jueves, 23 de enero de 2014

Mi abuela es fan de Depeche Mode


Tengo una amiga a la que le saco 13 años y que me llama “abuela”. Siempre creí que lo hacía por la diferencia de edad, por lo maruja y casera que soy o porque preparo pucheros y reparto tuppers entre mis allegados o soy de las que le pide al otro que envíe un mensaje para saber que ha llegado bien; pero desde hace una semana, creo haber entendido el verdadero porqué del concepto: “abuela” es alguien que puede contar batallitas que sucedieron antes de que nacieran sus “nietos” o cuando éstos eran muy pequeños, y sorprenderles.

Sí María, aunque alucines, yo viví la época de la tele en blanco y negro, con dos únicos canales y sin mando a distancia, aunque tengo que decir que en mi casa siempre tuvimos control remoto. Se llamaba “Beatriz”: Beatriz pon la tele, Beatriz cambia de canal, Beatriz sube el volumen…

En mi época la tele no era la caja tonta que es ahora; en la parrilla de programación había cabida para la música, la creatividad, las películas y las series de culto, y para los niños de mi generación, llegó a ser una parte esencial de nuestra educación. Aprendimos lo más básico con “Barrio Sésamo”,  empezamos a respetar y a amar a los animales gracias a Félix Rodríguez de la Fuente con “El Hombre y la Tierra”, y  artistas de vanguardia -precursores de la movida madrileña-, y que hoy son parte de la historia del pop de nuestro país, por fin nos trataron como “mini-adultos” en “La Bola de Cristal”, sin presuponer rasgos de estupidez por nuestra corta edad o falta de experiencia, enseñándonos a razonar, a apasionarnos por la lectura, y sobre todo por la música. Con “Tocata” empecé a abrir aún más las orejas.

A finales de los 80, en mi cole lo que más abundaba eran los niños “normales” (o sea, pijos) que escuchaban a Mecano o a Hombres G; los que eran un poco más sofisticados, fanáticos de U2 o Bruce Springsteen; los heavies que iban por libre y con los que casi que era mejor no juntarse porque solían ser balas perdidas; y luego un pequeño grupo de siniestros que vestían de negro y vagaban por los pasillos como almas en pena, que escuchaban música oscura hecha con sintetizadores. Confieso que fui una de esas niñas pijas durante mucho tiempo y que amé con locura a David Summers, pero lo que de verdad quería – y esto es aún más inconfesable- era ser rarita y siniestra, y creo que en esto tiene mucha culpa Alaska y “La Bola de Cristal”.

El caso, que no recuerdo exactamente cómo, cuándo ni por qué cambié los lazos de lana de Don Algodón que decoraban mi pelo y los calcetines de rombos a juego por el negro total; el “sufre mamón, devuélveme a mi chica o te retorcerás en polvos pica-pica” por cosas como “girl of sixteen (…) slashed her wrists, bored with life” (chica de dieciséis años se corta las muñecas, aburrida de la vida). Pero pasó.



Quizá viera la actuación de Depeche Mode en “Tocata”. Sólo sé que jamás me identifiqué tanto con unas letras que parecían escritas a mi medida, yo que iba de atormentada por la vida. Odiaba la vida y amaba la muerte, me apasionaban las películas y la literatura de terror, la música oscura o de letras deprimentes, y todo lo que supusiera unas cuantas vueltas de tuerca más. Sí, todos tenemos nuestras taras… Y en ellos encontré la salvación, o algo así.

Cuando aún no habías nacido, nietecilla, asistí a mi primer concierto de Depeche Mode en su “Tour For The Masses”. Tengo que reconocer que el otro día me mareé y todo al echar cuentas de los años que habían pasado, y tuve que recontar varias veces, porque me faltaban dedos de mano para hacerlo. Que me imagino que por entonces no había restricciones en el tema de la edad para ir a un concierto, porque yo tenía sólo 12 años. Me acuerdo de que mi amiga Ana y yo nos esforzamos en parecer unas auténticas siniestras, y que nos acojonamos al llegar al desaparecido Pabellón del Real Madrid: ¡Joder, nos van a descubrir!- pensábamos. Si hasta nos planteamos vender las entradas porque nos daba miedo entrar ahí. Pero lo hicimos, y a las 11 de la noche estaba de vuelta en casa, pero ya me había convertido. 

Porque ser fan de Depeche Mode suponía mucho más que el hecho de que te gustara su música: era una especie de religión, que iba acompañada de cierta estética y gustos culturales y musicales muy particulares. Podías escuchar otra música del estilo como Nitzer Ebb, Erasure, The Cure, Kraftwerk o New Order, pero Depeche Mode eran DIOS.

Vince Clarke fue el papá de la criatura, que se fue de la banda tras el primer disco y nunca volvió; y Martin L. Gore la mamá, la que de verdad ha criado y creado al grupo, un auténtico poeta que escribe como nadie sobre el amor, la religión o el sexo, temática habitual de sus composiciones. Dave Gahan es todo ese amor de papá y mamá hecho carne y hecho voz, ¡y menuda voz! Alan Wilder era el hermano mayor que dotó al grupo de sus sonidos oscuros más característicos, cuya labor de producción llevó a la banda a lo más alto, pero en 1995 acabaron tirándose los trastos a la cabeza y abandonó el proyecto. Las malas lenguas dicen que “Useless” está dedicada a él y a sus pretensiones tras dejar el grupo. (Temazo, por cierto). Y luego está Andy Fletcher, que aún hoy sigo sin tener claro cuál es exactamente su papel en el grupo, aparte de producirme como ternura cada vez que le veo… ¿tocar? El sonido de Depeche Mode es una maraña de texturas electrónicas, una fórmula de baile y dramatismo en la que se combinan a la perfección los fríos sintetizadores con una de las voces más cálidas.

Después vinieron las giras “World Violation”, “Devotional”, “The Singles”, “Exciter”, “Touring the Angel” y “Tour of the Universe”. Y no falté a ninguna de ellas, repitiendo incluso en algunos festivales. Entre medias me enamoré de un chico del cole sólo porque era clavadito a Dave Gahan y le escribía cartas anónimas de amor que por cierto jamás fueron correspondidas. Cuando el grupo pasó unos meses en Madrid en el 92, grabando su disco “Songs Of Faith And Devotion”, a mi padre, que era muy musiquero también, le hizo mucha gracia la aventura que le conté: lo que me supuso coger un autobús hasta La Moraleja para ver si encontraba el chalet que estaban utilizando como estudio de grabación, tarea imposible porque La Moraleja es una urbanización enoooorme, y le expliqué que lo que de verdad necesitaba, era alquilar una vespino para que no se me escapara ninguna casa, poder llegar a ellos y contarles lo importantísimos que eran en mi vida; pero se ve que eso no le hizo tanta gracia y me dijo que tururú a lo de la moto. Realmente yo estaba tocada del ala.

Afortunadamente, con el tiempo todos evolucionamos, y Depeche Mode y yo quizá ya no sigamos la misma dirección y he obviado sus últimos discos. De hecho ni si quiera he escuchado el último, “Delta Machine”. Menuda fan de pacotilla, la verdad. Para cuando quise reaccionar y comprarme la entrada de su última gira, ya estaban agotadas. Y admito que cuanto más se aproximaba la fecha de sus conciertos en Madrid, más rabia me empezó a entrar y hasta me planteé intentar conseguir algo en la reventa, pero los precios me echaron para atrás. ¡Joder, tantos años siguiéndoles, y por primera vez me iban a poner falta! 

Serán cosas del destino, pero el pasado viernes 17, día en el que iban a dar su primer concierto en Madrid, a la hora de comer recibí el mensaje de una amiga que me anunciaba que tenía una entrada para mí. Y encima gratis. ¡Arréate!

