jueves, 21 de septiembre de 2017

Limbo


Cuando nací… bueno la verdad es que no recuerdo aquel día. En mi cartilla pone que nací el 6 de junio de 2006 en Barcelona. Fuimos varios hermanos, y a las chicas enseguida se las llevaron no sé bien a dónde. A nosotros no nos dejaban pasar mucho tiempo con mamá. Nos llevaban cada día a un pequeño cubículo de cristal lleno de papeles de periódico por el que veíamos personas pasar. Mientras mis hermanos se volvían locos mordiéndose los unos a los otros, yo prefería jugar solo o roer cosas.
Un día me vio un tío con gafas a través del cristal. Recuerdo cómo sonreía mientras me miraba. Era una sonrisa bonita. Un rato después no sé cómo estaba saliendo de aquel lugar que tan poco me gustaba dentro de su mochila. ¡Guau! Había tantas luces, ruidos y cosas por descubrir que quise saltar, pero el tío de gafas no me dejó. Me llevó a una casa muy bonita, y mientras me ataba un lazo rojo de lentejuelas al cuello, me explicó que era un día muy especial y que iba a conocer a una persona que me iba a encantar.
Y entonces llegó ella. Me cogió en brazos y me acercó a su pecho… ¡esas dos montañas eran un millón de veces más cómodas que nuestra cama de papel de periódico! Tan calentitas, tan blanditas… Y no olían a pis, sino a un olor maravilloso que aún hoy recuerdo. ¡Vaya si me encantó esa persona! Había más manos por ahí acariciándome, pero el amor que sentí con ella fue tan reconfortante que la elegí, y desde entonces nunca más quise separarme de ella. No volvería a ver a mi mamá, pero ella sería mi “mami”. Es absolutamente fantástica, podría pasarme horas mirándola embelesado. No quisiera irme nunca de su lado.
En aquella casa había unas sillas de mimbre con unas patas deliciosas, y las personas que vivían conmigo solían dejarse calcetines y otras cosas esparcidas por el suelo, y a mí me encantaba acumularlas en mi cama. También había una terraza estupenda, y una de las personas que vivía en casa me construyó una escalera con enciclopedias para que pudiera salir porque el escalón era muy alto para mí. Me decían que todavía era muy pequeño para bajar a la calle, pero a mí eso ya me parecía el paraíso.
Había otra persona con la que jugaba muchísimo que me hablaba raro y me llamaba “little buddy”. Era guay. Y luego estaba el tío de gafas, mi querido y adorado tío Vic. Nos une un lazo muy especial y siempre me he derretido con él. Me da cosa decirlo, pero más de una vez se me ha escapado el pis de la emoción al verle. Me pasa a veces con mis personas favoritas.
Allí se celebraban muchas fiestas y reuniones; era divertido, porque siempre venían personas nuevas que jugaban conmigo o me hacían carantoñas. Por eso siempre me he excitado tanto cuando sonaba el telefonillo. Tengo tal obsesión, que si se escucha un telefonillo en la tele, reacciono.
Luego me mudé a otra casa con mi madre adoptiva y el que me hablaba raro, al que con el tiempo acabé llamando “daddy”. Aquella casa no tenía terraza, pero cerca había un parque precioso por el que me encantaba pasear. Eso sí, recuerdo con horror cuando venían otros perros… ¡qué manía con abordarme y querer olerme el culo! Aprendí que si chillaba como una loca conseguía espantarles, y si no, daddy me cogía en brazos y me salvaba de los más insistentes. Siempre me gustaron más las personas y sus modales, la verdad. Por la calle lo habitual era que todos me piropeasen y se agachasen para regalarme caricias o rascarme las orejas. Nada que ver con lo de los perros.
Me gustaba viajar en moto con mami por la ciudad, observarlo todo y dejar mi pelo al viento. De vez en cuando me colaba en el concesionario del barrio para subirme a las motos en exposición y evaluar su comodidad. No me gustan las Vespas, porque no tienen el suelo plano.
También he ido en bicicleta, en avión, tren, barco, lancha, coche y ascensor. No sé cómo funciona, pero yo me montaba ahí y aparecía en un sitio nuevo. Es increíble, todos deberían probarlo. He conocido la nieve, la playa, la montaña, distintas ciudades, y me he bañado no con mucho gusto en mares, océano, ríos, piscinas, charcos y bañeras. He viajado mucho y tengo fotos en un montón de sitios, porque además se me daba muy bien posar.
Cuando mami y yo vinimos a vivir a Madrid, estuvimos un tiempo en la casa de mi abuelita, que tenía unas alfombras comodísimas. La abuelita me ha estado cuidando cuando mami trabajaba o se iba de viaje. La quiero muchísimo. Adoraba ir a verla recién bañado y peinado porque se deshacía en elogios sobre lo guapo que estaba, y también salir a desayunar churros con ella a escondidas de mami. Siempre he sido un chico bastante mimado.
