimular un poco! Supuestamente yo no te he dado toda esa información que pareces haberte estudiado - pensé. Yo también había echado un ojo a “su vida”, sí, pero siendo consciente de lo psicopático del asunto y por lo tanto, lo tremendamente necesario guardármelo para mí con tal de no espantarle. Todo se volvió antinatural, y no hubo manera de sacarlo a flote.

Procuré preservar mi “privacidad” con los siguientes candidatos obviando que escribía en un blog y rechazando invitaciones de amistad por lo menos hasta el primer encuentro, para intentar sorprenderme y emocionarme. Pero mis orígenes de rubia boba hicieron que se me escaparan algunos cabos.  
Solía comunicarme tanto por email como por whatsapp con el precursor de la compra de mi flamante colchón. Una tarde me escribió un mensaje que no acabé de entender diciendo no se qué de que no podía quedar ese día y que aprovecharía para leer mi blog.
- Creo que este mensaje no es para mí – le respondí - ¿Quedar? ¿Leer mi blog? ¡Si yo aún estoy de vacaciones y no vuelvo hasta el sábado! ¿De qué blog me hablas?
- Sí, te dije que hoy había quedado son unos amigos, pero te cuento que lo hemos pospuesto, con lo que hoy tarde de blog. El tuyo – contestó.
- ¿Cómo sabes que tengo un blog y cómo has llegado a él?
- Mujer… está enlazado en Gmail.
- ¡¡Nooooooo!! ¡¡Mierda!!

Evidentemente firmar con un alter ego en el blog no es suficiente medida para conservar mi anonimato si está enlazado con una cuenta de correo que contiene mi nombre y apellido real, pero pasé por alto ese detalle. Gran error.

Me entró la paranoia y me dio por googlear mi nombre y apellido, observando horrorizada todo lo que la red vertía sobre mí, dejando al alcance de todos fotos lamentables de hace años, mi rastro por infinidad de portales de encuentros, o “me gusta” a demasiados guilty pleasures. Dicen que la gente muestra en Internet su mejor cara: pues el señor Google debe tenerme manía, porque en mi caso era todo lo contrario. Incluso uno de los primeros resultados asociados a mi nombre, habla de una ex numeraria del Opus y aparece una señora de sesenta y pico años, sin ser yo nada de eso. La describen como encantadora, eso sí. Tiene gracia que teniendo un nombre y apellido poco común, haya otra yo en la Red que no soy yo. Imagínate que uno de mis candidatos me investiga y se cree que soy ella. Una locura.

Mi nivel de estupidez era tal, que hasta hace poco usaba el mismo nombre de usuario en todas las redes sociales, creyéndome super original por haber inventado un nickname que jamás me supondría un problema escoger. Lo malo es que también lo utilizaba en Tinder, Badoo, Meetic, etc. o en el Apalabrados, y así me pasaba, que me encontraba a menudo coincidiendo en partidas con señores cuyas flechas de Cupido había rechazado previamente en otros lugares, que me atosigaban por el chat del jueguecito: “¿Pero tú no eres “Fulanita”? He visto que buscas pareja en tal portal, qué casualidad. ¿Me das tu teléfono?” era lo típico; o peticiones de amistad de gente a la que no había visto en mi vida. Yo era el denominado “usuario a porta gayola”, es decir, de los que no ocultan sus datos personales y aceptan las condiciones legales de todas las páginas que visita sin leerlas. Está claro que nunca podré formar parte del CNI como el pequeño Nicolás.

Con esas, cambié mi nombre de usuario en las distintas redes, pero se me pasó modificar la dirección de correo electrónico asociado a éstas, así que seguía en las mismas. Borré manualmente cientos de fotos, vídeos o chorradas varias contenidas en páginas y perfiles del pleistoceno como Myspace o Fotolog, y aunque haya dado de baja esas cuentas, muchas de mis “miserias” siguen estando colgadas en Google para destrozar mi reputación. Cambié también el correo electrónico de las redes sociales en las que sigo participando y sus correspondientes contraseñas, pues mi empeño era intentar borrarlo todo o al menos restringir su acceso. Eliminé además a algunos contactos con los que ciertamente no tengo relación alguna porque no me apetece que sigan al tanto de mi vida. Y tampoco funcionó.

Creía que Facebook estaba cachondeándose de mí y de mi afán por querer olvidarme de ciertas cosas y personas del pasado, porque me he dado cuenta de que últimamente me sugiere como amigos a ligues de una noche, o a personas con las que no pasé de intercambiar más que unos mensajes en algún portal de encuentros. Se ve que si agregas tu número de teléfono en Facebook para poder “mantener la seguridad y autenticidad” de tu cuenta, te asocian con todos los contactos de tu agenda, y aunque hayas borrado alguno, guarda las sincronizaciones previas, así que es normal que al entrar en Facebook te encuentres son esas personas que te saludan con su mejor cara en la foto de perfil, con su nombre y apellido; esos que almacenaste como “Fulanito” de apellido Tinder, Badoo o lo que fuera porque no sabías mucho más. Si te quedó alguna duda de si hiciste bien o mal cuando le diste puerta, Facebook te brinda la oportunidad de pensártelo mejor, con la ventaja de que esta vez sabes su nombre completo, así que puedes buscar información sobre ellos y hacer que la rueda vuelva a girar… si quieres y si te convence lo que averigües. Tiene guasa la cosa, y no soy yo la única a la que le ha pasado. 

He intentado investigar -en Google por supuesto- cómo proteger mi privacidad, y me hablan de conexiones anónimas a través de VPN, DNS y proxies, encriptar no sé qué o un tal Tor, y esas cosas me suenan a papiloma humano y virus malos, a puta en inglés, jeroglíficos y al marido de la Pataky, así que no sé, no entiendo nada. Me doy por vencida en mi batalla contra la tecnología.

La privacidad en Internet no existe, y el único modo de mantenerla sería no usando Internet en absoluto, pero somos una sociedad formada por narcisistas y voyeurs a los que en el fondo nos gusta mostrarnos, ser observados y fisgar a otros. ¿Nunca has deseado que un ex te vea feliz en las fotos de tu nueva vida presumiendo de nuevo chulazo?

Pequé de soberbia, creyendo que no tenía nada que ocultar; de pereza por utilizar el mismo nombre de usuario y contraseña en cada servicio, por no borrar el historial de navegación o no cerrar sesión. Peco de ignorante por no esforzarme en entender los términos de uso de las páginas en las que me registro y que acepto sin conocer; de avariciosa por querer estar conectada a todo. De cotilla. Normal que digan que Internet es el diablo, si todo son tentaciones. Pero entono el mea culpa.


FUENTES:
http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2014-01-03/los-siete-pecados-capitales-que-ponen-en-riesgo-la-privacidad-en-internet_71965/
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/17/actualidad/1363555505_736818.html