No es porque sea fan, pero ir a un concierto de Depeche Mode debería ser un “must” en la vida de cualquiera. Porque son los padres del rock electrónico, porque son leyenda viviente, un grupo de culto, y hay pocas bandas que tras más de treinta años de actividad, sigan en tan buena forma. Son animales de escenario que suenan compactos en directo, máquinas en las que no hay lugar para los fallos y sus presentaciones se caracterizan por acompañarse de elegantes y cuidadas puestas en escena del sello de Anton Corbijn que es imposible que te dejen indiferentes.

No corren riesgos innecesarios, son predecibles y funcionales para lo bueno y para lo malo, apostando siempre por repertorios pensados para satisfacer a su amplia variedad de público. Siempre consiguen llevar al delirio al respetable. Seleccionarán setlists que mantienen prácticamente invariables durante todas sus giras, en los que seguro aparecerá “A Question Of Time” que Dave bailará dando vueltas como una peonza; “Personal Jesus”, donde el público se desgañitará cantando “reach out, touch faith” extendiendo el brazo en un gesto simbólico; Martin tendrá sus momentos de gloria -ceremonia obligatoria en cada concierto- e interpretará en solitario una o dos canciones en versión acústica. Con suerte, habrá algún guiño a los fans más devotos con una cara B o temas de sus primeros discos; y con casi toda seguridad acabarás el concierto en una apoteosis final al son de “Never Let Me Down Again” con un mar de brazos agitándose como si fuera un inmenso campo de maíz azotado por el viento. Las excelentes proyecciones en conjunción con las imágenes en directo de la banda y que encajan perfectamente con la música, te dejarán boquiabierto. Andy Fletcher será una figura hierática que sólo se moverá de vez en cuando para dar palmas desacompasadas. Comprobarás que sólo hace falta que Dave Gahan mueva un poco sus caderas o se desprenda de su ropa y se presente a pecho descubierto y enseñe tatuaje, para tener a hordas de histéricas chillando, entre las que por supuesto yo me encontraré. Descubrirás que es uno de los mejores frontman del mundo - eso él también lo sabe-, y su voz potente y sólida te sobrepasará. Y a mí me incitará una vez más a pedirle un hijo. Eso es así.

Leía por ahí que de unos años a esta parte, los conciertos de Depeche Mode son como las películas de Woody Allen: siempre sabes con lo que te vas a encontrar. Lo importante es que a pesar de todo eso, te sigan emocionando. ¿Cómo no hacerlo si cuando tocan sus canciones, también están tocándote recuerdos de tu vida? Me sigo poniendo nerviosa cuando se apagan las luces y salen al escenario. Cada uno de sus espectáculos es un concierto vibrante con un repertorio enorme como sólo puede tener alguien con más de 200 canciones a sus espaldas, muchas de ellas himnos generacionales. A sus 52 años Dave no ha perdido su mojo y sigue conquistando, Martin sigue emocionando y Andy me sigue produciendo mucha ternura. Llegan, llenan y triunfan. Y una vez más, volví con una sonrisa a casa.



SETLIST:

Welcome to My World (Delta Machine)
Angel (Delta Machine)
Walking in My Shoes (Songs of Faith and Devotion)
Precious (Playing the Angel)
Black Celebration (Black Celebration)
Should be Higher (Delta Machine)
Policy of Truth (Violator)
Slow (Delta Machine), en versión acústica cantada por Martin.
But Not Tonight (Black Celebration), en versión acústica cantada por Martin.
Heaven (Delta Machine)
Behind the Wheel (Music for the Masses)
A Pain that I’m Used To (Playing the Angel), versión remix de Jaques Lu Cont.
A Question Of Time (Black Celebration)
Enjoy the Silence (Violator)
Personal Jesus (Violator)

Bises:

Shake the Disease (The Singles 81-85), en versión acústica cantada por Martin.
Halo (Violator), versión remix de Goldfrapp.
Just Can’t Get Enough (Speak&Spell)
I Feel You (Songs of Faith and Devotion)
Never Let Me Down Again (Music for the Masses)

Sigo echando en falta más variación y espacio a la sorpresa, no me gusta que se empeñen en destrozar canciones con remixes, agradecí que en el repertorio evitasen su anterior trabajo y que no se centrasen exclusivamente en “Delta Machine”, y desearía que dejasen hueco a muchas canciones que jamás he escuchado en directo, eso es así también. Pero nietecilla, ya puedes presumir y actualizar tus redes sociales, contando que tu abuela sigue siendo una fan de Depeche Mode. ¡Y a mucha honra!


jueves, 16 de enero de 2014

Felicidad(es)


Mi primer año como blogger significa 37 entradas, 43 seguidores visibles, no sé cuántos invisibles, 481 pruebas de feedback y de que hay alguien al otro lado leyendo porque dejó su comentario, 9.929 visitas en total en mi blog de entre los más de 50 millones de blogs que hay en todo el mundo, y que si escribes “ironías” en Google, “Entre ironías, sudores y sinceridades” sea la sexta entrada que aparece en los resultados. Marea un poco saber que haya tantos ojos siendo testigo de mis pajas mentales, tengo que decirlo.

Desde que decidí empezar a darle a la tecla, he pasado infinitas horas menos frente a la tele zapeando o perdiendo el tiempo en cualquier otra tarea improductiva. Como procastinadora profesional, escribir un blog podría ser una excusa más para dejar de hacer algo realmente importante, si no fuera porque:

- Para alguien que sufre de incontinencia verbal, no hay nada mejor que poder decir lo que le da la gana y cuando le apetece. Y encima soy siempre que quiero la protagonista. He creado mi propio reality show.

- Tener un blog me ha supuesto conocerme mejor, y por extensión, le ha permitido lo mismo a todos los que se han parado un ratito por aquí, sean amigos o no. Hola, no me llamo Rita de verdad, y a pesar de que muchas historias las adorne, utilice la literatura para cambiar ciertos detalles y ponga cuarto y mitad de exageración andaluza, en definitiva mi esencia es todo lo que he venido publicando por aquí, y con mis escritos he ido apuntalando mi identidad. He sido capaz de plasmar pensamientos que me desbordaban, o de escribir las palabras que jamás me atreví a decir en directo, y eso desde luego que me ha permitido ahorrar mucho dinero en terapias psicológicas, encontrando cierta curación en el abecedario.

- Este rincón me sirve de memoria, he creado un disco duro externo de muchas de las cosas que he vivido, y para una que tiene memoria de pez y que ya no tiene edad para escribir diarios y esconderlos bajo la cama, es realmente útil. Y el hecho de escribir, es en sí mismo un ejercicio de memoria, así que ya no tendré que comer rabos de pasas. (Los otros me los seguiré permitiendo).

- No he recibido más que alabanzas, ánimos y cariño en todo este tiempo que insuflan mi ego, y a pesar de que -no sin miedo- he dejado de moderar los comentarios del blog, aún no he tenido ninguna experiencia desagradable ni me han spammeado desde Rusia con “amores de previo pago”. Tengo que admitir que cada nuevo comentario o seguidor, me hace casi la misma ilusión que recibir un mensaje inesperado de amor de alguien a quien quiero.

- El blog se ha convertido en una apasionante motivación; disfruto mucho dejándome atrapar en mis pensamientos tratando de hilarlos con coherencia, creando “algo” desde el sofá, y sólo con el portátil sobre las piernas. ¿No dicen que para sentirse realizado, uno tiene que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo? Bueno, pues yo tengo mi mini huerto, un blog y un perro, que es mi versión sui géneris de ese cuento. Y fíjate que con el blog, igual he descubierto una nueva vocación, que una siempre llevó el arte en sus venas. Me ha permitido desarrollar mi creatividad en un ámbito que desconocía totalmente, experimentar y evolucionar como contadora de historias.