La casa en la que he vivido los últimos siete años es mi favorita. Tengo una cama estupenda donde cabemos perfectamente Pato y yo, una terraza gigante, una vitrina que me ha servido de guarida debajo de la que me escondo cuando tengo miedo de las moscas o de quedarme solo, y además toooodo huele a mami. Por aquí he tenido la suerte de reencontrarme con mi tío Vic y el tío Sebas, siempre tan cariñosos y protectores conmigo. Ellos me han dado dos primos perrunos que me han hecho reconciliarme un poco con mi especie, sobre todo mi colega Archi. Mami también me ha dado tres primos humanos a los que conozco desde que nacieron. Me enorgullece haberles enseñado a gatear, y me encantaría poder seguir viéndoles crecer felices. Sólo a ellos les he consentido tirones de orejas y rabo o manotazos, e incluso les he prestado a mi mejor amigo Pato para jugar.
Por mi vida han pasado muchas personas que me han querido mucho, porque mami ha seguido haciendo reuniones y fiestas en casa. La última, a la que acudieron casi todas mis personas favoritas, fue en mi honor. Aunque fue bonito, reconozco que no me sentía muy animado. Después de comer dos hamburguesas se me cerraban los ojos y lo que me pedía el cuerpo era tumbarme en mi puff. 
Hace algo más de un año que empecé con mis achaques: me operaron de una cosa en una pata y tuve que llevar unos días un disfraz de antena parabólica, no sé bien por qué. Luego fui al dentista pero no sería muy bueno porque regresé a casa mareadísimo y con menos dientes. Me salió un bulto detrás del cuello que se puso enorme y me lo quitaron. Me volvió a salir y me lo volvieron a quitar. Dos cirugías en apenas tres meses. Ahora soy Frankenweenie y el bulto ha vuelto a aparecer. Esta vez han decidido no operarme y me han estado llevando a un sitio donde me hacían pruebas raras pero me trataban muy bienUn día me inyectaron una cosa que me sentó fatal, tanto que perdí mi bonita barba. Mami me da medicinas y desde entonces se me han quitado un poco las ganas de comer y apenas tengo energía. A veces no me encuentro muy bien pero me tengo que hacer el fuerte porque mi trabajo es alegrar a mami.
Antes de esa fiesta pasé un fin de semana realmente malo y vi a mami muy preocupada. No hacía más que llorar, escribir mensajes, hablar con personas y volver a llorar. A mi eso me parte el corazón, no puedo verla así, así que me escondía todo el rato bajo su cama. A la mañana siguiente me llevaron al médico y por primera vez no quise entrar. Se les veía a todos muy serios. Así que me esforcé por demostrarles que estaba bien para alegrar a mami y les hice unas cuantas monerías para salir de ahí cuanto antes.
Últimamente las fuerzas me fallan cada vez con más frecuencia y mami vuelve a estar muy triste. Sé que a ella le pone contenta verme salir de la cama, así que me esforcé de nuevo y debió de funcionar, porque esa noche cenamos pizza. ¡Comí pizza, y no me refiero sólo a los bordes! Me sentí tan feliz y agradecido por el día que habíamos pasado juntos que me acurruqué a su lado y le di muchos besitos. El dolor me había estado quitando hasta las ganas de esos momentos. Al día siguiente pasamos una mañana genial con mis tíos Vic y Sebas en un parque en el que nos hicimos muchas fotos y me dieron un montón de galletas. Luego no sé por qué me llevaron otra vez a ver al médico. Hacían que estaban felices y me decían cosas dulces, pero todo parecía muy extraño. Escuché a mi médico decir algo así como “es el momento perfecto” y eso me tranquilizó, pero volvieron a hacerme el truco en el que mami me besuquea y acaricia, y entonces el médico me coge desprevenido y me pone una inyección. Siempre pico. Luego he empezado a sentir mucho sueño, mami me ha cogido en brazos y mis tíos me han estado acariciando. ¡Oh, qué gustito! Ahora tengo la imagen fija de mami, la escucho cómo me dice lo muchísimo que me quiere mientras me besa y acaricia, y estoy teniendo un sueño muy raro en el que estoy curado, no me duele nada, y escribo y cuento todo esto. Es un sueño bonito porque no puedo ser más feliz. 


(Indo, mi cariño, mi amistad. Fallecido el 16 de septiembre de 2017)

6 comentarios:

  1. Muy bonito, mari. Muchos ánimos. Él está feliz :)
    Pulpi

    ResponderEliminar
  2. No he podido evitar soltar alguna lagrimilla. Sé perfectamente el vacío que dejan cuando se van. Hay que quedarse con los años de felicidad que nos han dado. Mucho ánimo y poco más puedo decir. Un beso grande.

    ResponderEliminar
  3. Lo siento, Rita. Hace año y medio perdimos a dos, padre e hijo. Aún no lo he superado. Me alegro de volver a leerte pero siento que sea con un tema tan tan triste.
    Un abrazo enorme.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Dos! ¡Uff...! Gracias por seguir perdiéndote por aquí. Besos.

      Eliminar

No te cortes, di lo que sea que aquí no hay censura