- El relativo anonimato me permite desinhibirme al creerme invisible, y me atrevo a contar cualquier barbaridad y a pasearme por aquí en pelotas, aunque paradójicamente lo que escribo puede ser visto por mucha gente, e incluso le ha llegado a mi madre. De hecho las estadísticas dicen que ahora mismo hay un chino leyéndome, ¿mola eso o qué? Como decía Oscar Wilde, “que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen”.

- He leído historias maravillosas que me han enriquecido navegando de blog en blog, y gracias a ello he conocido virtualmente a otros blogueros, con los que a base de intercambiar comentarios, se ha creado un cierto vínculo de amistad, y nunca se debe rechazar un hombro en el que apoyarse o una mano a la que agarrarse, aunque sea virtual.


Por todo esto, un año después de que publicara "A" y de que este blog viera la luz por primera vez, me deseo felicidad(es). 


Marilyn soplando una vela. Rita soplará un cirio.

jueves, 9 de enero de 2014

Año bueno


Desde hace muchos años, cada 31 de diciembre sigo los mismos rituales: limpio la casa de arriba abajo para empezar el año con buena vibra, y hago lo propio con mi cuerpo, con depilaciones, mani-pedis, exfoliaciones y mariconadas varias.

Escojo el color de la ropa interior en función de lo que quiera atraer en el año venidero: amarillas si quiero dinero, rojas si busco amor, o verdes si lo que reclamo es tener más salud. Tengo que decir que creo que nunca me puse bragas verdes, claro que visto el resultado que me ha dado esta estúpida superstición - yo que no ando muy boyante en lo que al amor y a la guita se refiere-, lo mismo me daría escoger el negro (más acorde con el color del futuro que se nos pinta), que hacer un Marta Chávarri dejando la flor de mi secreto al aire.

Me arreglo y me acicalo como si fuera a salir a matar, ¿y todo para qué?, si la mayoría de las noches me quedo viendo con mi madre los éxitos de ayer y de siempre de la historia de la tele, apurando las botellas de champán y sudando azúcar de tanto turrón que es que no se va a quedar ahí en la bandeja. Si la única vez que tuve algo parecido al sexo en fin de año, fue cuando me pasé toda la noche manteniendo relaciones anales no consentidas con un tanga demasiado pequeño, rojo, eso sí.

Empiezo el año con el pie derecho, oro en la copa, dinero en el zapato, y lo primero que hago es besar a mi primo, que es lo más decente del sexo opuesto que puedo encontrar a mi alcance. Tendré que plantearme este último punto, ya que tanto él como yo, estamos a punto de la cuarentena y seguimos solteros.

Lo más gracioso del asunto es ver cómo mi hermana y mis primos, me siguen el rollo y copian las ceremonias que me invento. Por si acaso. Siempre dije que esto es como el que recurre a ciertos remedios homeopáticos o de herbolarios para sanar sus males: a veces no está claro que vayan a ayudarte, pero desde luego, mal no van a hacerte. Este año se ha incorporado al teatrillo mi sobrina de 6 años y se las ha visto y deseado tomando las uvas a la pata coja. Todo sea por atraer a la buena suerte y empezar el año con buen pie, claro que sí.

Luego cojo una maleta y entro y salgo por la puerta de casa para atraer los viajes. No sé si probar el año que viene a pasear una maleta más grande un poco más lejos y llenarla con lo que sea, a ver si resulta que no consigo ir más allá de la zona A del abono transportes por estar sacando al rellano una bolsita de viaje vacía.

El ritual más divertido que hago es el de “¡Penas fuera!”, que consiste en tirar el agua de un vaso por la ventana y chillar eso, ¡penas fuera!, pero berreando mucho para que el mensaje llegue bien a todo el cosmos y de paso al vecindario. Fue divertido sobre todo aquel año que mi hermana se lo tomó al pie de la letra y arrojó también el vaso, o cuando una que yo me sé cambió agua por champán y detrás del champán fue el anillo de la copa del protocolo anterior. El resultado ha sido como el de haber roto un espejo, varios años de decaimiento y piedras en el camino, pero creo que por fin ya expira la mala suerte.

Escribo en un papel lo malo del año que se acaba y después lo quemo, y en otro papel enumero lo que quiero conseguir y me lo guardo durante las campanadas en el entreteto, lo más cerca del corazón que puedo ponerlo, por eso de desearlo desde ahí mismo. Luego ese papel hay que dejarlo todo el año bajo la almohada, pero se me olvida que está ahí, y a los dos días se ha desintegrado en la lavadora o lo ha absorbido la aspiradora, y así es normal que mis objetivos se acaben yendo siempre al garete.

Este año mi jefa pidió voluntarios para trabajar en fin de año. “¿Estamos locos, con la cantidad de planes que tengo esa noche?” – le dije yo pensando en mis rituales. A cambio me tocó pringar el primer día de año, de 10 de la mañana a 9 de la noche, así suavesito, que desde luego si es verdad que para tener un buen año hay que empezarlo trabajando, el mío será de puta madre. 

Iniciamos el año 2014, que suma siete, considerado el más sagrado de los números y portador de fortuna, así que este año que acaba de empezar tiene que ser bueno por narices, que una no va a haber sobrevivido al 2013 para nada. De hecho he consultado en varias webs  especializadas, y todas ellas auguran un gran año para los nacidos bajo mi horóscopo, sobre todo a partir del 16 de julio con el ingreso de Júpiter en mi signo, que no tengo ni idea de lo que significa, pero parece importante y por si acaso ya he marcado ese día en la agenda. He empezado el año de traca, y lo de bajar a tirar la basura casi en bragas y olvidarme las llaves para volver a entrar en casa y quedarme de esa guisa en la calle hasta que vinieron a rescatarme; o lo de rebozarme en mierda ajena por una tubería mal colocada como me pasó hace un par de días mientras limpiaba una ducha, deben ser sólo anecdotillas para entretenerme en el tránsito hasta que llegue el señor Júpiter ese y me ayude a coronar por fin todos los éxitos que tengo pendientes, como lo de recuperar mi trabajo artístico y dejar la fregona, experimentar eso de tener una pareja estable y hasta si me apuras, tener un hijo, aunque luego no supiese bien qué hacer con él porque nunca he deseado ser madre.

Por eso este año he decidido no hacer ninguna lista de propósitos, si total, uno nunca sabe lo que le va a deparar el destino y a mí me aguarda la conjunción planetaria más favorable de todos los tránsitos planetarios posibles. En el 2013 no es que haya sido buena, es que he sido mejor, y no me estoy ganando el cielo, sino que ya llevo invertido como para un chalecito en las alturas y con vistas al infierno, donde mis vecinos serán dioses estupendos que me adoren, y no mi querida amiga francoportuguesa, aquella que se empeña en arrastrarme a juergas nocturnas y alevosas con el fin de ensanchar mi hígado, que me ha usurpado la familia, y a la que le han traído más regalos en Reyes que a mí.

Y hablando de dioses, el Dios griego tuvo a bien de felicitarme las fiestas, que pensé yo que sería un mero acto de educación, pero viendo que siguió dándome la chapa y que a colación de hablar de lo que engorda uno en esas fechas me dijo que “ya lo bajaríamos”, así en plural y rematado con un guiño, me da a mí que su María Magdalena debe estar agonizando, porque tampoco me ha pedido claramente que vayamos a rezar, pero me parece que está preparando su púlpito. Y a mí plin, si el gatito y yo estamos maullándonos como nunca y me encanta.

Siempre creí en el karma como una especie de cosecha en la vida, en la que uno gana en función de lo que invierte, y he venido observando cómo ese karma sólo parece funcionar o se hace visible cuando es en negativo, que el que la hace, la paga; pero empiezo a pensar que igual no es cuestión de riquezas, trabajo, parejas o de cualquier otra cosa material, sino que no hay mayor premio que la paz que tengo conmigo misma en estos momentos, y que a pesar de la que está cayendo, puedo decir que soy feliz. Igual ese es el karma de las semillitas que he ido plantando todo este tiempo.

Los éxitos me llegarán porque me lo merezco, porque no me amilano ante casi nada, porque siempre ayudo a quien lo necesita, porque soy la mejor amiga del mundo, porque soy la reina del zodiaco. Y no lo digo yo, lo dice Esperanza Gracia, y como es lo que quiero oír en estos momentos, yo me fío.


Este año lo voy a hacer bueno. Por la gloria de Júpiter.


domingo, 22 de diciembre de 2013

Verdades como lechugas


Mentir está en contra de los cánones morales de la mayoría y está específicamente prohibido y descrito como pecado en muchas religiones según dice Wikipedia. Y a pesar de que nos eduquen para defender la verdad por encima de todas las cosas, hemos mamado la mentira desde pequeños y a todos nos las metieron dobladas en nuestra infancia: que si los Reyes Magos, que si el Ratoncito Pérez, que si cuando seas padre comerás dos huevos, que si siempre estaré a tu lado, que si no te va a doler… Incluso nosotros mismos nos auto engañábamos: que si mi padre es un superhéroe, que si mi madre la más guapa del mundo, que si mi hermana se tira pedos de colores (como la mía perjuraba que hacía), que si de mayor voy a ser artista…

Al crecer descubrimos la vida real y todo ese mundo de magia, fantasía y pedos de colores se desvanece. Y entonces queda sólo el pedo. ¡Puf! La mentira, siempre vilipendiada y maltratada, se nos revela entonces como la verdadera piedra angular de la convivencia humana para darle unas notas de color a nuestra existencia, una vez hemos comprobado que al ponerla en práctica, a uno no le crece la nariz.


Llevar faja, maquillaje, lentillas de colores o peluquín para ocultar una verdad que no queremos mostrar, es mentir. Exagerar los detalles, tomar viagra, la poesía, la publicidad o una película, son también mentir, porque no son la realidad estricta. Incluso callar sentimientos para no herir y proteger al otro, es mentir. Todos practicamos y consumimos con cierta tolerancia estas falacias, pero ojo, que no tienen nada que ver con el engaño, el cual por el contrario se castiga y no se perdona, porque ni el propósito ni el fin es el mismo.

Creemos que queremos la verdad y que de mayores iremos con ella siempre por delante, pero nuestro paladar no está hecho a ella, no nos enseñaron bien a digerirla de pequeños, y puede caer realmente mal en el estómago. Es que la verdad es como la lechuga: es cruda, y uno no se la come a bocados, sin aliños ni sin lavarla antes.

Se calcula que las personas mentimos tres veces por cada diez minutos de conversación. Párate a pensar por ejemplo cuántas veces has respondido a la pregunta “¿cómo estás?” con un falso “bien”. La mentira es algo que forma parte de la sociedad actual, y ya sean políticos, famosos o tu vecina la del cuarto, todos mienten diariamente. Se puede mentir por omisión, por comisión, por acción, por compasión, por activa, por pasiva, por abajo y por arriba.  De hecho existe una lista interminable de mentiras universales que a todos les sonarán: “la última copa y nos vamos”, “tu sigue chupando que yo te aviso”, “el lunes me pongo a dieta”, “es que el profesor me tenía manía”, “ay, hola, es que no te había visto”, “he leído y acepto las condiciones del servicio”, “esto no es lo que parece”, “sólo la puntita”, “es que no tengo qué ponerme” y así un largo etcétera.

Vamos en pro de la verdad pero somos unos hipócritas, porque la verdad verdadera es que ni nos gusta tanto, ni la practicamos siempre. No estamos preparados para recibir según qué informaciones sin limpiarla de ciertos detalles, ni sin la vaselina de unas buenas palabras. Resulta además que nos ofuscamos cuando alguien es sincero y directo y nos muestra la verdad tal cual es; nos cuesta tanto asimilarla, que muchas veces creemos que esa sinceridad viene acompañada de un sentimiento de envidia: “Me dices que no me queda muy bien este pantalón por joder, porque sabes que estoy más buena que tú, ¿eh?”.

Desde luego que la autenticidad es un valor a respetar para poder mantener relaciones efectivas, pero en ocasiones ser auténtico puede implicar no ser amoroso con el otro, ser cruel o generar la destrucción de algo o de alguien. Y para ser sincero se necesita tener valor y mucho tacto, para que la otra persona vea que la verdad viene con buenas intenciones y sin ánimo de ofender.

Tengo un compañero de trabajo al que le canta el ala poderosamente, día sí, día también, y como nadie se atreve a decirle que se lave un poco, ir a la oficina es como entrar en la cámara de gas. Este año hemos decidido que el amigo invisible le traiga un desodorante; en plan indirecta, pero invisible, porque ya no es que nadie tenga el valor de sincerarse con él, sino que cualquiera se anima a tener un tête à tête con él para explicarle las bondades de la ducha diaria.

A ver quién es la lista que le dice a su amiga, esa que ha cogido unos kilos de más y que de hecho ya iba pasadita, que como siga a ese ritmo, le cobrarán doble cuando viaje o acabará sentada al lado de todos cuando vaya al cine. Si nos pide opinión, le diremos que “debería cuidarse un poquito más”, cuando lo que de verdad pensamos es que nuestra amiga cada día se parece más a una foca, aunque la queramos muchísimo, así en toda su inmensidad.

Cuando un amante te ha preguntado si la tiene pequeña, ¿has sido capaz de contestar sinceramente y sin florituras que no se la encuentras o que no te has enterado de cuando estaba dentro? Decir “cariño, no te preocupes que el tamaño no importa”, no es ser sincero, porque el tamaño sí importa, pero si no quieres dormir abrazando almohada, es mejor guardarse la verdad.

La reacción de mis amigas ante el desenlace de mi historia con el Dios griego fue de total indignación a pesar de que para mí que el chico fue muy sincero conmigo. Cuando Él ascendió a los cielos e interrumpió toda comunicación conmigo, mi mejor amigo me recomendó que pusiera toda la carne en el asador para conseguir un nuevo encuentro y averiguar el por qué de su desaparición: “a este tío te lo tienes que follar de nuevo, y si no es por las buenas, que sea por las malas”. Y a mí que no me hace falta que me chinchen mucho para sacar el pico y la pala y mi ramalazo acosador, me sobró tiempo para mandarle un mensaje subidito de tono yendo a por todas, con la tranquilidad de estar avalada por la bendición de un buen amigo. Pensé que no recibiría el mensaje (que ya sabemos todos que en el cielo los dioses no tienen cobertura) o que ignoraría a un ser mortal como yo, pasado un mes ya de nuestra tórrida y única experiencia (en todos los sentidos). Pero se ve que han puesto repetidores en el cielo y no sólo recibió el mensaje, sino que lo leyó y me respondió: “Ji ji, ja ja, yo también me lo pasé muy bien y también me encantaría repetir”, me dijo en resumen el verbo hecho de nuevo carne.

- ¡Coño! ¿A qué has estado esperando? Tiene que haber algo que estés ocultando que explique por qué te volatilizaste si soy tan maravillosa – pensé yo – Oye, pues ya estamos tardando, si es que de verdad te apetece quedar - le respondí jugándomelo todo, que yo soy muy de las de from lost to the river.

- Vale, ya te digo algo. Ahora estoy conociendo a una chica, pero yo te aviso. Un besito guapísima.

¿No querías sinceridad, Rita? ¡Pues toma taza y media así, sin vaselina! El chico estaba siendo bien claro y me vino a decir que aunque volvería a echar un polvo conmigo, eso no llegará a pasar, porque a pesar de que el “ya te digo algo” (equivalente al “ya si eso te llamo") queramos interpretarlo como que me llamará si se le tuerce la historia con su María Magdalena y se ve sin otra discípula que le rece, si se alinean los astros de determinada manera en conjunción con Orión o con su santísima madre, o si le pica un día de estos; la verdad es seguramente no me llame jamás.  

“¿Y para qué te dice eso? ¡Pero menudo morro!”, dijeron mis amigas.

En qué quedamos, ¿sinceridad sí o no? Lo que ellas reclamaban en su respuesta son mentiras, pero dichas de verdad, porque entran mejor que la realidad tal cual es. Un sentido “No eres tú, soy yo” o “En estos momentos no estoy preparado para enamorarme ni para tener una relación”, que es lo que he escuchado siempre. Pero qué quieres que te diga, a mí en el fondo me gustó su respuesta y agradecí esa honestidad. Y a otra cosa, mariposa.

Se dice que las navidades son la época de la falsedad por excelencia. Es común el sentimiento navideño de querer parecer mejores personas en estas fechas y conmoverse con las desgracias que se ignoran el resto del año, sonreír más y mostrarse más cercano y amoroso con el entorno, sin ser nada de eso. Y en contra de renegar como hace la mayoría, yo agradezco realmente que existan al menos unos días al año en los que a la gente no le brota ser horrible y deja escondido su hijoputismo, aunque sea por aparentar.

Por todo esto amiguitos y amiguitas, ¡feliz falsedad a todos!


 Soziedad Alkoholika versionando el anuncio de la lotería con su "Feliz Falsedad"



martes, 17 de diciembre de 2013

Jingle ol de güey



En estos momentos me parezco bastante a Bridget Jones en esta escena en la que toca fondo: llevo todo el día en pijama, comiendo chocolate, viendo fotos de hace años y escuchando canciones navideñas a lo Jingle bells, jingle bells, jingle ol de güey (¡sin ser yo nada de eso!). Estoy tan sensible que hasta me ha dado por decirle “te quiero" a un par de personas así porque sí, porque llevaba mucho tiempo sin decírselo (vale, también tengo la regla, y sí, esos topicazos, para algunas son ciertos).

Igual me ha entrado la nostalgia porque en las próximas semanas, dos personas muy importantes en mi vida se marchan de España en busca de un futuro mejor. Mientras la mayoría de la gente vuelve a casa por navidades como el turrón, ellos han decidido dejar su vida atrás para empezar una nueva en otro lugar, lejos de aquí... y de mí. Y me alegro. Y me enfado a la vez. Creo que es totalmente lícito que me cabree porque la situación del país en el que vivimos, sea en realidad la que les ha obligado a largarse para intentarlo en otro lugar, ya que aquí no han podido; pero me alegro también porque han tenido los huevos de hacerlo, y les deseo toda la suerte del mundo. Les envidio además, porque cada día apetece más emigrar a un país donde uno no se atragante cada mañana con las noticias sobre las desgracias que está trayendo consigo la crisis. Yo sólo tengo el coraje para protestar, pero eso también nos lo quieren quitar.

Estoy tan ñoña, que a pesar de mi no patriotismo y del asco cada vez más grande que siento por los que nos gobiernan y los que nos han metido en todo esto,  reconozco que me ha emocionado el anuncio de la campaña de Navidad de Campofrío “Hazte extranjero”:


Viene a decir que vivimos en un país de mierda, a la cola de todo, que apesta tanto que es normal tener ganas de huir. Y aunque sea todo una hez muy gorda, a fin de cuentas somos lo que somos, porque nuestra esencia es lo importante, nuestra manera de ser y de sentir, que es lo que nos imprime nuestro carácter. Y eso se echa de menos cuando vas fuera, siempre.

Es totalmente cierto lo que dice de que somos mucho más tocones y propensos a invadir el espacio personal del ajeno que en otros países considerados como "las primeras potencias", pero en el fondo nos damos más calorcito los unos a los otros, y eso mola. De hecho sé de una franco-portuguesa de mi barrio que no soporta los abrazos cuando está triste. ¿Estamos locos o k ase?

Es verdad como cuentan que nuestro sentido del humor es único y auténtico, que me parto con estos chascarrillos tan nuestros, y me río del humor inglés, ¡ja!. Y el humor alemán, ¿existe?

También es cierto que somos unos manirrotos que sacamos de donde no tenemos... y así nos ha ido, claro. Pero de tantos palos que nos dan, recorte por aquí, recorte por allá, de tanto luchar y de agotar las fuerzas mientras nos aprietan las tuercas, hemos tenido que aprender por cojones a sobrevivir y a montárnoslo lo mejor que podemos en la medida de nuestras posibilidades,  y quién nos iguala en eso, eh? Claro, que unos se lo han montado mejor que otros, y en eso en España también tenemos un ejemplo único con nuestra clase política, que se lo montan que te cagas, sea como sea.

Pero oye, que la vida son dos días, así que vamos a intentar no amargarnos más de la cuenta. Que nada ni nadie nos quite nuestra manera de disfrutar de la vida. ¡Hagamos una fiesta! y toquemos la pandereta, que es lo que mejor se nos da.

Y no sé, a pesar de todo, ha sido ver el anuncio y no me ha dado tanta grima cantar en mis adentros “Yo soy español, español, español”. Igual es porque me he reconocido entre los de mi "especie" y soy lo que soy sin poder renegar de ello. O será porque adoro a Chus Lampreave, que siempre me ha tocado la fibra sensible, qué se yo. Igual son sólo las hormonas o que tengo antojo de chorizo.

Pero me hago una pregunta: ¡¿dónde está el espíritu Grinch que me invade cada año por estas fechas?! No, espera, que eso no es español: ¿dónde está la Rita gruñona que odia la navidad, y quién es ésta que canta cada mañana canciones moñas y quiere abrazar a todo el mundo?

(Joder, cómo os voy a echar de menos, Eva y Sebastian...)

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Todavía hay ganas


- Mira que tuve mala suerte en el amor. Pero yo ligaba, ¿eh? Que tuve un montón de pretendientes que me invitaban a salir. Claro que tenía que ir siempre acompañada a todas partes, que si no, no me dejaban hacer ningún plan. 

¡Si mis padres se llegan a enterar de aquella vez que nos escapamos a El Escorial tu abuela y yo con un par de mozos guapísimos, sobre todo el que le tocó a tu abuela! Nos vinieron a buscar en coche, nos tomamos unas copas y nos sacaron a bailar. Después quedamos juntos más veces así medio a escondidas, porque la verdad que los chicos no parecían ir en serio y se ve que sólo querían pasar el rato, y nada, pues nos acabamos olvidando de ellos, ¡a otra cosa!, que eso no interesaba (…).

Y luego recuerdo aquella fiesta a la que me invitaron unos chicos militares. Fíjate el despliegue de todo, que habían preparado tantas cosas, que al día siguiente tuvieron que repetir la fiesta para poder aprovecharlo todo. Todos guapos y elegantes con sus uniformes. Mi padre me dijo que si no iba con una de mis hermanas, que no me dejaba ir, así que fui con Mercedes y ahí es donde ella conoció a su marido, en un flechazo, así, a primera vista. Yo fui con mucha ilusión a la fiesta, hija, pero para mí no había nada, y mi hermana que iba de mi acompañante, mira la suerte que tuvo (…).

Si es que he ido casando a todas mis hermanas. Íbamos un día tu abuela, una amiga y yo paseando, y mi amiga dijo: “¡Mirad, ese es el hombre de mi vida!”, señalando a un chico con muy buena planta. Y de su vida nada, que aquel chico en quien se fijó y de quien se quedó prendadito fue de tu abuela y no de mi amiga, y al final mira tú, se casaron y todo. Es que tu abuelo siempre iba como un pincel (…).

Pero a mí el que me gustaba era Carlos Briones, ¡me tenía loca! Era un caballero, educado, interesante, y tan guapo que parecía un modelo. Y encima era un buen partido, porque su padre era dueño de la empresa de los autocares de Madrid. Y como tenía muy buenas relaciones en el mundo de la farándula, estábamos todo el día yendo a fiestas, estrenos y espectáculos. ¡Qué hombre más interesante, qué bien lo pasábamos! Dos años que estuvimos juntos. Y lo que pasó fue que me enteré de que era maricón. Que en aquellos tiempos eso era pecado, y claro, lo que tenía conmigo era una tapadera seguro, pero fíjate que yo creo que en realidad tenía algo con el hermano de mi amiga, porque íbamos siempre los cuatro juntos y a mí no me parecía normal que se llevaran tan bien ni que fueran tan amigos, así, dos chicos. Era muy raro. Y no sabes el disgusto. Que ni me lo dijo a la cara, me enteré con el tiempo… Luego resulta que por lo visto se murió bien joven el pobre (…).

Y me acabé casando con Pablo, que yo no estaba ni enamorada ni nada, pero ya tenía 36 años y era lo que había que hacer. Es que claro, comparado con Carlos, Pablo era un soso y un aburrido, y además no me dejaba ni a sol ni a sombra, ¡qué pesado era! ¡Cinco años que estuvo detrás de mí hasta que lo consiguió! (…) Y 21 años estuvimos juntos hasta que se murió.

- ¡Puf! Pues casi que yo ya voy tarde para casarme, tía – la interrumpí.

- No, si es que en esa época si no te casabas, te quedabas para vestir santos, y además que a nosotras ni nos educaron para trabajar ni nos dejaron estudiar, que a una de mis hermanas le hubiese gustado estudiar farmacia pero no pudo. Ahora ya podéis elegir lo que queréis hacer, y no tenéis que depender de un padre o de un marido. ¡Si hasta podéis elegir si os queréis casar o no y no pasa nada! Pero te voy a decir una cosa: el buey solo, bien se lame. Y para qué vas a aguantar tú a nadie si estás tan ricamente entrando y saliendo cuando quieres. Ahora tenéis más libertad para elegir.

- Sí tía, tenemos más libertad pero el problema es que ya casi no tenemos opciones que escoger – contesté.

- Claro, porque los tíos están ya todos agarrados o ya han pasado por eso y ahora no quieren líos, o son de la otra acera, que ahora eso ya no está prohibido, ¿eh?

- Justo, eso es…

- Pues te voy a decir algo: si es que al final, todos los hombres son maricones, porque de una manera u otra, a todos les gusta dar por ahí. Así que tú estás muy bien como estás, no seas boba.

- ¿Y no quisiste tener hijos, tía, o qué pasó? – le pregunté.

- Si es que Pablo no podía. Se ve que de pequeño le dieron un balonazo en sus partes que le dejó impotente, y que menos mal que su padre era uno de los mejores médicos, porque le salvó de la muerte que estuvo malísimo por el golpe ese, pero ya no servía para tener hijos. Que ya me lo podía haber advertido antes de casarme, que de eso me enteré después, y eso se dice, porque si no valía para eso…

- Claro, de haber sabido que no funcionaba, igual no te hubieras casado con él, ¿no?

- No, no, si funcionar funcionaba bien, pero no servía para eso (…)

- Pues tía, que me alegro mucho de verte tan bien. ¡Que estás estupenda!. Aparte de lo de la vista, estás fenomenal. Que muchas personas quisieran poder llegar a tu edad y tan bien como tú que no tienes otros achaques más que la pila de años.

- La pila, sí hija, sí. Pero la verdad que estoy muy bien y no me puedo quejar. Todavía tengo ganas de seguir estando por aquí, no tengo ninguna prisa por marcharme.


(CONVERSACIONES CON MI TÍA ABUELA DE 93 AÑOS)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Cero


Cada año, mis padres escogían un destino distinto de vacaciones. Por aquella época, podías considerarte todo un privilegiado si habías conseguido salir de tu provincia o descubrir el mar; y más aún si cuando viajabas, no te privabas de nada: aviones, barcos, otras culturas, restaurantes de lujo, manjares deliciosos, parajes singulares e inaccesibles para muchos… quizá demasiado para una niña a la que lo que de verdad le apetecía, era tener un pueblo al que ir de vez en cuando, y una pandilla con la que encontrarse cada verano.

Papá solía estar ausente a consecuencia de sus viajes de trabajo, reuniones interminables o el cuidado y la monta de los caballos los fines de semana, y se le olvidaba un poco ejercer como padre de sus hijas, o marido de su esposa durante gran parte del año; pero en verano retomaba su rol de cabeza de familia y todo cambiaba. Él era un bon vivant.

El último viaje que hicimos juntos fue a Túnez, y al volver, mi padre enfermó. Cualquier cosa que comiera, parecía sentarle mal, y durante bastante tiempo, el váter se convirtió en su mejor amigo. Según me explicaron, era una de “esas fiebres raras africanas” que cogió durante nuestro viaje, que requería de muchos estudios y visitas constantes al médico, pero me aseguraron que se pondría bien. Aunque ni mi madre ni mi hermana ni yo tuvimos ningún síntoma, tuvimos que hacernos analíticas regularmente, porque según me dijeron, con esos virus extraños, nunca se sabe. No era mal trato intercambiar unos centímetros cúbicos de sangre, por desayunos en familia con chocolate y churros.

Papá solía lucir con orgullo una curvita de la felicidad. Él decía que su tripa y su nariz prominente, le hacían parecerse a cualquier orondo noble del pasado. Él, que se identificaba de broma al teléfono como “Marqués de Vizcaya”, consideraba que su aspecto de buda, era una señal de distinción y del gusto por los placeres de la vida. Pero su redondez empezó a menguar a causa de esa extraña enfermedad.

-¡Qué niñas más monas, así gorditas, blanquitas y rubitas y de ojos claros!- solían piropearnos a mi hermana y a mí de pequeñas.

- ¡Se nota que vienen de buena familia! – presumía mi padre. Y fantaseaba con un supuesto rancio abolengo de la familia constantemente, comparándonos con las infantas que se retrataban siglos atrás rechonchas y paliduchas. No en vano él, al que le gustaba mucho pintar, hizo una reinterpretación de “La familia de Carlos IV” de Goya plantando nuestras caras en las del Infante Francisco y la Infanta María Isabel.

Mi hermana y sobre todo yo, teníamos por tanto que tener mucha precaución con el sol, que todo el mundo conocía ya por entonces los peligros de sus radiaciones. Mientras ella y yo pasábamos los veranos bajo la sombrilla o con camiseta, recuerdo ver a mis padres tumbados en pelotas, disfrutando al sol como lagartos. Al volver de aquel viaje por Túnez, empezaron a salirle a mi padre unas manchitas raras por el cuerpo que a mí me parecía que tenían pinta de cáncer, pero no quise darle importancia. ¿A mi padre? ¡No!

En cuanto a sus síntomas, papá tenía sus días malos y sus días no tan malos. Tenía que tomarse un buen puñado de pastillas a diario para cortar los vómitos y las diarreas y paliar el dolor que empezaban a causarle esas manchitas entre rosa y violeta, y pensaba yo que eran tantísimas las pastillas, que le llenaban el estómago y por eso se le quitaban las ganas de comer cualquier otra cosa. Porque si no, no se explica que no le apeteciese comer ninguna de las delicias que entraban en casa para capricho del enfermito. Pero a pesar de que su salud cada vez empeoraba más, y las visitas al médico e incluso los ingresos hospitalarios eran más y más frecuentes, costaba mucho que perdiera su particular sentido de humor. Aún recuerdo el día en el que le pidió a mi madre que pusiera un crespón negro en la esquina de un autorretrato colgado en su dormitorio.

Papá dejó de viajar, de tener reuniones interminables, de montar a caballo y de trabajar, y se pasaba el día en la cama o en su butaca del salón. Podía haber sido una buena ocasión para fortalecer mis lazos con él, pero contando con apenas 16 años, por entonces me preocupaba mucho más salir con mis amigas que acercarme a él o cuidarle. Por qué tendría que preocuparme esa “fiebre africana” si estaba controlada por médicos, si me dijeron que se pondría bien y si mi padre seguía bromeando con todo.

Recuerdo una sobremesa de finales de 1991. Como siempre, veíamos las noticias, y mientras recogía la mesa, mi madre se enfadó mucho cuando cambié de canal porque hablaban de no sé qué de una “peste rosa”,  una enfermedad que había surgido hacia 1981 que tenían los homosexuales y los drogadictos, y que les provocaba unas manchitas violáceas por el cuerpo, y hacía que se murieran; y a mí no me interesaba nada el tema, y no entendía por qué mi madre quería escuchar lo que decían si ni le iba ni le venía. Resulta que Freddie Mercury acababa de morir por esa enfermedad, y empezaron a hablar mucho del asunto, y mi madre por alguna extraña razón, lo encontraba de lo más interesante. Era una movida, porque cualquier persona normal podía coger la enfermedad recibiendo por ejemplo una transfusión de sangre infectada, y claro, teniendo a un marido que iba y que venía al hospital, escuchas eso y supongo que te acojonas un poco, no fuera que le pasase algo a mi padre. Imagínate.

Papá cada vez estaba peor, creo que perdió más de 45 kilos, que ya me hubiese gustado a mí tener la facilidad que él tenía para perder peso, que me estaba poniendo como una vaca zampándome todo lo que traían las visitas para él y que no se comía. Él estaba tan debilitado, que cada vez le costaba más ser independiente; incluso un día resbaló en el baño y se partió la nariz. Como si lo de la “fiebre africana” fuese poco drama. Meses más tarde, tuvo una hemiplejia y se le quedó medio lado del cuerpo paralizado, así que había que ayudarle a hacer casi todo. También tuvo una especie de ictus, y acabó perdiendo el habla. Le tocó la "lotería".

A mi hermana la llamábamos “Robustiana”, porque también se estaba poniendo “fuertecita” con las dulzainas que rechazaba mi padre, y porque era la encargada de moverle de un lado a otro junto con mi madre. Como a mí sólo me asignaron la tarea de despertarle tras la siesta y darle de merendar, me pasaba gran parte del día encerrada en mi cuarto escuchando música. Que a pesar de todo, creía yo que no era muy agradable ver a un padre convertido en mierda, en todos y cada uno de los posibles sentidos de la palabra, y que total… ya se pondría bien y volvería a ser el padre casi siempre ausente pero disfrutón de la vida.

Una tarde al volver del cole, mi madre tuvo una conversación conmigo:

- Papá está muy malito.

- Ya lo sé, ya lo veo.

- Es que papá se va a morir.

- ¡¿Qué dices?! No seas así, ya encontrarán lo que tiene, ya se curará.

- No se va a curar, papá tiene SIDA y le queda poco tiempo de vida.

- ¡¿Qué?! ¿Cómo puede ser posible si papá no es drogadicto ni homosexual, y que yo sepa tampoco ha recibido ninguna transfusión de sangre ni le han sacado ninguna muela en ningún país subdesarrollado?. ¡¿Cómo?!

- Tu padre no ha querido contarme cómo fue contagiado, y yo lo respeto. Si él quiere contároslo a vosotras, lo hará. Pero lo importante no es cómo pasó. Lo importante es que tenemos que darle todo el amor del mundo de aquí a que se vaya.

Aproximadamente un mes más tarde, el 11 de junio de 1992, mi padre moría. El SIDA era una enfermedad muy mal vista, asociada sobre todo a gays, prostitutas y drogadictos. Se creía popularmente que si no pertenecías a ninguno de esos colectivos, estabas a salvo (a no ser que tuvieras la mala suerte de pincharte con una jeringa infectada o fueses intervenido en un hospital en condiciones poco higiénicas o algo así). Era una enfermedad estigmatizada, y por entonces, fue duro enfrentarse a la pregunta que se hacía la gente que se enteró de la causa de la muerte de mi padre, sobre a qué grupo de riesgo podría pertenecer: pues a todos o a ninguno, ¡a cualquiera podía tocarle!. Mi ceguera ante las evidencias "porque a mi padre no podría pasarle algo así", no evitó que ocurriera. Y el hecho de no nombrar la enfermedad durante unos años y pretender que fue otra cosa, desde luego no consiguió ahuyentarla. La gente era muy ignorante, yo la primera, y el SIDA, una enfermedad cruel que destruía y consumía al enfermo, y que bajo ningún concepto, se merecía ningún ser humano a modo de castigo, como se insinuaba en muchos medios o entre la gente.

Han pasado 21 años y casi 5 meses desde entonces. Han pasado 32 años desde que se detectara el primer caso. Desde hace 25 años, cada 1 de diciembre se conmemora el “Día de la lucha mundialcontra el SIDA”, y aunque hemos evolucionado y cada vez se considera más el SIDA como una enfermedad que le puede tocar a cualquiera, aún hoy sigue estando estigmatizada a consecuencia de la desinformación y de los prejuicios de ciertos sectores. Y el miedo a la enfermedad es todavía demasiado alto como para permitirle al portador llevar una vida social normal, o a muchas personas a decidir realizarse una prueba de detección. Paradójicamente con los años se ha avanzado mucho menos en lo social que en lo médico.

Se ha investigado lo que SI-da y lo que NO-da. Actualmente no existe una cura para el SIDA, pero es una enfermedad con la que se puede convivir, que sólo es mortal sin tratamiento. Una persona no atendida tiene mayor posibilidad de transmitir el virus, tanto por vía sexual, parental o de madre a hijo; y una persona que no está tratada, tiene mayor mortalidad. Por lo tanto es esencial el diagnóstico y el tratamiento temprano para que el SIDA ya no sea sinónimo de muerte como hace años.

En el último año hubo más de un millón y medio de víctimas y casi 3 millones de nuevos casos. Se producen en el mundo 4000 muertes al día a causa del SIDA, y desde el inicio de la pandemia, han fallecido cerca de 36 millones de personas, de entre ellas, mi padre.

El 82% de las nuevas infecciones, se producen por transmisión sexual y las estadísticas muestran que los contagios por vía sexual están aumentando porque la gente se ha relajado en la prevención. Las personas que ya no ven el SIDA como un peligro real para la salud, y que creen que los tratamientos retrovirales y el diagnóstico precoz alargan la esperanza de vida hasta el punto de igualar a la de personas no infectadas, son en sí mismas un peligro potencial.

Además, la crisis ha hecho que en apenas cinco años, se haya perdido el 50-70% de la financiación del Estado para estrategias de respuesta al VIH, convirtiéndose para el Gobierno en un tema de segundo orden. Y desde luego no se puede hacer frente a una enfermedad que se considere invisible.

Que la austeridad y la desinformación no acaben matando la esperanza para un mundo libre de SIDA, hoy 1 de diciembre de 2013. Objetivo: LLEGAR A CERO. Cero nuevas infecciones por el VIH, cero muertes relacionadas con el SIDA y cero discriminaciones.



FUENTES: 



lunes, 25 de noviembre de 2013

¡Un palo, un palo, un paloooo! (Y yo feliz)


Soy supersticiosa de las de “por si acaso”, admito que creo en un montón de absurdeces, pero sin embargo no me trago la finalidad de las cadenas de mensajes y siempre las rompo. Me resultan un incordio y una pérdida de tiempo, y no concibo que dándole por ejemplo a un “me gusta” en una foto, pueda alimentar a un negrito de África o colaborar en la investigación de una enfermedad rara. Por las mismas, me río de esos mensajes que te prometen x años de mala suerte si no es reenviado inmediatamente… ¡me la juego tentando a mi destino constantemente! No saturo a mis contactos con mensajes estandarizados para decirles lo maravillosos que son, y odio que me supliquen que continúe con la cadena y les devuelva el piropo –y a otras 20 personas más- como prueba de mi amistad. Ah! Y tampoco me gustan los mensajes navideños impersonales que corren como la pólvora para fingir que se acuerdan de mí; prefiero un mensaje exclusivo y personalizado aunque sea a destiempo.

Pero me ha llegado una sorpresita que no puedo ignorar, porque sería muy maleducado por mi parte y ser demasiado rancia. Resulta que Cecilia, que tiene un blog que se llama "Mivida Enblog" en el que cuenta un poquito de todo, ha decidido otorgarme el Premio Liebster porque le han parecido interesantes las tontunas que cuento por aquí. Este premio tiene como objetivo dar difusión a los blogs de nueva creación o a los que tengan pocos seguidores, para motivar así a sus autores a seguir poniéndole ilusión a su proyecto blogger, sea cual sea su finalidad, y que pueda llegar a más gente. Al recibirlo, tienes que nominar a otros 11 blogs más, y ellos correrán la misma suerte que tú.

Así contado puede parecer otra cadena de mensajes, pero es de bien nacidos ser agradecidos, y todo un detalle que alguien haya pasado por mi espacio y decidido que merece la pena ser leído por lo que sea. Por eso, recibo con gusto la nominación y el premio. ¡Gracias, de verdad! Y hago extensivo el agradecimiento a las 29 personas que dan la cara y constan aquí como seguidores, y a los anónimos no tan anónimos que me animan con sus comentarios por aquí o en privado, especialmente al gatito que me dice "miau" de vez en cuando (porque se pica si no le dedico cosas bonitas aunque diga que no), y a la loca que va tirando euros eslovenos al aire. Este blog surgió como respuesta a una incontinencia verbal, a un exceso de imaginación y de historias peculiares que merecían ser contadas para liberar espacio en mi disco duro, pero si no considerara importante el feedback de los otros, seguirían siendo una montaña de papeles desordenados con ideas aleatorias y cuentos sin terminar.

Agradecidaaa, y emocionadaaa, solamente puedo decir: ¡gracias por veniiiir!



Al lío. Las normas del premio son:

-    Agradecer el premio a quien te nominó.
-    Responder a las 11 preguntas planteadas.
-    Nominar otros 11 blogs con menos de 100 seguidores y notificárselo.
-    Plantear 11 nuevas preguntas.

Y paso a responder a las preguntas de Cecilia, pero con su permiso, lo haré a mi manera:

1.      ¿Qué te aporta ser blogger?
Me ayuda a ordenar ideas, me ahorra sesiones de psicoterapia, me entretiene, y sobre todo me fascina la magia de que gente del otro rincón del mundo pueda leerme y sentirse identificado. O que al menos puedan pasar un buen rato ya sea riéndose conmigo o de mí.

2.      ¿Cuál es tu color favorito?
Pues depende de para qué, pero es difícil olvidarse de un pasado siniestro, así que el negro. Y el rojo en los labios y en las uñas siempre.

3.      ¿A dónde te gustaría viajar?
Me encanta viajar, a donde sea, aunque sea a la vuelta de la esquina, sobre todo si es en buena compañía. Mis viajes pendientes que tengo que hacer sí o sí, son Berlín, Lisboa, Granada y la costa norte de España. Mañana precisamente pongo rumbo a Bruselas, y el año que viene visitaré Múnich seguro.

4.      ¿Conocías mi blog?
Upsss… sinceramente no, pero me pongo a ello. No curioseo demasiado por la blogosfera, pero casi siempre tiro a los blogs de historias personales que son los que más me interesan. Maruja que es una.

5.      ¿Cuáles son las entradas que más te gustan de mi blog?
No seee, no seee, ¡dame tiempo Cecilia! Pero como tú soy fan de Deliplus y mi infancia también está marcada por las mismas películas que a ti te llegaron.

6.      ¿Qué prendas consideras básicas en tu armario?
Ahora mismo, la batamanta.

7.      ¿Qué libro me recomiendas?
No soy de recomendar libros porque eso depende mucho de los gustos de cada cual, pero “Abierto toda la noche” de David Trueba te dejará con una sonrisa seguro.

8.      ¿Cuál es tu película favorita?
Pues depende de mi estado de ánimo, hay tantas… y lo bueno que tiene mi memoria de pez, es que las borro y las puedo disfrutar de nuevo como la primera vez. La última que me impactó fue “Blue Valentine”.

9.      Elige: ¿pelo liso o rizado?
Mmmm… arriba liso y abajo pelón.

10.   ¿Cómo definirías tu estilo de vestir?
¿Ecléctico? Puedo ser un desastre total o dar el pego si la ocasión lo merece.

11.   ¿Cuál es tu lema?
Hagas lo que hagas, ponte bragas. ¡No! Antes muerta que sencilla. ¡Tampoco! Mmmm...Vive y deja vivir. O el triunfo es sólo de los valientes. Y a mí me define: "Perra de día, y también de noche".

Y aquí va la lista de mis nominados, espero que no sea un marrón para ninguno de vosotros:

- Lagasca Vintage, un blog de moda y decoración vintage hecho con mucho mimo donde se pueden conseguir auténticas gangas.
- El Café de Rick, por ser mi gurú de cine.
- Cosas que mi madre me dijo que no hiciera nunca, por sus cuentos con trasfondo psicológico que me hacen pensar.
- Y de repente... sonó un bang, porque me gustan mucho sus historias.
- Lady Madriz, porque me parece una tía muy interesante y me gusta cómo escribe.
- Devanando la madeja, porque me encanta la delicadeza con la que escribe.
- Esta canción es para ti, por su buen gusto musical.
- Lady Tea, porque me parece una tía echá palante y suelo coincidir con sus puntos de vista.
- Bienvenidas a los treinta, porque me río con sus historias, a veces muy similares a las mías.
- La ñ no sabe francés, por ser un descubrimiento reciente que se lee con mucho gusto.
- Historias de mentes, por saber acercar la psicología y dar esperanza a gente con problemas.

En cuanto al apartado de las preguntas, también las voy a hacer un poco a mi manera:

1.   ¿Le has dejado leer tu blog a tu madre/padre o a alguien cercano de la familia?
2.   ¿Por qué te decidiste a publicar lo que escribes?
3.   ¿En qué te inspiras, tienes musa?
4.   ¿Te has levantado de madrugada a corregir alguna entrada?
5.   ¿Crees que tus mejores escritos son los que menos visitas o comentarios tienen?
6.   ¿Has ligado o conocido a alguien gracias a tu blog?
7.   ¿Esperas que te descubra un cazatalentos?
8.   ¿Has recibido algún comentario ofensivo?
9.   ¿Te esfuerzas por intentar llegar al máximo número de gente posible?
10. ¿Prefieres el anonimato o no te importa firmar con nombre y apellidos tus entradas?
11. ¿Qué opinas de mi blog si es que has leído algo?